lunes, 21 de octubre de 2013

Las armas se compran para ser usadas

Es una obviedad. Se compran para atacar a alguien aunque oficialmente se compran para defenderse de alguien que las ha comprado para atacar. Respuesta y disuasión son argumentos válidos para las personas físicas que las compran (en mercados legales o ilegales), para grupos "armados" (lo mismo) y para países o naciones. 
Habría, eso sí, caminos más baratos: el de hacer que el "otro" sintiera como indeseable el atacar. Para ello, afrontar el conflicto si lo hay y, además, hacer que el ataque sea algo negativo para el que ataca (pierde mercado, se cierran bancos en los que las elites que podrían atacar han depositado dinero, se convierte en un paria internacional etc.). Pero esto es demasiado complicado y trabajoso y los humanos, como otros animales, prefieren tirar por la calle de en medio y recurrir a las armas.
La cuestión, de todas formas, además de saber para qué se compran es saber para qué se venden y quién lo hace, y eso está más claro todavía. Se venden por una política keynesiana. Invertida y pervertida, pero keynesiana: bombear dinero público en el sistema productivo. Como la clásica, tienes sus flecos: el comercio clandestino e ilegal, pero esa es otra historia, común con otros productos. Y el mayor fleco es ese "invertido y pervertido" que haría que Keynes se removiese en su tumba al ver su nombre en tal esquema. Pero el caso es que, si se producen, es para crear la demanda y venderlas a quien las necesite aunque no sea más que porque sus vecinos ya las han comprado y les amenazan. El derecho a la legítima defensa, claro. Y si no amenaza nadie, se inventa o se plantea la posibilidad en el futuro o se asumen roles de policía municipal a escala mundial.
Pero volvamos al keynsesiano máximo: los Estados Unidos, primer vendedor de armas a mucha distancia del segundo, Rusia. Se trata del 78 por ciento de todo el comercio armamentístico mundial, 66.000 millones frente a los 4.000 de Rusia.
El primer detalle anecdótico es que el "shutdown" fue precedido en pocas horas por sustanciosos contratos del Pentágono (Secretariado -ministerio- de Defensa) con empresas armamentísticas (todas privadas). 5.000 millones de dólares, dicen.
Ya no es tan anecdótico el papel que juegan esos productos tanto para el uso propio (su presupuesto militar es, aproximadamente, la mitad de todo el presupuesto militar mundial) como para la exportación que, como digo, le convierte, con mucho, en el primer país exportador. Es decir, el papel económico que tiene tal sector en la economía interna (genera puestos de trabajo, beneficios y circulación del dinero, póngase en el orden que se prefiera) como en el comercio exterior reduciendo el déficit comercial del país.
La conclusión malpensada es que el gobierno de los Estados Unidos promueve la guerra. No es un fenómeno únicamente político sino también económico (y, de nuevo, el orden lo pone cada cual: si primero lo económico o lo político).
Amén de ello, es política de los sucesivos gobiernos estadounidenses el usar su poderío militar para mantener su papel hegemónico en el sistema mundial, amenazando o interviniendo a tenor de sus intereses de superpotencia. También aquí, lo militar no es lo único. También espía o lleva a cabo operaciones de relaciones públicas (diplomacia púbica la llaman y se dirige desde el Departamento de Estado). Pero es indudable que las armas juegan un papel en ese tipo tan particular de neo-neo-colonialismo, militar, económico y político. En todo caso, su papel defensivo es menor en este punto. 
Para rematarlo (nunca mejor dicho), el liderazgo que los Estados Unidos ocupan en las armas de nueva generación (comenzando por los "drones"), indica hasta qué punto se mezclan consideraciones económicas (ciclo del producto), políticas (vigilancia, espionaje y asesinato "limpio" de los designados como "malos" sin declaración de guerra ni juicio) y militares (evitar el regreso de ataúdes y reconocer que la ocupación del terreno es demasiado complicada para los fines que se persiguen).

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