miércoles, 18 de junio de 2014

Multiplicador de desconfianza

La desconfianza hacia políticos, bancarios, empresarios, tenderos y hasta “técnicos” sigue extendiéndose. Ya lo constaté, comentando cosas de vida cotidiana, en una colaboración de febrero. Ahora encuentro un trabajo de dos economistas (Akerlof y Shiller) que amplían el campo en el que constatan ese problema.
Es curioso que haya economistas (algunos de “éxito”) que entren en temas que los sociólogos han abandonado prácticamente: desigualdad, pobreza, instituciones, hasta la felicidad y, ahora, la desconfianza, encontrando el hecho de que la desconfianza genera desconfianza. Pero no siempre. Lo que intentan mostrar los autores que he citado es que en épocas de vacas flacas es precisamente cuando se dan esos fenómenos de desconfianza que se retroalimenta. Obviamente, no solo en las Españas. Y en esas estamos, en temer que te estén tomando el pelo con el voto, las inversiones/imposiciones, la obsolescencia programada, la mercancía deteriorada o el precio abusivo por una revisión del coche o de un electrodoméstico.
La reacción igualmente constatable es la búsqueda de confianza: la retirada al pequeño grupo en el que “todos nos conocemos” y “todos sabemos que podemos confiar los unos en los otros”. Pero eso no es suficiente. La razón estriba en que la desconfianza va acompañada de desorientación: “no sabemos lo que pasa, y eso es lo que pasa”, que venía a decir Ortega en una etapa de la Historia parecida a esta. No sabemos por dónde va a tirar “esto” (la economía, la política, la sociedad) con lo que la tentación de buscar certezas es alta. A falta de ideas claras, se inventan.
En un mundo en el que va dominando el “totalitarismo participativo”, se entiende que aparezcan líderes que los viejos sociólogos llamaban “carismáticos”. Personas en las que confiar y que trasmiten mensajes claros (aunque no necesariamente unívocos) que alivien la desorientación. No en vano la papeleta de Podemos era la única que tenía como logotipo la foto del líder.
Ya que estamos, resulta curioso el uso que se ha hecho de “casta” para referirse a los políticos (malos). Al no estar muy bien definida, permitía que cada cual proyectase sobre dicha palabra las propias frustraciones y desorientaciones. Juan Carlos Monedero proporcionó, a toro pasado, una definición interesante: “Nosotros cuando hablamos de ‘la casta', hablamos de un sector privilegiado que también obtiene beneficios económicos del sistema. (...) ‘La casta' no es solamente una estructura política, sino que está insertada en un sistema económico, que es el capitalista”. Definición que no acaba de coincidir con el uso que han estado haciendo de la palabra todos sus usuarios, pero que es mejor que nada. Alberto Garzón, desde Izquierda Unida y tal vez picado por lo afirmado por Monedero (que “un sector de Izquierda Unida se ha hecho régimen”) dirá: “Yo no uso el término casta porque me parece muy tramposo”. También me lo parece a mí.
Pero hay más enemigos que responden a la desconfianza y proporcionan una idea clara de por qué estamos como estamos. Por ejemplo, la inmigración. La Pen es un resultado y su triunfo electoral (relativo como todos) tiene como base a los desorientados por una “crisis” y por las políticas propiciadas desde Bruselas y aceptadas desde el Hôtel Martignon, sede del Primer Ministro (Por cierto, admirable, y mucho, que el país que inventó la palabra chovinismo tenga como primer ministro a Valls y como alcaldesa de París a Hidalgo. Impensable en las Españas, centrales y periféricas. O en el supuesto “melting pot” estadounidense). Por aquí no hay partidos asimilables, pero sí políticas parecidas a escala municipal que pueden subir de nivel aprovechando el racismo latente en la población desconfiada (La xenofobia es una reacción normal en muchos animales ante el diferente, digno de desconfianza por el mero hecho de serlo).
Se me ocurre un caso más y es el anti-judaísmo. Ha habido episodios de paso a la violencia, pero, en todo caso, ha sido una constante en la historia europea, desde los Reyes Católicos a nuestros días, el echarle la culpa de todo a los judíos en general o al “complot judeomasónico” (en tiempos de Franco). Por decirlo todo, no deja de ser curioso que, en su versión sionista -que no incluye a todos los judíos-, la culpa de la no-paz sea de los palestinos y más si, por fin, Hamás y Al Fatah se ponen de acuerdo después del largo tiempo que les ha visto enfrentados en la Palestina dividida en tres (Gaza, Cisjordania y territorios ocupados).
Soy de los que creen que responder a la desconfianza con el simplismo es peligroso.
(Publicado hoy en el diario Información -Alicante-)

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