miércoles, 9 de octubre de 2013

Conocimiento y certezas (y 2)

Por una vez y sin que sirva de precedente, voy a aplicar mis propios principios a lo que yo hago y no solo a lo que los demás hacen. Muestro, entonces, mi desacuerdo con el artículo que publiqué la semana pasada en estas mismas páginas y con este mismo título partiendo del dicho de Russell “Los hombres no quieren el conocimiento: quieren certezas”. El error no estaba en esta frase, respetable como tantas otras del premio  Nobel, sino en su aplicación exagerada a las religiones, las ideologías y las estrategias que se utilizan para aclararse en un mundo complicado en el que es imposible saberlo todo y, por tanto, hay que buscar atajos incluso para decidir  si sacar el paraguas por la mañana o no, a tenor de una ciencia tan problemática como la meteorología.
En primer lugar, parece demostrable que hay personas que se aferran a sus creencias religiosas como fuente de certeza ante cuestiones como la muerte (lo único cierto, además de los impuestos), el dolor, la enfermedad, la vejez, la pobreza, es decir, los males que el joven Sidharta, antes de convertirse en el Budha, contempló cuando escapó de la torre de marfil en la que le tenía confinado su bienintencionado padre. Pero también hay (y les conozco) quienes viven su fe “con temor y temblor”, en medio de la incertidumbre sobre su propia salvación y sobre los designios inescrutables de su Dios.
Algo parecido puede decirse de las ideologías. Del mismo modo que hay quien las usa como instrumento para no tener que hacerse preguntas sobre la realidad social y política circundante, hay quien solo la tiene como forma de no tener que estar optando de manera continuada por un objetivo u otro. Hay quienes optan por la igualdad o, mejor, por reducir las  desigualdades y los hay que prefieren tener como guía la libertad o el crecimiento económico. Pero una vez han optado, tienen que estar haciendo continuos compromisos entre un objetivo y otro: la igualdad sin libertad puede ser tan rechazable como el crecimiento con injusticia. De hecho, durante la Guerra Fría era lo que se echaban en cara, respectivamente, los de la URSS (“libertad, ¿para qué?”; en todo caso, proyecto de igualdad -aunque con “la nueva clase”-, pero sin libertad) y los de USA (crecimiento a costa de la desigualdad interior y, claro, la exterior del neocolonialismo). Los derechos humanos de los que hablaban unos (ahora sustituidos por el Partido Comunista Chino) no eran los mismos que los derechos humanos de los que hablaban otros. Obvio que entonces como ahora, había quienes, una vez habían optado por uno u otro, ya tenían claro todo lo que sucedía en el mundo (el complot comunista o los manejos de la CIA como comodines), pero también es cierto que había y hay quienes lo sometían a “análisis concretos de situaciones concretas” como para dejar el Partido en los años 60 al ver sus desmanes en el Comecon o para buscar alternativas al modelo desarrollista al ver su hipocresía y sus efectos secundarios. Nada, pues, de certezas en este caso, aunque sí en el anterior.
Ya he utilizado la engañosa metáfora de la predicción del tiempo para decidir si salir con paraguas o no. Y es engañosa porque las metáforas no prueban nada, aunque sí pretenden convencer, es decir, trasmitir certezas. Fea cosa, entonces. Pero lo que no hay más remedio que reconocer es que, ya que no podemos conocerlo todo, no tenemos más remedio que utilizar atajos para que lo que  nos rodea tenga un mínimo sentido. Esos atajos (juicios de intención, hipótesis, supuestos, conclusiones a partir de antecedentes históricos etc.) pueden producir falsas certezas (falsas en el sentido de no demostradas, no en el sentido de que no coincidan con la realidad) o pueden ser adoptadas provisionalmente como Popper decía que había que tomar las proposiciones científicas: no como algo verdadero, sino como algo “cuya falsedad todavía no se había demostrado”.
Pero volviendo, como la semana pasada, a Russell, parece verificable (mientras no se demuestre lo contrario o, por lo menos, no aparezcan excepciones cuya existencia, se diga lo que se diga, no confirma la regla) que la demanda es no solo de “ideas claras y distintas” sino de certezas. Algunas, excesivas, como las que se originan en los sentimientos nacionalistas. Otras, comprensibles en su nivel mínimo, a saber, la probabilidad de que un programa electoral sea llevado a la práctica en el caso de que se logre la posibilidad de aplicarlo o de defenderlo.
(Publicado hoy en el diario Información -Alicante-)

1 comentario:

  1. Estoy de acuerdo contigo, José María, aunque no cien por cien, pues, como bien sueles decir, sería mala señal :-). Puede que el punto medio entre las certezas y el conocimiento sean las convicciones, sólo un manojo que la vida nos va asentando, poco a poco y trabajosamente, aunque no siempre podamos demostrarlas con conocimientos apodícticos, pero que nos dan esa luz mínima que se requiere para ir tomando nuestras decisiones de acuerdo con una ética existencial basada en ellas.

    Un abrazo

    Ramón

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