miércoles, 12 de febrero de 2014

Desconfianza

Mi amigo tiene una pequeña tienda en un barrio popular. Con un solo dependiente, intenta capear el temporal de la colapsada demanda de sus mercancías. Eso lo da por descontado. Pero lo que le llama la atención es constatar el aumento de la desconfianza por parte de sus clientes. Eso “antes” no pasaba: entraban, confiaban en sus consejos y compraban o no en función de la demanda sin dudar por un momento de la información que mi amigo les proporcionaba sobre el producto que fuese.
Le digo que su caso no es raro. Que hay, más bien, epidemia de desconfianza que afecta a la política, a las empresas en general y al sector financiero en particular. Hasta a los juristas/abogados/jueces. Pero también a los medios de comunicación, empresas al fin y al cabo y con los mismos problemas que la tienda de mi amigo, aunque con más asalariados, objetos posibles de los temidos ERE (El Mundo, Canal9).
Ese es el hecho y, encuesta tras encuesta, se ha podido cuantificar la difusión de tal actitud y su posible generalización. Otra cosa es cómo se interpreten esas cuestiones.
Lo primero que hay que decir es que tal vez ahora se estén pagando males pasados. Las empresas, por definición, buscan el beneficio. Para eso están. Y se incluye a las farmacéuticas que no se dedican a tareas de ONG, sino a responder a sus asambleas de accionistas demostrando beneficios (Recuérdese lo claro que fue el consejero delegado de Bayer: "No desarrollamos este medicamento para el mercado indio, sino para los pacientes occidentales que pueden permitírselo"). Pero cuando se produce la contracción de estos años, lo que hay es pánico: hay que conseguir el beneficio sea como sea y a costa de lo que sea. Con más motivo quizás en el sector financiero. En todo caso, en tiendas como las de mi amigo. Y se toman decisiones de “sálvese quien pueda” que solo empeoran la situación y generan desconfianza hacia empresarios, banqueros, tenderos.
Lo de los políticos tiene una lógica algo diferente. En los dorados tiempos de expansión, las alegrías derrochadoras compartidas con empresas concesionarias (tres millones de mordida por una contrata de basura son muchos) incluían al sector financiero domesticado y al sector financiero que ya había domesticado al sector político. En aquel momento, todo valía: había para todos (para algunos, en realidad)... hasta que reventó la burbuja financiera fuera de España y la inmobiliaria dentro, burbujas que se daba por seguro que nunca reventarían (porque eso es precisamente una burbuja: el resultado de la actitud humana a pensar que las cosas seguirán como hasta ahora... o mejor, y que los inteligentes son los que se aprovechan de la ola). Los casos de corrupción asociados con la “crisis”, corregidos y aumentados respecto a los de la crisis de principios de los 90, han hecho crecer la desconfianza hacia los políticos.
Los periodistas no se salvan de esta epidemia. Durante las burbujas, proliferaron los mafiosos que vendían exageraciones, deformaciones y malicias. También ahí, todo valía mientras sus dueños les pagasen, ya que, si no, siempre podían llevar sus prácticas a otros campos más rentables o refugiarse en castillos por encima de toda sospecha. Sin embargo, las sospechas crecieron y, como con políticos y empresarios, la desconfianza hizo pagar a justos por pecadores mientras algunos “pecadores” podían irse de rositas situados “más allá del bien y del mal”, cosa que el público acababa por rechazar, desconfiando de sus intenciones, venganzas y triquiñuelas.
Mi amigo siguió hablando hasta que se dio cuenta de que me estaba explicando por qué la gente desconfiaba de sus consejos “profesionales” y era porque, con tal de vender, se dedicaba a engañar a sus clientes todavía más de lo que lo había hecho en el pasado. Digamos que la desconfianza se la había ganado a pulso conquistándose, con el pánico, más razones para que aumentase.

Mi problema no es tanto esa creciente desconfianza generalizada aunque hay momentos en que temo sus efectos a medio plazo sobre la política, la economía y la comunicación. Dejémoslo en inquietud ante el “populismo”, por usar palabra ambigua pero indicativa de mis temores sobre todo cuando los tres (políticos, ricos y comunicadores “de referencia”) se alían contra el resto proporcionando “certezas”. De momento, mi problema es, con la que está cayendo, que los que han creado esta penosa situación se quedan, con algunas impactantes excepciones, tan panchos mientras que los que pagan (y pagarán) el pato resultan ser los ciudadanos, clientes, “impositores” y lectores. 
(Publicado hoy en el diario Información -Alicante-)

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