miércoles, 2 de octubre de 2013

Conocimiento y certezas

Decía Bertrand Russell que “los hombres no quieren conocimiento: quieren certezas”. Creo que tenía razón: el conocimiento es trabajoso y las certezas se obtienen con menor esfuerzo.
La forma tradicional de conseguir certezas han sido las diversas religiones que, como decía el Perich, “resuelven los problemas causados por la religión” correspondiente, aunque no otros. Eso sí, para que la religión (la que sea) proporcione certezas ha de ser compartida, es decir, que sus certezas han de ser “ancladas” en la comunidad, la parroquia, la sangha, el culto o como se llame el grupo que, por el hecho de compartir la creencia, “demuestra” que es cierta. No hay, pues, religiones individuales, aunque sí condiciones de vida individual que la hacen más aceptable que otras.
La otra forma, que sí podría ser vivida individualmente, son las ideologías, conjunto de certezas “de tejas para abajo” y que se refieren a la sociedad, la política y la economía. Son fuente de certeza sobre todo si son irrelevantes para afrontar espinosas cuestiones prácticas asociadas con el poder de decisión. Si no hay tal acceso, es decir, si esperan (im)pacientemente su momento histórico que, de momento, no se presenta, esas ideologías proporcionan casi tanta certeza como las religiones, aunque, también como estas, dan pie a interminables disputas sobre la ortodoxia, la forma correcta de definir la certeza correspondiente. Como el marxismo, el neoliberalismo y hasta el keynesianismo han demostrado, una cosa es predicarlo desde la eterna oposición, otra afrontar las inevitables cuestiones relacionadas con la decisión concreta en situaciones concretas, momento en que son sometidas a profundas revisiones para horror de los adeptos que no tienen que decidir y sí pueden seguir aferrados a sus certezas. Un caso que me ha entretenido recientemente han sido las discusiones, desde la izquierda de la izquierda, sobre el concepto que mejor refleja la frase “los de abajo”, si proletariado, precariado, Lumpen, asalariado...
Bajando a situaciones concretas, es obvio que no es fácil llegar a conocer realmente qué ha sucedido en casos complejos como el caso Gürtel, PP, Bárcenas o como quiera llamarse (nombre que no es irrelevante, dicho sea de paso). Como llegar al conocimiento de causa es trabajoso, el atajo son esas “certezas” que, en realidad, son conocimiento falso. Antes de ser distraído por el tema “Gibraltar español”, los periódicos madrileños (ya en sus portadas) eran portadores de certezas... contradictorias. Así, cada cual y según sus preferencias, podía obtener certezas que encajasen con su ideología.
El esquema es el mismo que en algunas historias del casi presente, que he leído este verano, en concreto sobre el 23-F: tenemos hechos probadísimos -por ejemplo, que Tejero entró en el Congreso-, pero entre hecho y hecho hay ausencia de información cuyo relleno tendrá como efecto el sentir fundamentadas las opciones previas, por ejemplo, pro-monárquicas o anti-monárquicas. El autor que leí (de reconocido prestigio), hacía lo que podía (o quería) con el relleno con apreciaciones que no podía probar, pero que daban sentido a lo sí probado.
Una de las formas más habituales de obtener falsas certezas y evitar el trabajoso esfuerzo de lograr conocimiento consiste en el juicio de intenciones. Intenciones que, por definición, no podemos conocer, pero que dan sentido a lo poco que conocemos y, por tanto, nos llevan a la certeza. Lo he visto a propósito de textos que me han llegado sobre el papa Francisco. Digan lo que digan, nadie puede conocer sus intenciones ni siquiera si el papa las expusiese. Sin embargo, esas intenciones son cruciales para entender qué está pretendiendo, así que se hacen cábalas a partir de su pasado (provincial jesuita, arzobispo) o de sus “rupturas” recientes. Según qué elementos se elijan, se obtienen unas certezas u otras. Así que se elijen los más convenientes y se instala uno en la certeza de que “por fin” o de que “más de lo mismo, pero con otro envoltorio”.
Curiosamente, las falsas certezas aparecen con especial virulencia rellenando espacios inciertos cuando menos información hay y más probable manipulación. Eran, por ejemplo, las certezas sobre el “Area 51” en los Estados Unidos. El secretismo sobre la misma “demostraba” a los creyentes en los ovnis que su creencia era fundada. Parece que no: que lo que ocultaban era investigación militar.
Si, en general, creo que hay que darle la razón a Russell en lo citado al principio, con mucha más razón en tiempos de crisis, pero ahora las certezas pueden ser particularmente peligrosas. Tener la certeza de monopolizar la Verdad puede llevar (lleva) a “torturas, secuestros, asesinatos” generalizados. 
(Publicado hoy en el diario Información -Alicante-)

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