miércoles, 29 de enero de 2014

"Brotes verdes" redux

Las campanas se han puesto a sonar porque el presidente Rajoy y, con él, el FMI (o viceversa), anuncian que el crecimiento podría aumentar unas décimas en los próximos años, cerrando así la etapa de decrecimiento. Es un tanto ridículo argumentar basándose en unas décimas de un dato tan problemático como el PIB. Además, conociendo los fallos en las predicciones por lo menos del FMI, incluso una alegría tan chusca como esa ha de ser tomada con cautela, a no ser que se pretenda que los “mercados” sean absolutamente idiotas y se dejen llevar por las alegrías, equivocadas o mendaces, que intentan cambiar las decisiones de compra e inversión, muchas de ellas enloquecidas (hay casos de pánico y de absurdas burbujas), pero no por ello sistemáticamente estúpidas.
Ya en 2009 y, que yo sepa, hasta 2011, corrieron, como dejé constancia, varias versiones sobre cómo podría acabar la crisis que se incubó largos años, se hinchó en 2007 y reventó en 2008. La más optimista anticipaba una crisis en V: caída y recuperación rápida. Algo menos optimista era la que lo hacía en U: caída, estancamiento y recuperación “a su debido retraso”. Después venían los agoreros de las crisis cíclicas con una W: auge y caída, auge y caída y así sucesivamente. Finalmente, los más pesimistas, los de una evolución en L: una caída para no levantarse. Había, de todos modos, una quinta opción que tomaba la forma de algo parecido al signo de raíz cuadrada (si es que alguien se acuerda de cómo era). A saber: caída, un tiempo hundidos y una recuperación que, a diferencia de la forma en U, ya nunca llegaría a los niveles previos a la crisis. Esta última se publicó en el Financial Times, no en Granma ni en Aporrea o Rebelión.

Coincidiendo con aquello, la OIT divulgaba su informe “Tendencias globales del empleo 2014”. Por un lado, sus datos mostraban que, en esta etapa 2007-2012, el desempleo había bajado en el Sureste Asiático y en América Latina mientras subía en los países de la crisis. La crisis, en efecto, no es igual para todos, dentro y fuera. Pero, por otro, su subtítulo era expresivo: “¿Riesgo de una recuperación sin empleos?”. Eso, claro, en la hipótesis de que haya recuperación y el dibujo de marras no sea el correcto.
Esta semana, además de las alegrías del FMI y del presidente Rajoy, ha habido algunas intervenciones que me han hecho recordar aquellas letras. La primera es del gurú Nouriel Roubini. Su visión de lo que podría suceder es sombría para los países hasta ahora centrales, las “economías más avanzadas” como él las llama. No descarta un estancamiento “secular”, algo así como una mezcla de las “salidas” de la crisis L y “raíz cuadrada”. Estados Unidos, la Eurozona, Japón, Australia y Canadá estarían en esas y estarían repitiendo el error de no invertir en capital físico y, sobre todo, en capital humano. Invertir en educación, para entendernos.
Va en una línea parecida Klaus Schwab, presidente ejecutivo del Foro Económico Mundial: estancamiento que puede durar por varios años, incertidumbre, debilidad de los países hasta ahora centrales y ralentización de los emergentes hasta, como dice, que “el mundo tenga que vivir con menos”.
Y del Davos de estos días viene un mensaje para algunos inesperado: el papel de la desigualdad. Lo tuvo, aunque menor, en la aparición de esta crisis: desigualdad entre países y entre grupos o clases sociales. Pero hay razones de peso para pensar que esa desigualdad se está convirtiendo en un obstáculo para la recuperación. El papa Francisco, en su mensaje a los de Davos, se ha referido al tema aunque, fiel a su papel, ha subrayado el elemento inmoral de la desigualdad. Pero es que desde el FMI a Krugman pasando por Stiglitz, el argumento se repite: si no se aborda la cuestión de la desigualdad, se dificulta la recuperación. Una treintena de economistas entrevistados por Associated Press a finales de diciembre iba, mayoritariamente, en la misma línea.
Sin embargo, no se perciben decisiones políticas locales e internacionales que intenten reducir esa barrera que condena al estancamiento y al desempleo. Razones: los que se benefician de la desigualdad tienen poder suficiente para mantener la situación, mientras que los perdedores en la desigualdad no tienen capacidad para hacerse oír, por más que griten y, encima, teniendo sindicatos amordazados. Verosímil. Hasta el poco sospechoso The Economist titulaba, también la semana pasada, “¿Por qué los pobres no toman las barricadas?”. Curiosamente, esas barricadas serían un factor de recuperación.
(Publicado hoy en el diario Información -Alicante-)

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