miércoles, 12 de noviembre de 2014

En defensa de la democracia

Los que monopolizan la Verdad no necesitan la democracia. Más bien les estorba. Lo único que tienen que hacer es evitar las trabas a la aplicación de las políticas que se derivan de esa Verdad, sea religiosa, ideológica o social (clasista, nacionalista o racista). Y las trabas son las de los que no comulgan con sus verdades, muchas veces simples ruedas de molino convenientemente “marketineadas”.
La democracia, sea del tipo que sea (representativa, deliberativa, participativa, directa), supone que nadie es poseedor de la Verdad absoluta, que todos nos equivocamos, que los políticos también y que, por tanto, los electores que se equivocan pueden cambiar de gobernantes con relativa facilidad. Claro que los gobernantes se resistirán todo lo que puedan a ser sustituidos, para lo cual disponen de toda una panoplia de Mentiras, Mediasverdades y Orwellianismos como “guerra es paz”, “libertad es esclavitud”, “ignorancia es fortaleza” y hasta “todos los hombres son iguales, pero algunos son más iguales que otros”. En este último caso, recurriendo  a “votos de calidad” por ejemplo. Si hay algo típico de muchos gobernantes es, precisamente, la “neolengua” orwelliana y ejemplos abundan sobre cómo llamar a la emigración de jóvenes, cómo hablar del “crecimiento” (ocultando de qué) o cómo atribuir lo bueno a las políticas propias y lo malo a los antecesores o a los “superiores” de la Eurozona.
El monopolio de la Verdad confiere a sus poseedores el derecho inalienable a defender sus políticas frente a los equivocados o los mentirosos. A veces, hasta mediante prácticas de “reeducación” para que puedan ver la Verdad que solo el egoísmo, la mala fe o la pésima educación impiden ver con toda claridad y limpieza.
Son clásicos, a este respecto, los defensores de la Verdad que ha llevado a la Revolución. Tanto da que sea la Revolución de Octubre rusa (la de noviembre, cuyo aniversario ha sido estos días), la boliviana “antiimperialista y anticolonialista” de Evo Morales o la de Jomeini en Irán. Sus componentes ideológicos son evidentes: el marxismo (clasismo), el indigenismo (etnicismo) o la religión propia. Las otras clases, grupos étnicos o religiones defienden (o son) el Error que ha de ser erradicado. En todo caso, procurarán evitar al máximo que vuelvan al poder. Eso es política.
Pero hay más. Pienso en la Revolución neoliberal que iniciaron Reagan y Thatcher y que, con altibajos, perdura hasta hoy en muchas propuestas políticas. También aquí hay un monopolio de la Verdad (predicada por algunos economistas, pero no solo), un rechazo del Error y un trabajo sistemático por evitar que este pueda prevalecer contra los revolucionarios.
Si el hitlerismo o el estalinismo ["leninismo" escribí, erróneamente, para la edición impresa] tenían aquel tufillo orwelliano de una sociedad irreversible y las teocracias lo son explícitamente (no hay nadie perfecto: se acabaron), el neoliberalismo, al mantener las formalidades democráticas, puede ser revertido. A pesar de su “monopolismo”, otras fuerzas políticas pueden emerger y, con propuestas alternativas, mostrar que no era “la” Verdad sino “su” verdad. Como sucede con el indigenismo de Morales, hace falta un pequeño detalle: tener votos suficientes que, para mí, es la mejor forma de cambiar experimentalmente un error por otro (ambos autopresentados como Verdad).
Desconfío del medio alternativo, a saber, la conquista revolucionaria del poder aprovechando que se desmorona el anterior como sucedió con la Cuba de Fidel, por intervención extranjera como intentaron en Irak contra Sadam, o por insurrección militar interna como la que logró Franco en su momento. La razón es que lo que sucede es cambiar un monopolio (aunque sea de los “otros”) por otro monopolio (aunque sea de los “nuestros”). Y vuelta a empezar hasta llegar a la Arcadia feliz.
Preferir la democracia, cosa razonable, poco tiene que ver con las prácticas observables. Como en los nacionalismos peninsulares, centrales o periféricos. Sin salir de la “antigua área de la peseta”, llevamos años de lucha contra la democracia por parte de gobernantes y aspirantes a serlo. No es culpa de los vasallos: es que no hay buen señor ni buenos aspirantes.
Item más: con la finaciarización de la economía, la democracia ha quedado como una hermosa idea. Ideal si se prefiere. Los que monopolizan (o quieren monopolizar) el Poder no necesitan recurrir a proclamas sobre la Verdad y mucho menos necesitan la democracia, y no digamos la llamada “democracia social” con la que se gestionaban los problemas del capitalismo industrial.
Todo ello para decir que creo importante apoyar la democracia defendiéndose de los que la imposibilitan o pervierten. Por lo menos, diciendo que el rey está desnudo (el de la fábula, por supuesto).
(Publicado hoy en el diario Información -Alicante-)

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