miércoles, 30 de octubre de 2013

Uno de muertos

Los de siempre no son noticia. Quiero decir, los del hambre. Por ejemplo, los cinco millones de niños que mueren al año por desnutrición y necesidad. Tampoco son noticia los que son resultado de la chapucería de la intervención de “los buenos” para detener a “los malos”. Se trata de lo que está quedando de Irak (6.000 muertes violentas en lo que va de 2013 después de más de 100.000 -quizás 500.000- desde marzo de 2003), Afganistán (2.700 afganos y 296 soldados estadounidenses muertos en 2012) y Libia (entre 2.800 y 30.000 durante la “guerra”, e incontables ahora). Tampoco vienen en los telediarios (y son cotidianos) los que son efecto de otro tipo de intervenciones. Es el caso de Siria, 100.000 muertos desde marzo de 2011. O el de Pakistán (casi 5.000 en lo que va de año, de los cuales casi el centenar causados por “drones” teledirigidos). Sin embargo, ha habido tres casos que han obtenido respaldo en la atención pública en este mes que acaba y da paso al Halloween estadounidense, antes llamado “Día de los muertos” hispano. Son muy diferentes entre sí, pero tienen en común el que no es la primera vez que ocurren y el que los muertos han sido numerosos, concretamente Cusco, Madhya Pradesh y Lampedusa.
El caso del Perú es el de un accidente de tráfico. 52 muertos. Carreteras andinas estrechas, llenas de curvas y bordeando el abismo. Las he vivido y sé de qué van. Probablemente, conductor en malas condiciones tanto por lo que había bebido como por su escaso interés por las normas de tráfico. Volvían de una fiesta y estaban todos alegres. Fallo humano, supongo.
En la India se trataba de una fiesta religiosa. Una peregrinación. 91 muertos. Aglomeración extrema, algo que provoca la estampida (una carga policial, posiblemente) y cuerpos aplastados por la muchedumbre que se agolpa, se pisotea y se asfixia. Lo del Halloween del Madrid Arena, pero multiplicado. Fallo policial, quizás.
Finalmente, las muertes de Lampedusa han sido de ahogados. 400 en el que dio paso a aquel arrodillarse de Letta y a los gestos de Barroso ante los ataúdes, 34 a los pocos días. Emigrantes, fugitivos, buscadores de asilo que intentan llegar a las costas de la Unión Europea y que naufragan. Fallo ¿de quién?
Son casos que se repiten y se podrían evitar. En las carreteras andinas, mejorando el trazado y controlando a conductores. Se ha hecho, por ejemplo, en la “carretera de la muerte” en Bolivia. En el caso indio, controlando el acceso, no el desplazamiento. En el caso de la costa italiana... Ahí la cosa es más complicada. Hay, en efecto, factores que expulsan a esa población, intermediarios que comercian con su trasporte, medios precarios para su traslado, leyes increíbles (es delito prestar auxilio a tales náufragos) y factores de atracción. Habría que ver qué es lo más urgente (no necesariamente llamar a la Armada a patrullar la zona) y qué es lo más necesario.
Pero hay algo más. Es cierto que todas las muertes enumeradas tienen una cosa en común: no son muertes “de calidad” cuyos indicadores serían que se produjese a final de una vida, por varias causas y a un ritmo que no hace interminable el proceso ni se desencadena en un instante. Sin embargo, desde ese punto de vista, y recordando a Machado, “un golpe de ataúd en tierra es algo / perfectamente serio”. Pero en el sentido de que una sola muerte, una sola, producida en la infancia o la juventud, de un golpe, evitable y, peor, por accidente, es tan importante como miles en las “guerras” o decenas en las catástrofes. Una sola vida, segada por causas evitables, es siempre una tragedia. En ese y todos los casos anteriores, el problema ya no lo tiene el muerto: lo tienen los que se quedan y lloran su ausencia irreparable. Y con más dolor al saber que se podría haber evitado. La muerte (el tema sigue siendo un tabú entre nosotros) llega. El corazón de Unamuno le pedía la inmortalidad, pero su razón se la negaba.
De acuerdo. Pero tiene sentido intentar poner los medios para que no se produzcan las que sí son evitables, afectan a niños y jóvenes que mueren tras largas agonías o de un solo golpe. Estremecerse ante las imágenes, sí. Pero pensar en qué se puede hacer para evitar esas muertes de “mala calidad”, también. Y saber quiénes son los responsables a fin de cuentas. Y un mínimo de jerarquización de las comprensibles rabias.
(Publicado hoy en el diario Información -Alicante-)
(Añadido el 3: Estampida, en Nigeria, después de una vigilia católica. 28 muertos. O 17. O muchos -por lo menos 17-)

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