miércoles, 8 de mayo de 2013

Territoriales

Hace unos días, hubo una disputa, en un minibús de Omsk, Rusia, por ver quién ocupaba un asiento del mismo. Terminó en pelea y con un brazo roto de uno de los participantes. Eran un hombre y una mujer y fue esta la que produjo la fractura, causa de litigio posterior ante los tribunales. Solo es una anécdota. Sin embargo, me parece que hay un aspecto animal y otro social en el suceso que lo convierte en parábola de cosas más generales.
El aspecto animal, es decir, lo que los humanos compartimos con otros animales, es la territorialidad. Es lo que los perros hacen dejando sus orines a lo largo de su paseo: marcar su territorio. Hay osos que lo hacen restregando sus espaldas en los árboles y dejando allí sus feromonas. Otros animales usan sus excrementos para tal propósito: aquí estoy yo, y esto es mío. La anécdota que reproduzco tiene ese elemento de territorialidad que no voy a exagerar, no sea cosa que lo que estuviese en discusión fuese un largo viaje sentado o de pie. Tal vez, pero no es eso lo que ahora me ocupa.
Me fascina ese tipo de territorialidad animal que tenemos los humanos. Si se quiere, su forma más elaborada es el nacionalismo que fija unas fronteras físicas que “nos” separan de los “otros”, al tiempo que afirma su aceptación de que les gobiernen “los de aquí”. Pero hay formas menos elaboradas y no por ello menos interesantes. Por ejemplo, los “tags” y “grafitis” en nuestras paredes.
Distingo, por lo menos, tres tipos. En primer lugar, está lo que no es más que una firma que significa “ese soy yo, estuve aquí, y este es mi territorio”. En la versión más heroica, se trata de parecerse a los osos. En la menos, de soltar excrementos. Después están las firmas más elaboradas y ya se ve el nombre del grafitero: “Hakan”, por ejemplo, que he observado recientemente hasta corrigiendo sus propios errores. Finalmente, está el dibujo, que ya no es una firma, pero que estoy seguro de que los “bombers” iniciados en tal actividad reconocen su autoría (por lo que leo, también la policía especializada).
Al respecto de estos dibujos, otra anécdota, en este caso, lo visto: entrando por tren a la estación de Valencia Joaquín Sorolla, hay varios muros con estos dibujos: nombres y figuras. Hay un caso interesante: alguien hizo uno de esos dibujos y, después, un colega hizo otro encima del anterior. Ocupó su territorio, digamos. Lo interesante es que alguien (tal vez el primer autor), escribió encima con espray negro y en mayúsculas: “Respetar”. Por lo visto, hay normas en esta tarea de ocupar paredes y fachadas. Y ahí, como en el caso de los nacionalismos territoriales (todos lo son), se ve que no todo es pura animalidad. Ahí aparece la sociedad con sus normas, símbolos y valores.
Volvamos a la primera anécdota. Que sea una mujer la causante del daño es una relativa novedad. El porcentaje de efectos causados por comportamientos violentos femeninos es y ha sido muy bajo. Pero está creciendo. No se busque biología donde hay sociedad. Y la hay. Como la hay en el hecho de que una cultura de la competencia por la competencia, una cultura del darwinismo y la supervivencia del más fuerte -no necesariamente del más apto- y una cultura del “todo vale” tiene que dar como resultado un aumento de la violencia incluso en cuestiones tan baladíes como la ocupación de un asiento en un minibús.
Lo sucedido con los grafiteros del “respetar” no es violencia física, pero sí indica que la norma no-escrita vigente entre ellos (“no pintarás encima de la pintada de otro”) comienza a ser violada. Aunque una golondrina no hace verano, el hecho, probablemente marginal, sigue siendo significativo de procesos en los que entramos hace ya años, pero cuyos efectos se van notando cada vez más.
Claro que somos animales territoriales. Y lo somos hasta para la distancia que estamos dispuestos a tolerar en una conversación de pie entre dos personas: yo defino mi espacio, mi territorio, y no quiero que nadie lo invada. Pero ahí, de nuevo, entra la sociedad: un japonés, un marroquí y un inglés no definen de la misma forma la distancia que no debe ser traspasada so pena de invadir el espacio propio. Animales, sí, pero animales sociales. Lo que no sé es si somos “animales racionales”. Creo que no mucho. Me refiero a lo de racionales: ningún animal destruye su medio ambiente.
(Publicado hoy en el diario Información -Alicante-)

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