lunes, 27 de enero de 2014

Qué hacer con los sentimientos (nacionalistas, claro)

Hay dos tipos de sentimiento que me han interesado desde hace mucho: los sentimientos nacionalistas y los religiosos. Obvio que en estos días estoy pensando más en los primeros que en los segundos, a pesar de las similitudes que guardan unos con los otros. Los primeros, porque me llegan andanadas españolistas y andanadas catalanistas justo cuando estoy esperando para saber qué fallo produce La Haya sobre el deferendo Chile-Perú y las reacciones de los respectivos nacionalistas.
No vale la pena volver al hecho de que unos nacionalismos y otros serán utilizados por políticos de distinto signo y en distinta posición para ver de mejorar sus perspectivas electorales pronto o tarde. De nuevo: es el sentimiento lo que me interesa, no el uso que otros hagan del mismo.
Dando un salto, un enamorado o enamorada verá como absurda e impertinente la pregunta sobre la legitimación de su sentimiento. Dirá que es y punto.
Sin embargo, los sentimientos a los que ahora me estoy refiriendo parece que, tarde o temprano, sienten la necesidad de justificarse. Vienen a decir "tenemos razón en estar enamorados de nuestra nación -o de nuestro Dios-". Aunque, como eso puede ser excesivo, la cosa se queda en un "tenemos razones para ello".
Para muchas religiones la razón está en el Libro. Pero es un argumento circular: el Libro dice que tenemos razón los que creemos en que el Libro tiene razón al darnos la razón. Mutatis mutandis, los nacionalismos pueden recurrir a la Historia. Desgraciadamente, no a la Historia (lo que sucedió realmente, que es un intento tan vano como el de producir un mapa a escala 1:1) sino a las narraciones, a la selección de hechos (incluso ficticios) que muestran que los que tienen ese sentimiento tienen razones (históricas) para tenerlo. En el caso que sufro estos días, vale tanto para separatistas catalanistas como para españolistas unionistas.
Una legitimación que me resulta curiosa es la del "ladran, luego cabalgamos" o, mejor, "si nos atacan es que tenemos razón". Para las religiones, los mártires y esa vana porfía por presentarse como religión perseguida en el mundo contemporáneo. Para los nacionalismos, esa curiosa función que tiene el conflicto (real o inventado) de unificar a los propios. Claro: si nos atacan es que existimos. Obvio. Desgraciadamente, no tan obvio como ya he intentado describir en otras ocasiones a propósito del abusivo uso del "nosotros" hasta el punto de que es porque nos atacan que existimos nosotros.
Pero la más fascinante para mi gusto es la de la comunidad. Las proposiciones religiosas o nacionalistas difícilmente pueden ser sometidas a criterios intersubjetivos: otros creen en otros dioses, otros tienen naciones que no coinciden con las "nuestras". La forma más eficiente de darles legitimidad es compartirlas con otros, anclar esas creencias en un grupo sea este formal (una parroquia, una célula), informal (encuentros como una procesión o un baile público) o masivo, que, a lo que parece, es el mejor: sumergirse en una masa de creyentes en la misma fe es algo que transforma al individuo ya que, por fin, tiene la confirmación de su creencia. La peregrinación a la Meca es, tal vez, el caso extremo. Pero una manifestación como la Via Catalana ha transformado a algunos amigos "confirmándoles en la fe". 
Claro que esos sentimientos tiene efectos observables: independencia / dependencia con frustraciones respectivas de los contrarios a las mismas (y la frustración genera agresividad, no se olvide), prácticas religiosas que pueden ser mal vistas por los de otras religiones, y más si son mayoritarias en ese contexto concreto (musulmanes en Myanmar, cristianos en Arabia Saudita o Egipto). Y que, como tales sentimientos, es inútil intentar razonar sobre ellos. A los ojos del enamorado, todo es hermoso en ella, aunque los amigos intenten convencerle de que no no hay tal. 
La gestión del sentimiento religioso podría ir en la dirección de la tolerancia mutua y el mutuo respeto. Para la del sentimiento nacionalista solo se me ocurre una cosa: el voto. Pero ahí entra otra dificultad: por un lado, se dirá que en Cataluña llevan votando desde el fin del franquismo; que sigan, pues y que no pidan más. Pero, por otro, se dirá, ante el derecho a la autodeterminación, que los que tienen que votar están también fuera de Cataluña (ya puestos, no solo en España sino en la Unión Europea). El primer argumento va para los catalanistas que no tienen mayoría suficiente y quieren recurrir a un referéndum para lograr el fin de todo partido nacionalista: gobernar en un Estado propio. El segundo, para los españolistas que temen que los catalanistas sí la tengan y se rompa la "sagrada unidad de España" con lo que se vería que el Estado-nación era Estado, pero no nación. Si se observa con tranquilidad la lógica de estos argumentos, creo que puede verse que, en su raíz, hay sentimientos. Sentimientos incompatibles en su expresión. Y eso es lo que se entiende por un conflicto.
Por volver por un momento al deferendo Chile-Perú y a la sentencia de La Haya, este es un buen ejemplo de racionalizar el conflicto sin remontarse demasiado. Me lo envía un viejo amigo peruano. Pero las reacciones me temo que no serán tan racionales. Como repito, siempre habrá quien quiera pescar a río revuelto, con lo que tendrá que revolver el río arrimando el ascua a la propia sardina.
(Añadido al final del día con las reacciones oficiales tanto chilenas como peruanas. Las peruanas parecen más nacionalistas y las chilenas más "economicistas" aunque no les guste tanto como al presidente peruano. Eso sí, el entusiasmo del presidente peruano obvia el dato de dónde está la parte más jugosa de la pesca, que es lo que esgrime el chileno)

1 comentario:

  1. Está muy bien, comparto tu “argumentario”, como se dice ahora sobre los nacionalismos como emociones.

    En cuanto al conflicto entre Chile y Perú, olvidándose de la pobre Bolivia, sin salida al mar después de perder todas las guerras con todos sus vecinos

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