miércoles, 15 de octubre de 2014

Cataluña: otro mundo era posible

El laberinto de Cataluña podía haberse planteado de otra forma. Prescindo de la chapuza con la reforma del Estatuto y los tira y afloja con el pacto fiscal a la vasca. Se podía, sencillamente, haber cambiado la Constitución como se hizo con Maastricht y el límite a la deuda pública (artículo 135), es decir, saltándose la Constitución, de tapadillo, en el Congreso y sin referéndum posterior. En un santiamén. Se podría haber convocado y llevado a cabo la “consulta” legalmente y ver qué sucedía.
Si ganaba el NO a la primera pregunta (Quiere que Cataluña sea un Estado), teníamos una situación como la escocesa. Se podría haber ganado introduciendo racionalidad en lo que ha sido irracionalidad sobre irracionalidad por ambas partes, la catalanista y la españolista. Menos sentimientos y más argumentos.
Si ganaba el SÍ y después el NO en la segunda pregunta (Quiere que este Estado sea independiente) se podía negociar (también con el País Vasco en su momento) una situación de “estado libre asociado” como propuso en su día Ibarretxe. En la práctica, más o menos lo que ya se tiene ahora.
En cambio, si ganaba el SÍ, habría que sentarse a negociar más cosas: primero, si se independizaban realmente, hipótesis nada absurda; y, segundo, en qué condiciones, es decir, cómo se iba a repartir la deuda del Estado (la enorme deuda del gobierno catalán seguiría donde está), qué se iba a hacer con la “hucha de las pensiones”, qué parte de los servicios públicos (funcionarios desde el ejército a la diplomacia) se trasfería y cosas por el estilo.
Si esta negociación se hacía “a las buenas”, el gobierno de Barcelona estaría en inferioridad de condiciones para negociar. El gobierno de Madrid siempre podría utilizar su gran baza: la negociación con la Unión Europea por parte catalana, pertenencia que, a lo que dicen, los secesionistas desean mantener. Anunciar un veto español a tal pertenencia habría sido un buen argumento “anticatalanista”.
Pero no ha sido así. Con las espadas en alto, podían pasar varias cosas: que ambos gobiernos se mantuviesen en sus trece, se celebrase una especie de “consulta” cuyos efectos serían inexistentes y cuya negociación posterior también. Si, en tal “consulta”, ganaba una u otra opción, estamos donde estábamos y acabo de indicar, solo que ahora la negociación posterior sería imposible. También podía suceder que una de las partes se echase atrás. Si era Madrid, volvíamos al punto de partida indicado. Si es Barcelona, “much ado about nothing”, que diría Shakespeare, aunque queda enquistado.
En este contexto de irracionalidades rampantes, no vendrá mal recordar un principio psicológico básico: que la frustración genera agresividad que busca cómo expresarse, sea mediante agresión a otros -quiénes- o agresión a uno mismo -depresión, colectiva en este caso-. Y frustración la va a haber y no solo en uno de los varios campos (porque no hay únicamente dos, como pretenden hacernos creer esos dos). Y eso es justo lo que nos faltaba en plena contracción económica europea.
Encima, sí que ha habido racionalidades en este embrollo emotivo: la de los que pretendían incrementar sus perspectivas electorales sea mediante el españolismo (el caso del PP al que UPyD podía restarle votos) o mediante el catalanismo (solo que ahí le salió muy mal a Convergència y se vieron embarcados en un viaje del que no podían apearse so pena de perder todavía más votos). Las neurosis experimentales de Paulov son conocidas: un animal, sometido a estímulos contradictorios, se queda inmóvil. Como le ha pasado, en parte, a algunas izquierdas.
El otro mundo posible es el que yo habría preferido: aceptar la votación. Añado: si yo fuera catalán, probablemente habría votado SÍ y NO a las respectivas preguntas. Un “Estado libre asociado”, que es, en la práctica y poco más o menos, lo que hay ahora, habría conseguido, en cambio, dejar tranquila a mucha gente y ahí podría haber tenido sentido la propuesta del PSOE de una reforma constitucional (me olvido del “proceso constituyente” sin sujeto conocido que se propone desde otras posiciones). Pero NO a la independencia no porque crea en tal palabrita (ya no hay independencia ante Bruselas y Francfurt -BCE-; que se lo digan a los que tuvieron que cambiar “soberanamente” la Constitución con “nocturnidad y alevosía” para así obedecer a los soberanos). NO porque creo que los costes serían muy elevados para los catalanes tanto si las negociaciones con Madrid iban por buen camino como si, con más razón, lo que había era otra confrontación. Pero lo mío no es la política.
(Publicado hoy en el diario Información -Alicante-)
(Añadido el 20: Durán i Lleida, desde Unió Democràtica, dice algo que me parece de sentido común -el menos común de los sentidos-, a saber, que la independencia sería muy problemática sin negociar con el gobierno de Madrid, que la negociación es poco probable que se produzca -dice- por uno y otro lado y sin tener en cuenta a la Unión Europea)

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