miércoles, 9 de abril de 2014

Dos tragedias

Estamos en el aniversario del genocidio perpetrado en Ruanda hace 20 años. Entre abril y junio de 1994 murieron entre 500.000 y un millón de personas, mayoritariamente tutsis, por el mero hecho de pertenecer al supuesto grupo étnico. Hace pocas semanas se ha abierto en París el juicio contra Pascal Simbikangwa, acusado de complicidad en tales actos y de crímenes contra la Humanidad.
El asunto no tendría que habernos tomado por sorpresa. No lo sabíamos, pero ahora se sabe que el gobierno belga avisó al de Estados Unidos y del Reino Unido y al secretariado de Naciones Unidas sobre la inminencia de tal masacre y estos miraron a otro lado. El caso fue, además, que las interpretaciones de los hechos fueron muchas veces simplistas y sesgadas. Algo así como ha sucedido con Ucrania.
En este último asunto, solo con el paso del tiempo los no especialistas hemos ido conociendo los detalles que daban cuenta del fondo: la presencia de tres comunidades (ucranianos, rusos y tártaros) con divisiones más políticas que étnicas; la economía (gas ruso para el país y para Europa que interesa a ambas partes vender y comprar respectivamente); la geopolítica (la pelea USA-URSS no fue ideológica sino sobre el poder mundial y ahora parece que también); y detalles nada irrelevantes como el “regalo” de Crimea a Ucrania, país artificial (todos lo son) y la presencia de bases militares rusas. Por no conocer tales detalles me arriesgué a apostar sobre el futuro del conflicto (comparándolo con los de Siria y Venezuela)... y me equivoqué pública y estrepitosamente.
En el de Ruanda, la imagen es más clara. Todo empezó con la invasión de un pueblo pastor (tutsi) a un territorio habitado por agricultores (hutus). Ambas comunidades acabaron mezclándose en una sola lengua, religión y, en general, cultura. Pero no sociedad: “los de arriba” eran tutsis y “los de abajo” hutus, de modo que si alguien mejoraba su situación económica familiar, pasaba de hutu a tutsi en un esquema de relativa movilidad social ya que no tenía sentido la movilidad étnica. Llegaron los conquistadores europeos y fijaron irresponsablemente las diferencias, tomando a los tutsis como sus “caballos de Troya” en la administración del país y dejó de haber aquella movilidad social que pasó a ser diferencia étnica. Concedida la independencia, las tensiones entre ambos grupos entraron en un proceso de escalada que llegó a las matanzas de hace 20 años en buena parte magnificadas por la Radio de las Mil Colinas que se dedicó a fomentar el odio contra los tutsis que llevó a aquellas muertes a machetazos. Pero los tutsis recuperaron el poder militarmente y muchos hutus tuvieron que ir al exilio en una huida masiva que recibió notable cobertura mediática, incluyendo aquella foto, que obtuvo un premio Pulitzer, del pobre niño moribundo con un buitre cercano dispuesto a devorar sus restos. Las fotos con las que nos enternecimos eran de los genocidas que huían ante el cambio de poder que se había producido en el país: los ahora perseguidos habían sido los perseguidores. Y más que perseguidores.
De una historia y otra (la de Ucrania todavía en desarrollo) se pueden extraer algunas lecciones. La primera y más evidente es que ante hechos violentos como estos, es preferible tomar distancia a dejarse llevar por la sensibilidad y, peor, por los prejuicios, como ahora frente a Rusia como si todavía fuese comunista. Los relatos de tragedias como estas no suelen venir acompañados de detalles históricos y sociales que permitan entender qué está sucediendo y nos quedamos atrapados por las imágenes que, por lo general, no son la mejor fuente de información. Ver no es entender.
En segundo lugar, que la supuesta "comunidad internacional" (es decir, los que mandan, quieren mandar o hacen que mandan) interviene cuando le conviene, no cuando hace falta. Además, la doble moral es la norma: Kosovo se puede independizar sin más problema -aunque el gobierno español no reconociese tal posibilidad- mientras que Crimea no puede decidir volver a ser rusa, en ambos casos aplicando según convenga el "derecho de autodeterminación" o las limitaciones de la respectiva Constitución. Hay matanzas que deben ser detenidas y otras que, si se producen, es problema de las familias de los muertos.
Finalmente, los medios pueden resultar irresponsables porque se ponen a trasmitir sistemáticamente mensajes de odio que calan en mentes inadvertidas o que están buscando enemigos donde sea, pero también mensajes de falsa compasión que alivia la mala conciencia de los bienpensantes y que pueden ser tan falsos como los anteriores.
(Publicado hoy en el diario Información -Alicante-)
(El de Ruanda no es, como bien se sabe, el único genocidio importante en tiempos recientes. El de Camboya fue mucho más monstruoso: 2 millones de camboyanos asesinados por el gobierno entre 1975 y 1979, gobierno apoyado por la "comunidad internacional" y no solo por estos -USA y los suyos-, sino por muchos más. Su recuerdo aquí. Y hay quien añade que los medios para practicar la violencia, si eres pobre, son muy limitados. Pero que si eres muy rico tienes la posibilidad de poner en riesgo a toda la especie humana practicando actuaciones empresariales que aceleran el cambio climático que, por cierto, se auto-acelera a causa del metano)

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