domingo, 9 de febrero de 2014

Dylan: pequeñas idolatrías

De vez en cuando me encuentro textos discutiendo qué debió de estar en el origen de las religiones, en la noche de los tiempos. Deos fecit metus? ¿El miedo, tal vez? Sobre todo, ¿el miedo a la muerte que hacía que el personaje de Machado fuese "de viejo gran rezador" después de una juventud "disipada"?
Sí parece que muchos seres humanos muestran una curiosa necesidad de tener dioses. El "dios dinero" es uno de ellos, claro. Pero ese es resultado de la codicia y la avaricia. 
Mi pregunta es sobre qué hay detrás de esa tendencia a idolatrar personas. La he encontrado en gente a la que aprecio por su amistad y a la que reconozco gran capacidad intelectual. De vez en cuando, me vienen entusiasmados e ilusionados con algún personaje, un nuevo presidente, un nuevo líder, cuyas "virtudes" no puedo negar, pero que no me parece que den la talla para ser divinizados. Sobre todo cuando, con el tiempo, se ve que son "humanos, demasiado humanos". Les pasó con Obama. Y, en América Latina, tengo varios ejemplos en la experiencia política de algunos buenos amigos. Algunos académicos, por su parte, muestran rasgos de idolatría cuando veneran a un autor clásico (es decir, muerto) encontrando en la escolástica de sus textos una respuesta a todas sus preguntas. Es el caso de algunos marxistas con Marx que harían horrorizar al mismísimo Marx (que negaba ser "marxista").
Porque, efectivamente, el problema con esas idolatrías es con la "caída de los dioses". Acabo de encontrar un ejemplo en las reacciones ante un hecho bien curioso referido a Bob Dylan. Después de reconocerle su "parentesco" con otros diosecillos como Guthrie o Seeger, el texto se queja amargamente de que Dylan haya aparecido en un anuncio de una marca de coches en la Super Bowl (ya se sabe, son anuncios carísimos dada la cantidad de feligreses que tiene ese evento igualmente religioso). 
Todos tienen un precio, se dice el autor, y alguno de los comentarios que suscita insisten en lo mismo, desilusionados al ver que su ídolo ha caído, él también, en las garras del sistema del que parecía estar al margen. Cierto también que alguno de los comentarios insiste en que no había motivo para tenerle en tal puesto, que no había novedad en su venalidad (bueno, no se ha vendido: se ha alquilado).
Interesante esa reacción del que ha tenido a alguien como ídolo y descubre sus pies de barro. En el fondo, el supuesto ídolo tiene algo que ver: hay fomentado esa imagen. Pero el idólatra es el que, a fin de cuentas, es responsable de su propia idolatría, dejándose engañar por puro deseo de tener a quien seguir, reverenciar, idolatrar. Comprensible que eche toda la culpa al ídolo, pero sigo planteándome la pregunta sobre la necesidad de ídolos o dioses (la diferencia está en que los primeros son dioses falsos y los segundos son dioses verdaderos... en la mente del creyente).
The answer, my friend, is blowin in the wind.

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