miércoles, 12 de marzo de 2014

¿Por qué los pobres no se echan a las barricadas?

Convocarlos para que lo hagan es relativamente fácil (“A las barricadas, a las barricadas, por el triunfo de la Confederación”). También es fácil encontrar motivos para que respondan: la distancia que les separa de los no-pobres es cada vez mayor y las “redes de seguridad” que no hace mucho les ayudaban a no caer todavía más abajo han sido desmanteladas aquí y en muchas otras partes del mundo siguiendo la moda de la “austeridad” (porque moda es, aunque con apoyos “científicos”, tan científicos como los de sus contrarios). Necesidades básicas cada vez más insatisfechas mientras en el otro extremo de la pirámide social hay despilfarros, faustos y derroches ante los que no valen los “lo siento mucho; me he equivocado; no volverá a pasar”. Porque ha pasado. Y eso es lo que cuenta.
Quitando esta última indicación de índole local, el resto del párrafo que antecede forma parte de la argumentación de quien se hacía la pregunta de este articulillo. No. No era de quien, después de convocar “a las barricadas”, se encontraba con que nadie o casi nadie le seguía o les seguía (ese asombro de los manifestantes diciendo “tendría que haber venido mucha más gente”). La pregunta que he puesto en el título se la hacía el poco sospechoso de izquierdista The Economist en enero pasado y por las razones que he indicado. ¿Por qué, pues, los pobres no se echan a las barricadas habiendo como hay tan buenas razones? Se me ocurren las siguientes que, para desgracia de los revolucionarios que esperan poder tomar una Bastilla o un inexistente Palacio de Invierno, pueden combinarse entre sí reforzándose. Y me parece que hay muchas más.
1. No se enteran. Siguiendo el viejo himno, “negras tormentas agitan los aires, nubes oscuras nos impiden ver”. Es más que posible. No lo ven. Y si lo ven, no lo ven como problema y menos como remediable.
2. En el caso de que se enteren, no lo dan como intolerable. Pueden verla como algo natural, como la salida del sol por el Este. O, sencillamente, no tienen claro qué es lo que podría haberla producido: “Es lo que hay”, como cada día escucho con más frecuencia. ¿Por qué se van a movilizar por algo tan natural como “los pobres siempre estarán con vosotros”? Y ¿contra quién?
 3. Se distraen con revistas del corazón o, mejor, con programas televisivos de esa ralea, que esas sí que son “nubes negras”. Eso da una satisfacción por identificación y, en todo caso, las fantasías al respecto ayudan a llevar con facilidad las estrecheces inmediatas. La vieja estrategia del “panem et circenses”, pan y circo, ahora queda reducida a circo. Mucho circo.
 4. La verdad es que bastante tienen con sobrevivir, como Orwell, en su Mil novecientos ochenta y cuatro, ponía en boca de Emmanuel Goldstein (el fundador del ingsoc) a propósito de “los de abajo”. En realidad, las protestas, de haberlas, son de las clases medias,  asustadas ante la posibilidad de caer en la pobreza o dispuestas a usar (de nuevo como en la novela y en más de un caso contemporáneo) a “los de abajo” para facilitar el propio ascenso (ya lo hizo la burguesía francesa con los sansculotte en la Grand Révolution).
 5. Se les asusta. Es otra posibilidad: el que se mueve no sale en la foto y pueden pensar que, si lo hacen, todavía podrían estar peor de lo que están. Saberse vulnerable puede llevar a sacar esa consecuencia no muy alejada de lo que, muchas veces, se produce realmente: si se escapa una bofetada, seguro que acaba en la mejilla del más débil. Las subvenciones a los ricos (aquí y en otras partes), en este Estado de Bienestar para Ricos, tal vez no se conozcan. Pero sí se conocen los recortes de la austeridad dirigidos a los más débiles.
 6. Se les reprime. Lo saben. Para eso están las “fuerzas del orden”, para mantener el ídem, y el ídem es que los pobres sigan siendo pobres o, por lo menos, que no molesten ni, mucho menos, pongan en discusión ese orden. 
 7. Se les presentan enemigos odiables. De nuevo, como en 1984, es una medida eficiente desviar la posible agresividad que produce la frustración hacia objetos fáciles de identificar y nada peligrosos para el “orden”. Se trata de religiones, “razas”, “naciones”, sexualidades… sobre las que descargar la dicha agresividad. Los culpables son los musulmanes, los “moros” y “sudacas”, los catalanistas/españolistas (táchese lo que no proceda), los homosexuales... A por ellos, pues.
(Publicado hoy en el diario Información -Alicante-)

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