miércoles, 30 de julio de 2014

Castas hay más que una

Castas, las hay de muchos tipos. De entrada, el uso de la palabra se relaciona con una realidad social propia de países de tradición hinduista. Es decir, no solo la India. En dichos países, se comparte la creencia de que los humanos hemos nacido de diversas partes de Brahma, lo cual nos sitúa automáticamente en una posición social superior o inferior. Lo he visto: en una reunión académica, el catedrático de casta inferior servía el café al catedrático de casta superior, brahmán. Gandhi, por otro lado, defendía el sistema de castas ya que proporcionaba estabilidad al tejido social: cada cual sabía de antemano cuál era su papel en la vida. Lo que no defendía era la situación denigrante en la que tal sistema condenaba a "los de abajo", los parias. Cierto que, en la actualidad, el sistema de castas coexiste con el de clases, pero no quita que "los de arriba", nacidos de la cabeza del dios, lo sean por nacimiento.
La aplicación a nuestro entorno tiene un punto a su favor y es que un porcentaje nada desdeñable de los hiper-ricos lo es por herencia, no por ser "emprendedores". Pero es obvio que la idea hindú se aplica con dificultades. En los lejanos años que viví en Bolivia, se usaba "la rosca" para referirse a lo que aquí se está llamando, con creciente frecuencia, "la casta". Es decir, "los de arriba", una metáfora que, como todas, tiene la cualidad de poderse aplicar a lo que uno quiera y, simultáneamente, no tener que definirse de manera "clara y distinta". Exploremos, entonces, otros contextos.
En Sudáfrica hace poco se celebraba el aniversario de Mandela cuyos méritos no hay por qué minimizar. Pero sí hay que reconocer que su país es el segundo más desigual del Planeta en términos de renta y que esa desigualdad guarda una relación, no automática pero sí real, con la diferencia racial. La "raza" no acaba de encajar con "casta" ya que una parte de la revolución de Mandela fue precisamente el permitir que un número mayor de negros (no muy grande, pero sí constatable) pudiese ascender hasta ocupar puestos hasta entonces reservados a la "casta superior", es decir, a los blancos.
Visité Polonia durante el comunismo, pocos días antes de la “ley marcial” de Jaruzelski. Un colega nos llevó a dar una vuelta en coche por Varsovia diciendo "primero iremos a ver los barrios de los obreros y después veremos los barrios en los que viven los representantes de esos obreros". Desigualdad notable, pero, a tenor de los datos, no tan evidente como en el caso ruso en el que la renta estaba concentrada en manos de una "casta", los apparatchiki, los miembros del aparato, representantes de los obreros, pero con acceso a poder, privilegio y pretendido prestigio que les hacía situarse entre lo que Djilas había llamado "la nueva clase". Los datos conocidos durante la perestroika lo mostraban con toda claridad. Evidente que se podía acceder a tal condición, pero, a no ser que se tratase de una "purga", el que entraba en el "aparato"  allí se quedaba. Supongo que igual que en Cuba. Y más de un apparatchik, con la transición al capitalismo privado, se convirtió en millonario.
Los logros del sistema comunista eran innegables, como eran innegables sus defectos, fallos y precios que había que pagar por tales logros ("Libertad, ¿para qué?").  Algo parecido, aunque a menor escala, puede decirse, en Venezuela, de la "boliburguesía", los bolivarianos con acceso al poder que tienen el agravante de incluir muchos miembros en un sector tan particularmente "corruptógeno" como es el petrolero que, eso sí, permite financiar los logros. Esta burguesía bolivariana funciona, a estos efectos, como el aparato comunista y, a mi entender, explica que, aunque la retórica del régimen sea "contra el imperio", es decir, contra los Estados Unidos, las encuestas disponibles muestren un aumento de opiniones favorables a dicho país hasta alcanzar la mayoría. En cualquier hipótesis, sí es claro que esta "boliburguesía" tiene, como los apparatchiki, facilidades de acceso al pasaporte o a la moneda extranjera (es decir, al dólar) mucho mayores que los que no pertenecen a la "casta" y, por tanto, no pueden aumentar sus ingresos mediante el tráfico de divisas.
Los que critican a la “casta” venezolana son los que en la Bolivia de mi juventud se llamarían “la rosca” y mi tesis es manifiesta: hay que desconfiar de los que denuncian la “casta” de los demás mientras apoyan la propia. No hace falta recordar “Rebelión en la granja”.
(Publicado hoy en el diario Información -Alicante-)

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