jueves, 23 de mayo de 2013

Pobreza de los viejos

Sabido es que los que llamamos vulnerables están más presentes en las estadísticas sobre la pobreza. Su posición en la sociedad hace más probable que, en el caso de que tal lacra se tenga que "repartir", les caiga. Las mujeres más que los varones, es un caso casi universal: se trata de la llamada "feminización de la pobreza". Hay, en efecto, más mujeres pobres que varones. Otro grupo vulnerable es el de los ancianos, "nuestros mayores", adultos mayores, tercera edad o como se quiera llamarnos a los que pasamos de los 65 años, cifra mágica que podría adelantarse, en algunas sociedades, a los 60 o incluso más (sobre todo si la esperanza de vida ronda los 50 o incluso los 40 años, como sucede en algunas sociedades) o retrasarse a los 70 o incluso más en sociedades con esperanzas de vida superiores a los 80 años.
Sabemos, más o menos, qué es ser pobre. Lo que no sabemos es cómo conocer cuántos hay en una determinada sociedad. En muchas de ellas, los datos son prácticamente inexistentes y se trata de estimaciones a ojo de buen cubero. Y en todas se pueden discutir los indicadores de pobreza, si es que esta se define como insatisfacción severa, permanente e involuntaria de necesidades humanas básicas. En algunas sociedades, como la estadounidense, lo que se hace es monetarizar la pobreza. Se trata de calcular cuánto dinero haría falta para cubrir dichas necesidades y ver después qué tal le va a la gente respecto a dicha línea de pobreza, es decir, respecto a esa renta que marca la posible insatisfacción de esas necesidades. Es, en mi opinión, la mejor forma de aproximarse al asunto en sociedades monetarizadas. En aquellas en las que hay abundante "economía material" como la llamaba Braudel, es decir, trueque, autoconsumo, fuerte ayuda mutua, economía sumergida no monetarizada, ese sistema de estimación no funciona. Tiene valor local  ya que no serían las mismas necesidades básicas en un contexto rural cubano -tropical- que en un contexto urbano noruego más allá del círculo polar ártico. Por ello, las estimaciones del Banco Mundial carecen de sentido. Aun así, tienen más sentido que los cálculos de la Unión Europea, pero esa es otra historia.
Si de necesidades básicas se trata, repito, no será lo mismo en un lugar que en otro (clima, contexto social, estructura económica, mentalidades), pero tampoco será lo mismo si entre esas necesidades básicas se ponen unos elementos u otros. Por ejemplo, si se valora cuánto dinero haría falta para estar alimentado, este último punto puede obtener indicadores muy dispersos si se entiende por estar alimentado el acceder a la "comida basura" o se supone que "alimentado" significa acceder a una alimentación sana y equilibrada. 
Todo esto para ver los datos recientes sobre los Estados Unidos y para sus viejos (mayores de 65 años):

Figure 1: Percent of People in the U.S. Ages 65 and Older, by Income as a Percent of Poverty, 2009-2011

El informe que cito da los datos, también, estado por estado (efectivamente, las necesidades básicas en el estado de Washington no son las mismas que en el estado de Hawaii), pero lo que aquí reproduzco es la comparación entre la medida oficial (a partir de una determinada cesta de bienes básicos) y la que se ha utilizado en este informe (con otra cesta de bienes básicos). Pobres-pobres, en el primer caso, lo sería un 9 por ciento de los ancianos estadounidenses. En la medida adicional del informe, 15 por ciento. Aumentándose igualmente los que están en la frontera y disminuyendo el porcentaje de los que están más lejos de la línea de la pobreza propuesta. Normal: las cifras de pobreza oficiales tienden a ser inferiores a las calculadas de manera independiente. Estadística viene de Estado y los gobiernos no están muy interesados por el tema y prefieren minimizarlo. Nunca reconocerán la situación de ese casi 50 por ciento de los ancianos estadounidenses. Nada original.
Algún lector recordará una película de Imamura "La balada de Narayama" (Nara, un topónimo; yama, monte; así que Narayama bushiko tendría que haber sido "La balada del monte Nara", del mismo modo que Fujiyama es el monte Fuji). En ella se cuenta la tradición de un pueblo japonés en el que, cuando los ancianos ven que ya no pueden aportar nada a la familia, piden que el hijo mayor les lleve al monte Nara para dejarlos morir allí. Esa es la historia: la del hijo que lleva a cuestas a su madre a dejarla morir en el monte, a petición de ella. Es una solución. La otra es condenarlos a la pobreza. De hecho, la pobreza tradicional ha sido la de los viejos. Se puede hacer sin más o se puede hacer mediante sistema de pensiones de hambre, pensiones que, además, se recortarán por exigencias de los programas de austeridad dejando sin ayuda a esos vulnerables que tendrán que recurrir a la familia. Eso sí, en condiciones económicas particularmente adversas, esa pensión miserable podrá convertirse en sostén del resto de la familia, todos en paro de larga duración. En España sin ir más lejos, la balada es exactamente al revés en muchos casos. Y sobre los datos, el mismo escepticismo sobre los oficiales, si no más, que en el caso estadounidense.
Visto con perspectiva temporal, es más que probable que en ambos países haya aumentado la pobreza de los viejos. Tal vez porque, desde posiciones diferentes y a distintos ritmos, ambos países se encuentran en el proceso de convertirse en países subdesarrollados o, en todo caso, son países en vías de subdesarrollo. Aquí se cuenta el argumento para los Estados Unidos. Probablemente exagerado, pero no irrelevante.

1 comentario:

  1. Es este de la pobreza de los viejos un efecto colateral o inesperado del aumento de la duración de la vida y el consiguiente incremento, en la pirámide de edades (su inversión) del nº de ancianos. Cuando eran pocos, se les respetaba y valoraba como depositarios de una sabiduría acumulada, ahora se les desprecia o ese les margina como elementos obsoletos y costosos (véase declaraciones del ministro japonés del ramo) que no saben ni manejar un teléfono móvil. Como siempre muy interesante esta entrada

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