viernes, 28 de junio de 2013

Desigualdad brasileña

Las desigualdades (incluida, claro está, la de renta) son inevitables. Pero el exceso de desigualdad y el aumento de la misma sí que son evitables y, si se quiere mantener un sistema, es preciso evitarlas: los extremos de un resorte no se pueden separar indefinidamente sin que, al final, se rompa. Hay, sí, una alternativa por parte de los que están en uno de los extremos: ocultar ese exceso y ese aumento mediante maniobras distractivas (por ejemplo, el nacionalismo: "todos somos una nación") o mediante el "panem et circenses" del entretenimiento y la recreación.
Vaya por delante que los autores del Manifiesto Comunista eran contrarios a la lucha "socialdemócrata" contra las desigualdades ya que paliaban sus efectos, pero no iban a las causas, que ellos veían en el sistema mismo. Lo que después fue "Estado del Bienestar" era, entre otras cosas, una forma de transacción: yo te doy algo a través de mis impuestos que el gobierno invertirá en "bienestar" y tú renuncias a la revolución. Es una discusión ideológica no cerrada: reducir el sufrimiento de los que hoy sufren o agudizar las contradicciones para que, en un futuro (el paraíso de los creyentes), deje de haber cualquier tipo de sufrimiento originado en la desigualdad, en el reparto del león.
Viene esto a cuento a propósito de este artículo (traducido) sobre la situación brasileña en el que se plantea el papel de la desigualdad primero en la historia del Brasil y, después, en la situación presente. En otros momentos, los problemas causados por la desigualdad se han "solucionado" mediante la represión. En otros, mediante la reforma. Y, casi siempre, mediante la distracción (fútbol incluido). Obvio que si hay que optar entre una y otra, mejor la reforma, incluso para "los de abajo" realmente existentes y vivos (el futuro, ya se sabe, ya no es lo que era). Pero, insisto, esa es una discusión ideológica que no se soluciona discutiendo ya que es imposible llegar a un acuerdo sobre quién tiene razón, cuando lo que hay sobre la mesa no son "verdades" sino intereses (personales y de grupo).
Se producen, así, los pasos en muchos de estos movimientos (volveré a ellos en el artículo del miércoles para el periódico en el que escribo -que no es "mi" periódico-): hay un caldo de cultivo y un ambiente propicio (aumenta la percepción que la gente tiene de la desigualdad), hay un factor precipitante (en este caso, los precios del transporte Y -la copulativa va en mayúsculas- la brutalidad de la represión) y hay reacción que unos trasforman en demandas de la llamada izquierda (ruptura, hasta revolución -seamos realistas, pidamos lo imposible-) y otros en demandas de la llamada derecha (rechazo al gobierno de Rousseff). 
Ahora que ya no conocemos las "leyes de la Historia", efectivamente no hay modo de saber qué va a salir de esta situación. De momento, ya se pueden ver los beneficiados (que no quiere decir que sean los causantes sino que pueden ser, sencillamente, los que se aprovechan de que el Pisuerga pase por Valladolid). Los Estados Unidos cuyas élites han vuelto a pensar en tener en América Latina un "patio trasero" que los sucesivos gobiernos del Brasil (concentrados en Itamaraty, la cancillería, el ministerio de asuntos exteriores) estaban dificultando, dado su proyecto de ser potencia regional por encima de Argentina y su narcisismo y de Venezuela y su bolivarismo, ambos también en crisis por motivos diferentes.

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