domingo, 22 de diciembre de 2013

Incertidumbres ante las manifestaciones

Por un lado, encuentro indignación en mis contactos cotidianos, desde el peluquero al quiosquero. No hay día en que las noticias, incluso las más censuradas, no traigan un motivo para estar más que indignado, dicen ellos y estoy de acuerdo.
Por otro lado, encuentro personas que, igualmente en mis contactos cotidianos, dicen que eso de manifestarse no sirve para nada. Y encuentro en mis lecturas quienes opinan que tales actos son del tipo masturbatorio: proporcionan satisfacción a quien los practica, pero no tienen efectos externos, fecundantes, fuera de la pura expresión de la indignación, es decir, no cambian nada.
Este último argumento se ha esgrimido también en los Estados Unidos y ha tenido una respuesta interesante en la que se recuerda qué sucedió con actos anteriores de desobediencia civil (contra la segregación, contra la guerra del Vietnam) y se le da soporte teórico a dichas expresiones de descontento: por lo menos, producen un cambio en la cultura política en la medida en que se reconoce uno mismo como parte de algo más general (como sucedió, por volver a la Península Ibérica, con la Via Catalana) con lo que se incrementa el ímpetu para mostrar desacuerdo y modificar la cultura política dominante. La referencia al discurso "Sobre la servidumbre voluntaria" de Étienne de La Boétie (siglo XVI) es pertinente.
Pero, ay, esos efectos fecundantes a medio plazo no siempre son visibles. Pienso en las manifestaciones masivas (las mayores que se recuerdan) contra la intervención en Irak en general y, en particular, contra la participación española en dicha ocupación. De momento, yendo como iban contra el Partido Popular en el gobierno, produjeron un triunfo de dicho partido en las elecciones municipales inmediatas. Cierto que, con los atentados de Atocha chapuceramente gestionados por dicho partido, intervinieron en el ulterior triunfo del Partido Socialista en las elecciones generales. Pero, probablemente, fue esa chapucería, no las manifestaciones y la cultura política que produjeron, la que llevó a dicho triunfo.
Moraleja: ni rechazo frontal a expresar la propia indignación ni creencia beata en lo mecánico y automático que sería el efecto de dicha expresión. Los efectos de dichos planteamientos son probables: nada cambia, en el primer caso, y hay movilización en el segundo que, en alguna circunstancia, podría producir el cambio deseado. No conocemos en qué circunstancias a priori se produciría tal cambio. Ni su nivel: desde cambio del sistema, como pretenden algunos manifestantes, a cambio de algunas políticas concretas, como prefieren plantear otros. Lo que sí me parece claro es que hay que reconocer la posibilidad de manipulación por parte de otros intereses, ajenos a los manifestantes o a la mayoría de los mismos. La verdad (¿qué es la verdad? que diría Pilatos) os hará libres.

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