martes, 4 de marzo de 2014

El encuentro

Me refiero al que se produjo, en secreto y en 1977, entre el entonces presidente Adolfo Suárez y el entonces secretario general del Partido Comunista Santiago Carrillo. Pudieron llegar a acuerdos desde lo que cada cual tenía que renunciar hasta cómo mentirían después ante sus respectivas bases. Una parte importante de las de Suárez no podía aceptar que se legalizase un partido que había hecho tanto daño a España (recordaban la conjura comunista contra el franquismo, es decir, contra España) y que arrastraba los daños causados en la última Guerra Civil (Paracuellos incluido). Una parte importante de las bases de Carrillo tampoco estaban por la negociación ni, mucho menos, por las concesiones: seguían siendo republicanos (y se aceptaba la monarquía), antifranquistas (y Suárez era un franquista) y revolucionarios partidarios de la Ruptura y no de la Reforma. Unas y otras bases siguen pensando que la Transición fue una estafa, mientras otros piensan que fue la solución más razonable y sensata al problema real que estaba planteado en aquel momento, no al problema que las respectivas ideologías planteaban, más en plan deductivo que inductivo.
Con el fin de ETA no parece que se haya podido hacer algo parecido. Por un lado, una parte de las bases del Partido Popular mantienen vivo el recuerdo de las muertes producidas por ETA y, todos, temen que una postura no suficientemente dura lo que consiga sea dar más votos a UPyD, el partido españolista por excelencia. Por el otro, ETA, que sabe que la lucha armada les lleva a un callejón sin salida, no puede reconocerlo de golpe en público ni puede hacer que el gudari abertzale pase, sin más ni más, a modesto tendero de abarrotes.
El griterío que se montó con el anuncio de la legalización del PCE se parece al griterío que se ha montado con el montaje de los "verificadores internacionales". Si entonces lo que pretendían era que no se solucionase el problema político ni que se tendiesen puentes entre las partes, parece que ahora son los mismos que no quieren que se solucione el problema político ni que se tiendan puentes entre las partes. 
Un caso como el de ETA es de manual que recibe un impulso para su solución mediante la intervención de mediadores que puedan hacer de lanzadera entre las partes (que no son solo dos: hay víctimas, hay partidos nacionalistas españolistas y nacionalistas abertzaleak, sindicatos, patronales). El rechazar la presencia de extranjeros, cuando tampoco se aceptan a los "nacionales", es digno de mención. 
He estado dándole un vistazo a lo que publiqué hace casi 15 años. Me asombra que ahora que es cuando más cerca se está se solucionar el problema, sea precisamente cuando más enconadas e inamovibles están las posiciones.

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