miércoles, 23 de octubre de 2013

Cooperar y/o competir

El cierre de embajadas de agosto ante una posible amenaza de Al-Qaeda (la mala, que la de Siria es buena) produjo también algunas reacciones mostrando el escaso alcance de esa paranoia si no iba acompañada del reconocimiento de dónde está el problema: acción-reacción que no se soluciona atacando más sino cooperando (válido para ambas partes). Casi en la misma línea, Rohaní afirmaba en su toma de posesión que “La solución con Irán es el diálogo, no las sanciones”. Y se iniciaban los pasos para negociar cómo negociar una posible negociación entre los gobiernos de Israel y Cisjordania.
En el siglo XIX se acuñaron dos escuelas extremas: por un lado, el darwinismo social (supervivencia del más fuerte) extrapolando de la evolución de las especies al funcionamiento de la sociedad y, por otro, la de "La ayuda mutua, factor de evolución" de Kropotkin, extrapolando de la colaboración intra-especie en la evolución animal a la colaboración entre humanos.
Las reglas del juego del capitalismo son darwinistas: competencia y supervivencia del que más pueda (todo vale). Queda para pequeños (y no tan pequeños) grupos lo de colaborar y generar estructuras en las que la lucha del más fuerte se transforme en "ayuda mutua, factor de evolución". Las cooperativas son el mejor ejemplo. El Tea Party, no.
Por eso resulta interesante que haya autores (como Michael Tomasello, del Instituto Max Plank de Leipzig) que proporcionan teorías que, partiendo de una revisión del darwinismo y su traducción social, llegan a ideas de colaboración y su traducción social. En realidad, no son tan nuevas ni su referencia a los clásicos tan innovadora. El hecho es que Darwin y Kropotkin se habrían asombrado de las respectivas versiones fundamentalistas de sus propuestas. Es decir, ambos reconocían que ni el "darwinismo" ni el "anarquismo" poseían el monopolio del principio explicativo de la evolución, sino que, de hecho, esta había sido efecto de una combinación de ambos principios, la competencia y la colaboración. Nada nuevo, entonces.
Exaltar una de las dos con exclusión de la otra es ideología (en el sentido de "falsa conciencia"). Además, si se aplica una de ellas, exclusivamente y como principio rector, a la sociedad, produce más daños que bienes. Por eso es comprensible el bandazo de los que, viendo los males causados por los excesos del darwinismo social, extreman la exaltación del "kropotkinismo social".
Utilizar únicamente una de ellas como instrumento para analizar la sociedad lleva a errores de percepción. Como entenderían Darwin y Kropotkin y ahora puede extrapolarse, las sociedades realmente existentes son una mezcla de cooperación y competición, variable de una sociedad a otra y variable también dentro de cada sociedad (en qué instituciones se es más cooperativo y en cuáles se es más competitivo) e incluso dentro de instituciones "oficialmente" competitivas como puede ser la economía en la que los organigramas formales dan paso a organizaciones informales y donde la competencia entre empresas se puede basar en cooperación de fondo para mantener el sistema, alterar el precio de las cosas y organizar la oferta de productos y servicios. 
Efectivamente, hay psicólogos que han estudiado el comportamiento “instintivo” o “espontáneo” de los niños y han encontrado una fuerte presencia de la cooperación. Pero lo mismo puede decirse de los economistas que se han enfrentado al paradigma darwinista neoclásico, proponiendo teorías más matizadas (interesantes Ernst Fehr y Klaus M. Schmidt ya en 1999).
No hace falta tener mucha información para percatarse de que la cooperación-competición no es igual entre grandes empresas (en concreto, en el sector petrolero, donde prima la cooperación para fijar precios, mantener el coche de gasolina, evitar la entrada de otros sectores energéticos) que entre las pequeñas, donde la competencia es mucho mayor.
Por lo que respecta al ahora, se pueden situar las diferentes propuestas políticas de un extremo a otro, desde los fundamentalistas neoliberales (“libertarians” los llaman en los Estados Unidos y, como digo, se concretan en el extremismo del Tea Party) a los extremos solidarios pasando por los conservadores más cercanos a los primeros y los socialdemócratas más cercanos a los segundos, aunque las más de las veces muy cercanos entre sí a la hora de someterse a sus “superiores” de fuera y a la hora de optar por la confrontación y no por el diálogo ya que están atrapados en su juego político. La ventaja de la democracia es que se puede escoger entre esas opciones sin que ninguna sea la “definitiva”, por muy revolucionaria, cercana a las bases o parecida a las de los “países de nuestro entorno”.
(Publicado hoy en el diario Información -Alicante-)
(Añadido el 24: un amigo me hace notar que Darwin no habló de la supervivencia del más fuerte sino del más apto. Lo del fuerte ha sido una contaminación del darwinismo social. Mea culpa)

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