miércoles, 20 de noviembre de 2013

Aniversario

Me refiero al del lunes pasado. En efecto, el 18 de noviembre de 1978, en Jonestown, Guayana, unas 900 personas (niños incluidos), miembros de “El Templo del Pueblo”, se suicidaron ingiriendo una mezcla de mosto y cianuro. Seguían así las indicaciones de su líder el reverendo Jim Jones. La ceremonia fue grabada en cinta magnetofónica y  después ha sido transcrita y analizada. El grupo se sentía amenazado y Jones se había dirigido a ellos pidiendo “una expresión extrema de lealtad”. “Estamos dispuestos a partir”, dijo uno de los presentes, “Si tú nos dices que tenemos que dar nuestras vidas ahora, estamos preparados. Las demás hermanas y hermanos están conmigo”. Y así fue.
Años después, el 2 de marzo de 1997, en California, Marshall Applewhite, líder de “La Puerta del Cielo”, había convencido a 38 de sus seguidores a suicidarse en un complejo esquema que incluía hasta la disposición de los cadáveres y su indumentaria. Todos ellos con estudios superiores y en disciplinas científico-técnicas, estaban convencidos de que, así, sus almas irían a la nave extraterrestre que les estaba esperando tras la cola del cometa Hale-Bopp.
Remontando hasta 1943, al 18 de febrero, cuando ya se había producido la derrota de Estalingrado, Joseph Goebbels dio un discurso ante unas 15.000 personas en el Sportpalast. La gente, enardecida, iba subiendo en entusiasmo de manera parecida a lo sucedido con Jones. Goebbels iba preguntando y la masa contestaba “Sí” a sus  preguntas sobre si deseaban la guerra total y si querían seguir las órdenes del Führer. No solo el tono del discurso fue ascendiendo sino que también lo hicieron sus sucesivas intervenciones pidiendo a los soldados que fuesen “a la batalla con devoción, como van los creyentes a sus servicios religiosos”. Se trataba, como diría el 5 de junio, de que “millones de soldados alemanes estén dispuestos a morir en el campo de batalla por su pueblo”.
Muchas diferencias, claro está. En cifras sobre todo. Pero quisiera subrayar las semejanzas. Una “creencia alucinatoria” para empezar. Los tres casos son de grupos que comparten una fe que no resistiría un mínimo de análisis racional. Pero eso no importa: al compartirla y al vivirla sumergidos en el grupo, esa fe deja de serlo y pasa a ser certeza absoluta como para dar la vida por ella. Lo del entusiasmo que produce esa inmersión es conocido: unos dicen que “les pone”, otros hablan de “chute de adrenalina” y todos acaban reconociendo que salen más convencidos de lo que entraron. Finalmente, el líder carismático con el que todos se identifican, identificación que genera una mayor conciencia de grupo. Psicología de masas, si se quiere.
Los tres casos podrían ser etiquetados como “inspiración y puesta en práctica de una fantasía psicótica y co-creada de muerte masoquista grupal”. Pido disculpas por los palabros, pero no encuentro alternativa. Subrayo lo de fantasía, lo de la creación colectiva y lo de masoquismo grupal. No se habla, pues, de suicidios individuales y aislados.
Y llegamos, así, a la actualidad. Franco no encajaba en esa tipología, pero sus fenómenos de masa son dignos de consideración. Cierto que hubo violencia en la posguerra, sobre todo en los primeros “años de la victoria”. Pero cierto también que tuvo apoyo masivo desde las manifestaciones de la plaza de Oriente a los actos de su funeral y entierro. Los antifranquistas (como los anti-Vía Catalana de ahora) dirán que masivo no es mayoritario. Cierto. Pero como fenómenos de masa (como el entierro de Chávez si me apuran) tal vez no tengan ese elemento de “masoquismo grupal” pero sí lo tienen de “fantasía psicótica”, relación con el líder, lealtad o “creencia alucinatoria”.
Evidente que en la Via Catalana como en las manifestaciones de “indignados” y sucesivos convocantes, la presencia del líder es más problemática y la lealtad es más hacia entidades abstractas como la nación, el pueblo o “los de abajo”, según los casos, que a figuras carismáticas visibles. Pero a donde quiero llegar es que se trata de fenómenos parecidos aunque no en su intensidad que se presenta abismalmente distante de unos a otros. Parecidos en su bajo nivel de racionalidad (hay más sentimientos que “relación medios-fines”) y parecidos también en la posibilidad de que alguien los utilice para objetivos más relacionados con su propio ego o sus intereses ajenos a los del grupo en cuestión. Y cuando se den cuenta, si es que llegan a ello, ya sea demasiado tarde. Lo digo por experiencia: me han engañado suficientes veces como para que el gato escaldado del agua fría huya.
(Publicado hoy en el diario Información -Alicante-, aunque sin los enlaces, claro)

1 comentario:

  1. Hola José María. Parece que el aniversario de la muerte de Franco es propicio al acúmulo de otros memorias "sacrificiales" (palabra que nos dice algo). En estos días estoy leyendo, en su inigualable francés, los Recuerdos de la infancia y la juventud de Ernest Renan. En su prefacio escribe (traduzco): “Jamás la fe que tuvimos debe convertirse en una cadena. Nuestra deuda hacia ella se canceló al envolverla cuidadosamente con el lienzo de púrpura en el que duermen los dioses muertos”. Bueno, pues eso, por si nos consuela saber que a Renan también le engañaron suficientes veces y que, no obstante "el síndrome de Estocolmo" (que él también manifiesta en sus memorias como muchos de nosotros) a pesar de ello, se abrió un camino de racionalidad y sensatez, como es sabido. Claro que, cuando yo estudiaba en el colegio de los jesuitas de Madrid, Ernesto Renan era presentado como un verdadero y herético demonio (un nuevo Arrio como mínimo). En el colegio, nada más llegar (creo que sigue en su sitio) lo primero que veíamos era un muro de mármoles con los nombres de los jesuitas y antiguos alumnos "caídos por Dios y por España".
    Un fuerte abrazo.
    Moncho

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