miércoles, 4 de junio de 2014

Dulce bellum inexpertis

Hace dos semanas me referí a uno de "Los adagios del poder y de la guerra", de Erasmo de Rotterdam, que he disfrutado en la edición de Ramón Puig de la Bellacasa, medio alicantino por cierto. El editor traduce este adagio de ahora como "La guerra atrae a quienes no la han vivido". No voy a repetir ahora el truco que hice entonces, porque este adagio tiene todavía más actualidad que el que ya cité sobre los “silenos”.
Nada que ver con los militares. Estos se preparan para ganarla o defender territorios o regímenes, pero sabiendo que la guerra es horrorosa y que mejor evitarla que padecerla. Tengo varios amigos, ahora en la reserva y algunos de ellos trasvasados a la investigación para la paz y que pasaron, en su día, por la UMD, la unión de militares demócratas que marcó distancias con un ejército ideológicamente franquista. Tienen claro ahora que hace falta una "cultura de defensa" junto a la "cultura de paz" que inspiró la UNESCO de Mayor Zaragoza. Pero tienen todavía más claro que la guerra no la declaran los militares que lo que tendrán que hacer es ver cómo se lleva a cabo desde un punto de vista llamémosle técnico. La guerra, en efecto, la declaran los gobernantes y no siempre por motivos limpios y diáfanos, cosa que saben muchos militares. Lo vi con claridad en una charla que di, hace bastantes años, en la Academia Militar de Zaragoza (el militar y amigo que me había invitado y me presentaba tuvo mucho cuidado en hacerme notar que la estatua de Franco a la entrada era por haber tenido el papel que tuvo en la Academia, no por lo que vino después). Los cadetes, respetuosos y disciplinados, sabían bien, por ejemplo, qué había detrás de la guerra entre el Perú y Ecuador que aquellos días estaba produciéndose.
No me he puesto a ver qué experiencia de la guerra tenía el cuarteto de las Azores (porque eran cuatro, con Barroso como único superviviente político y ya le queda poco en el cargo). Pero no parece que alguno fuese a la guerra (y parece que Bush II se había "escaqueado" no muy elegantemente de la conscripción para la guerra de Vietnam). La vieron, a lo más, por televisión, y solo en versiones expurgadas convenientemente “ad usum delphini”. Los grandes "halcones" de aquella aventura que tantas tragedias ha ocasionado eran civiles y sin ninguna experiencia de la guerra. Pero, claro, había que acompañar aquellas decisiones con una parafernalia de sentimientos nacionalistas, exaltación del heroísmo y algo de testosterona. Para los demás, por supuesto. Porque ellos no fueron a la guerra ni fueron bombardeados por invasores a no ser que se crea que el 11-S fue una forma particular de invasión islamista a los Estados Unidos.
No haría falta añadir que "la gente común no desea la guerra (...). Eso es obvio. Pero a fin de cuentas, son los líderes de un país quienes determinan la política, y siempre es una simple cuestión de arrastrar a la gente” lo cual “es fácil. Lo único que hay que hacer es decirles que están siendo atacados y denunciar a los pacifistas por falta de patriotismo y por poner en peligro a la nación. Funciona en cualquier país”. Se lo decía Herman Göring a Gustave Gilbert durante los procesos de Núremberg.
Pues sí: es relativamente fácil convencer a la gente de que hay que hacer la guerra y, algo más complicado, pero no difícil, convencerles para que den la vida por la patria/nación, enviados a la muerte por líderes que sobrevivirán a los heroicos, mártires, generosos y abnegados soldados. “Dulcis est pro patria mori”, es dulce morir por la patria, que decían los romanos aunque no decían quiénes eran los que tenían que morir. Bueno, sí, los gladiadores que saludaban con aquello de que “los que van a morir te saludan”. Al césar, claro.
La guerra, tenía razón Erasmo, es algo magnífico para los que no tienen ni tendrán experiencia de la misma. Las últimas páginas del libro de Erasmo que he citado al principio las leí en un pequeño pueblo de Extremadura en el que todavía se perciben las huellas de la última, por el momento, guerra civil española. No fue nada dulce para ellos, con independencia de cuál hubiese sido su bando o el de sus padres. Amarga guerra, nade dulce, y amarga posguerra. Pero es obvio que fue dulce para algunos y es de eso de lo que también habría que hablar.
(Publicado hoy en el diario Información -Alicante-)

1 comentario:

  1. Muchas gracias, José María, por citar mi edición de algunos de los textos políticos de Erasmo, adagios en este caso.

    Leyendo los ecos de su voz crítica en ese adagio que retomas en tu blog, he vuelto a pensar en lo que dice sobre esos que abandonan a su familia y dejan la tierra en la que son ciudadanos, para irse a masacrar a otros en países lejanos y, que -he ahí el punto- son a su regreso celebrados como héroes.

    Por desgracia. el mundo está sufriendo desde hace tiempo las consecuencias de este tipo de fanatismos belicistas de individuos que aspiran a realizar gestas heroicas con sus vidas, y para eso aprenden a matar en guerras lejanas, se hacen expertos de la masacre y cuando no acaban como celebrados guerrilleros de izquierdas o derechas, o como mártires de Dios, vuelven con ánimo de ajustar cuentas con supuestos enemigos inocentes en su país o en cualquier otro lugar donde haya gentes comunes (sean civiles o lleven uniforme, poco importa, el caso es pillarles desprevenidos).

    Creo que hoy se podría (en realidad siempre se ha podido) plasmar esto en otro adagio complementario del "Dulce bellum inexpertis" glosado por Erasmo.

    Mi adagio rezaría algo como así: "Dulce terrorem expertis".

    Se puede pronunciar todos los días, absolutamente todos y en todas las latitudes, con sólo abrir las páginas de la prensa o ver los noticieros de la tele, pero (será por la historia de Sefarad que siempre me ha emocionado, o porque he vivido en Bruselas) ha sido con motivo de esa masacre de gente desprevenida e inerme en el Museo Judío, a manos de un jihadista que se ha hecho experto en Siria, cuando me ha venido a la mente este neoadagio: "Dulce terrorem expertis".

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