miércoles, 11 de junio de 2014

Sobre el bipartidismo

Leo diversas diatribas contra el bipartidismo. No lo tengo tan claro, pero supongamos que es malo, entre otras cosas, porque no refleja la pluralidad de opciones que hay en una sociedad, que es cosa muy difícil de conseguir. Por ejemplo, era imposible que las aproximadamente 40 papeletas diferentes que había en las pasadas elecciones consiguiesen escaño. Hasta se puede pensar que no es deseable, dada la inestabilidad que genera en la toma de decisiones colectivas. Pero aceptemos que es malo y que, por tanto, hay que sustituirlo por algo.
Para ello, es bueno saber qué es lo que lo produce, y eso parece claro: un sistema electoral inapropiado y unos votos populares en la dirección equivocada. Así que cambiemos el sistema electoral y esos votos equivocados y misión cumplida.
Los partidos que se benefician de esta ley (los dos mayores) serán los primeros que evitarán cambiarla. Los escépticos añadirán que con una diferente, como la europea, la representatividad mejoraría, pero no tanto. Algo sí. Pero antes de encandilarse con algunas novedades recientes, habrá que ver qué sucederá cuando lo que esté en liza sea el gobierno central, la circunscripción sea provincial y las mentiras de la campaña sean las habituales y no las exageradas que ha habido en las pasadas y ya no se hagan tantos brindis al sol que nada tenían que ver con lo que se estaba discutiendo: la composición del Parlamento Europeo.
A todo esto, no se ha definido qué es el bipartidismo. Si es como la república estadunidense, es la existencia de solo dos partidos con posibilidades de alcanzar la presidencia y mayorías en las cámaras. Bipartidismo perfecto. O es el británico, ya no tan perfecto, con dos partidos que pueden llegar al gobierno, pero con varios otros de los que los grandes tienen que echar mano de vez en cuando. Y con los nacionalistas, fuertes en sus respectivas zonas. O es el israelí, todavía más imperfecto, con dos mayoritarios pero con pequeños partidos integristas que dictan políticas como si fuesen mayoritarios ya que deciden quién va a gobernar.
El español va en esa dirección cuando el gobierno no tiene mayoría absoluta y, como Aznar, necesita los votos de Pujol y proclamar que “habla catalán en la intimidad”.
Supongamos, de todas formas, que eso se quiere cambiar. Si no hay otra ley electoral, no queda otra que convencer a la gente para que “me” vote contra el bipartidismo. Pero para sustituirlo ¿con qué? Aunque no tenga mucho sentido, extrapolemos de las pasadas elecciones y miremos futuros posibles.
El bipartidismo puede resolverse con una Gran Coalición, con lo cual “si no quieres caldo, dos tazas”. Descartémoslo como solución a este problema.
La otra posibilidad, la israelí, es un partido en coalición con uno menor. Personalmente, me haría mucha ilusión una coalición PP-CiU. Ya sé que no es probable, pero, al ser posible, hace la cosa divertida como cuando se cantaba en Génova “Pujol, enano, habla castellano” y se tuvo que ir a mendigar a Canosa-TV3 ya que “París bien vale una misa”.
Tampoco son solución estas coaliciones para lograr la estabilidad base de la gobernabilidad (Porque de eso se trata, además de conservar/lograr cargos -que se lo digan a IU en Andalucía-). Así que nos queda sustituir este bipartidismo por otro. Por ejemplo, Podemos-IU en la izquierda y UPyD en la derecha, con posibilidades de Gran Coalición, por lo menos de retórica. Al fin y al cabo, en los tres hay miembros de la llamada “casta” política (término que habría que definir).
Nos queda la solución final: un partido dominante, con vocación de único, que, poseedor de la Verdad Absoluta, se sienta designado por la Historia, la Patria, la Clase Obrera, la Razón, Dios, el Pueblo o el Electorado para aplicarla y expulsar sin consideración a los disidentes, por definición vendidos (y ya nos inventaremos/encontraremos a quién).
Hay que repetir que la democracia no es una forma de encontrar la Verdad o de que se gobierne en su nombre. Es, contrariamente, un sistema para ir viendo quién responde mejor a los retos sucesivos y, si no lo hace bien, como pasó con el PSOE, sustituirlo por otro. Que eso suponga un mínimo de profesionalización de la política, no hace al caso. Y que eso comporte el riesgo de que se gobierne para intereses “anti-nacionales”, tampoco. Pero mejor no olvidarlo.
De todos modos, la superación del bipartidismo (y menos en el “quítate tú, que me pongo yo”), ¿resuelve el problema de la clase, “casta”, profesión política? Rotundamente, no.

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