sábado, 4 de enero de 2014

Tamiflu, ¿recuerda?

El fármaco, ahora de Roche, estuvo en las noticias durante una de aquellas problemáticas pestes o gripes que asustaron al mundo con la connivencia de la OMS. La amenaza estuvo en primeras páginas, pero no tanto el que un destacado miembro del gobierno de Bush II fuera accionista de la entonces propietaria de la patente, cosa que los malpensados supusimos que tuvo que ver con la diligente y masiva compra del supuesto remedio por parte de gobiernos amigos y serviles del estadounidense. El tal prócer se hizo rico y los gobiernos previsores tuvieron que tirar a la basura los excedentes de su compra.
Ahora vuelve a las noticias debido a discusiones en el Parlamento inglés o, si se prefiere, británico, sobre la manera con la que las empresas farmacéuticas, en el mejor de los casos, ocultan y, en el peor, falsifican los resultados de las pruebas a las que someten sus productos antes de lanzarlos al mercado, 
Porque ahí reside la raíz: no es extraño que el consumidor NO tenga información veraz -ni tampoco el médico, para el caso- ni que la decisión de compra se deba a motivos que no tengan nada que ver con precio y calidad -y utilidad, y expectativas racionales-, sino con PODER, puro y desnudo poder. Y en este caso lo que está en juego es la salud, y mi abuela decía que con la salud no se juega.  

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