miércoles, 6 de noviembre de 2013

La peste (entre 1947 y 2013)

La novela de Albert Camus no ha perdido actualidad. Casi se diría que, como metáfora, trata de lo que está sucediendo ahora, sometidos a esta peste de la “crisis” de la que no está claro cómo se puede salir. Entonces era aquel Orán francés y español (no aparecen los árabes por ningún lado, que yo recuerde) sometido a cuarentena y sufriendo las bajas de una enfermedad mal conocida y peor tratada. De hecho, termina “porque sí”, sin que las decisiones humanas intervengan para nada. Ahora es el Planeta o, si se prefiere, sus países enriquecidos sometidos a deudas, recortes, austeridades, desempleo, pobreza y muertes evitables sin que se sepa bien cómo atajarla y esperando que escampe, que se termine la pesadilla y las cosas vuelvan a su “normalidad”, es decir, como en la novela, los europeos por un lado y los árabes por otro, o sea, los países enriquecidos por un lado y los empobrecidos por otro. La recuerdo, en particular, por las reacciones que, según la novela, suscita la peste y las que la “crisis”  parece estar provocando. La comparación la mantendré para España excepto en lo que se refiere al jesuita Paneloux.
El sacerdote pronuncia dos sermones, uno, que podría ir para Benedicto XVI, y otro, que iría al también jesuita Francisco. Es curioso, en efecto, comparar lo que el primero de ellos dijo sobre la crisis y lo que ha dicho el actual Papa. Como en el caso de Paneloux, lo que los separa es el avance de la peste/crisis. No se ve igual a principios de la misma que cuando está en este imprevisible punto de inflexión.
Pero la comparación más pertinente es la que se refiere a otras reacciones  que suscita la catástrofe.  La evidente es la de la solidaridad, pero que no es un fenómeno generalizado sino que se concentra en unos pocos actores. Ahora no es cuestión del “Entre todos”, con razón criticable, sino de las personas que, como Tarrou, se lanzan a olvidarse de sí mismos y “darse a los demás”. En el caso del personaje en cuestión, recuerde quien haya leído la novela que se trata de un ateo que, después de una experiencia traumatizante en su infancia,  hace una opción de vida a favor de las víctimas, de “los de abajo”, cosa que le lleva a la militancia (hasta que ve que también ahí hay víctimas) y, en Orán, a ponerse a las órdenes de Rioux, el médico-protagonista-cronista. Hay una sutil diferencia con los que ahora dedican su tiempo a ONG solidarias. En la novela, los voluntarios lo son para ordenar el caos de la epidemia. Ahora, la mayoría lo son para mejorar las condiciones de los más castigados por la crisis.
Los políticos, en la novela, no aparecen con nombres. Es la administración local, burocratista, que primero niega la plaga (¿le suena?) y después se dedica al ordenancismo sin plantearse en ningún momento cuáles han sido las causas ni qué hay que hacer para salir de ella más allá de la gestión del día a día para que el “orden” no se rompa.
La mayoría, de todos modos, se refugia en el conformismo, en la apatía, en el retraimiento. Ante la catástrofe que está suponiendo ahora (y más que podría suponer) el desmantelamiento sistemático del,  por otro lado escaso en términos comparativos, Estado de Bienestar, la reacción es muy parecida excepto en algunos muy pocos que reaccionan, quieren escapar de tal amenaza. En la novela no hay manifestaciones. Ahora sí, pero nunca mayoritarias.
Un factor que ayuda a esa inhibición de los afectados actuales y de futuros afectados es el aislamiento de los primeros. Pero, mucho más importante, el mecanismo que lleva subrepticiamente a la resignación es otro. En la novela, el pasar de la religión a la superstición y recurrir a profecías, conjuros y brujerías. Y al alcohol, dicho sea de paso. Ahora son perceptibles los recursos a cortinas de humo, nacionalismos (se incluye el españolismo, claro), exaltaciones por cuestiones secundarias e irrelevantes, interés por la crónica roja junto a la rosa y, ya que no hay “panem”, por lo menos que haya “circenses”.
Pero lo que más me fascina en la comparación es la semejanza en el fatalismo, es decir, a esa creencia de que la peste/crisis “ha venido: nadie sabe cómo ha sido”. Lo que tenía que pasar, pasó. También el mecanicismo: nadie la ha provocado y, por tanto, nadie la suprimirá. A lo más, se paliarán sus efectos hasta que, “automáticamente”, termine y podamos respirar.
(Publicado hoy en el diario Información -Alicante- en vísperas del aniversario de Camus)

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