jueves, 24 de octubre de 2013

Por racismo que no quede

Una niña rubia, en Irlanda, no podía ser hija de una pareja de gitanos que, ya se sabe, son todos morenos,  de pelo lacio y de ojos negros. Así que se la quitaron a los supuestos "padres". 
La lógica es impecable: los gitanos son una "raza" y, como tal, tienen todos la misma apariencia externa que, al fin y al cabo, es lo que define a una raza. Es así que la niña no coincide con dicha apariencia externa o raza, luego la niña ha sido secuestrada por esos potenciales delincuentes.
¿Algún problema? Pues sí: que el análisis del DNA ha demostrado  que la niña en cuestión es hija precisamente de esos padres. 
No me extraña: tengo un amigo que se declara gitano y muy orgulloso de las costumbres del pueblo rom y que también es rubio. ¿Dónde está el problema? En los ojos con que los miran y, todo hay que decirlo, en el antecedente de María, la niña rubia y de ojos azules encontrada en una familia roma en Grecia.
Racismo, en fin de cuentas, es, para empezar, suponer que las razas existen y que pueden identificarse por características externas. Después viene lo de clasificarlas en superiores e inferiores, y el buen racista, por definición, pone a la propia "raza" como superior (sean chinos, caucásicos o, sí, gitanos) y a las demás como inferiores. Como en tantos otros casos (las "naciones" sin ir más lejos), la dificultad está en las fronteras y los fronterizos. Porque la ruptura entre unas/unos y otras/otros no es perceptible sino que el cambio es gradual. Pero así funciona la mente humana: inventa dicotomías donde hay un continuo gradual.

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