miércoles, 18 de diciembre de 2013

Cosas del amor

Los arios no eran “mejores por sus cualidades mentales” sino en la medida en que estaban dispuestos a “poner todas sus habilidades al servicio de la comunidad”. Los arios, en efecto, “voluntariamente subordinaban su ego a la vida de la comunidad y, si lo pedía la ocasión, incluso lo sacrificaban”. “Dispuestos, si hacía falta, a dar su vida por los demás”. Ahí residía su superioridad. Por lo menos, eso decía Hitler en Mein Kampf.
“Porque no hay mayor amor que el del que da la vida por los amigos”. El salto podría parecer brutal porque es del evangelio de Juan, capítulo 15. Y es Jesús de Nazaret el que se presenta como ese que tiene ese gran amor, ya que va a dar la vida por los suyos.
Pero, ¿y si decimos “no pienses qué puede hacer tu país por ti: piensa qué puedes hacer tú por tu país”? Podría suponerse que estamos en las mismas, aunque en este caso lo que tenemos es un famoso dicho por el entonces presidente Kennedy. Y entre las cosas que se podía hacer por el propio país era el ir a la guerra, como sucedió en Vietnam con su sucesor, Johnson, y la conscripción al margen del ejército profesional.
Evidentemente, se trata de casos muy diferentes entre sí, pero es igualmente evidente que tienen elementos en común: la generosidad de dar la vida por los otros. Por la raza, los amigos o por el país.
Y ahora un salto mayor: Los inteligentes también se enamoran. Eso no lo duda nadie. Serán inteligentes, pero no son inmunes a ese enloquecimiento pasajero que es el enamoramiento. Y lo traigo a colación porque percibo, en determinados ambientes, un asombro ante la irracionalidad de algunos planteamientos nacionalistas o algunos planteamientos religiosos actuales, no tanto ante los elementos programáticos de los mismos, aunque, como se verá inmediatamente, están relacionados.
Los primeros planteamientos que han llevado a provocar asombro han sido los cuotidianos: el catalanismo y el españolismo. Sus componentes poco racionales son fáciles de detectar. Se trata de sentimientos que no se avienen a razones: el corazón tiene sus razones que la razón no comprende. Como dice el otras veces citado himno colombiano: “que morir por la patria no es morir: es vivir”. Como arios o cristianos.
Los segundos planteamientos llegan a propósito de la exhortación Evangelii Gaudium del papa actual. Pero en este caso se trata de las reacciones: furibundas unas (¡hasta en el “ABC”!), sumisas otras, interesadas las de más allá. Lo que asombra es la constatable falta de racionalidad en los dos primeros tipos de reacción, ajena a un mínimo análisis crítico de su contenido, aunque no sea más que situándolo en un contexto histórico un poco más amplio. En la tercera reacción sí puede verse el elemento racional: se usan aquellas declaraciones para arrimar arteramente el ascua papal a la propia sardina ideológica o política.
El problema que tienen los que se asombran por la falta de racionalidad en los planteamientos nacionalistas o en los religiosos lo tienen porque confunden dos campos distintos aunque sus fronteras no siempre queden claras, sobre todo porque, como se ve en el caso del Papa, hay racionalidades (relación medios-fines) que aprovechan de esos enamoramientos para arrimar el ascua a su sardina. 
Además, hay toda una serie de actividades intelectuales (racionales) que legitiman esos enamoramientos: la historia y la teología. La historia, por ejemplo, extrapolando “hacia atrás” los territorios actuales hasta encontrar raíces profundas para el sentimiento identitario de unos “contra” otros, claro, y, por supuesto, dispuestos a defender la verdad (su verdad para ser exactos). Y la teología por aquello de “fides quaerens intellectum”, la fe que busca un cierto entendimiento. Eso sí, para el enamoramiento en sentido estricto no se me ocurre qué actividad intelectual lo legitime, pero supongo que entrará la supervivencia de la especie, las feromonas, y vaya usted a saber.
Lo que sí se me ocurre es que hay modos racionales de aprovecharse del sentimiento ajeno que incluyen la satisfacción de egos de los líderes o los intereses de todo tipo que abarcan no solo los políticos (electorales, correlación de fuerzas, maniobras distractivas) sino también los económicos. Incluyo ideologías y religiones que piden grandes sacrificios de los adeptos. Por lo menos, Jesús de Nazaret iba a morir. En muchos otros casos, los que mueren son los otros. O, sencillamente, se les condena a enfrentamientos inútiles o reducción de su posible bienestar. “Que se jodan”, dirán, quedándose tan satisfechos de haber provocado el sacrificio ajeno.
(Publicado hoy en el diario Información -Alicante-)
Al día siguiente de enviar el artículo al periódico (16 de diciembre), me encuentro citado el comienzo de este editorial del periódico El País de 2007 contra el Che Guevara:
El romanticismo europeo estableció el siniestro prejuicio de que la disposición a entregar la vida por las ideas es digna de admiración y de elogio. Amparados desde entonces en esta convicción, y a lo largo de más de un siglo, grupúsculos de las más variadas disciplinas ideológicas han pretendido dotar al crimen de un sentido trascendente, arrebatados por el espejismo de que la violencia es fecunda, de que inmolar seres humanos en el altar de una causa la hace más auténtica e indiscutible.
En realidad, la disposición a entregar la vida por las ideas esconde un propósito tenebroso: la disposición a arrebatársela a quien no las comparta.
Me molesta la coincidencia, pero constato mi distancia. 

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