jueves, 16 de mayo de 2013

Otra metáfora campestre

Los, en esta época del año, casi 300 habitantes de Malcocinado no producen muchos ruidos. A lo más, algún martillo, hacha o sierra que, en patios vecinos, dan cuenta de arreglos en las casas o tratamiento de los árboles del patio. Con mucha más razón, mis paseos matutinos se dan en un contexto especialmente silencioso. Pero nunca absoluto.
El camino de Malcocinado a Guaditoca es tranquilo a más no poder. Algún coche me adelanta o me cruza, pero no pasan de tres en una hora. Oigo mis pasos en el asfalto y poco más. 
Pero, antes, una observación: no me encuentro inmerso en "la Naturaleza". Al contrario, la obra humana está por todas partes. De entrada, el mismo camino por el que transito. Después, los olivares que lo jalonan: árboles plantados a intervalos suficientes, podados sistemáticamente, algunos con injertos y todos ellos con tierra a su alrededor de la que se han quitado las hierbas sea por arado mecánico, sea, incluso, por herbicida. Cuando dejo los olivares a mi izquierda, a mi derecha aparece una dehesa que es también obra humana: se han talado sabiamente algunos árboles para dejar espacio para que crezca el pasto. No es "Naturaleza", es "Cultura", es decir, cultivo. Humano, claro. Al margen de que, desde otras perspectivas, los humanos también pertenecen a la Naturaleza, así que las ciudades también serían "Naturaleza".
Pero volvamos a mi camino y a su silencio. Prescindo de los lejanos ladridos de lejanos perros. ¿Qué oigo?
1. Mis propios ruidos internos. Los llamados "acúfenos" a los que mi amigo otorrino llamaba "la cigaleta", es decir, la cigarra o la chicharra. No está muy claro qué los produce ni tampoco cómo se evitan (ese mismo amigo me decía que "como somos amigos no te voy a recetar nada"). Pero el caminante los escucha como si fuesen reales. De hecho, las primeras veces los confundí, efectivamente, con el canto de una cigarra veraniega hasta que me di cuenta de que los escuchaba en momentos y sitios en los que las chicharras eran imposibles: era yo, mi oído interno. Nada que ver con lo de fuera.
2. Hay, sin embargo, cosas que no oigo. Ese mismo amigo encontró que soy sordo para determinadas frecuencias: oigo normalmente algunas pero el gráfico de mi audición cae abruptamente a partir de algunas de ellas. Por ello  he llegado a la conclusión de que no oigo el canto de algunos pájaros que los que me rodean y no tienen esa caída en la audición sí que oyen. Incluso se extrañan de que yo no los oiga ya que, en su experiencia, son "perfectamente audibles".
3. Oigo perfectamente el canto de otras aves. No sé si conversan entre ellas, marcan el territorio o están buscando "ayuntamiento carnal" con un congénere del sexo opuesto. En este último caso, no sé si es época de ayuntamiento o no, así que los motivos que puedan tener para sus cantos se me escapan. Hay varios tipos de canto. Está, antes que nada, las tórtolas que hacen tuu-tuuu-tu (que mi padre decía, cuando las escuchaba en los Viveros de Valencia, que le llamaban ya que decían Tor-too-sa). No sé qué tipo de tórtolas son (¿croatas, tal vez? Sí se que su presencia es relativamente reciente), Hay otros pájaros, cierto.  No sé caracterizar su sonido, pero sé que no son las tórtolas. Tal vez abubillas, cucos... pero no hay mirlos, que esos ya los descubrí en Sant Cugat hace muchos años.
¿De qué es metáfora? Pues de nuestro conocimiento de las realidades que caen bajo la etiqueta de las "ciencias humanas", esas que dicen tratar de las realidades producidas por los humanos.
1. Es muy difícil huir de los propios pre-juicios. Como los "acúfenos", uno tiende a pensar que están "fuera", cuando en realidad están "dentro". Pero es mucho más difícil llegar a esa conclusión. Todos tendemos a dar por "reales" lo que, guste o no, son pre-juicios, algo que llevamos dentro y que proyectamos hacia fuera tomándolos por reales. Yo también los tengo. Intento que vayan desapareciendo (para eso es lo de "duda metódica"), pero sé que no hay medicina definitiva.
2. Es recomendable reconocer las propias limitaciones. Nadie puede conocer toda la "realidad". Vemos retazos. Las frecuencias que nos permite nuestra capacidad, nuestra disciplina o nuestros intereses. Para desgracia de esas "ciencias", los búnkeres universitarios (departamentos, facultades) la trocean todavía más y el catedrático de "estructura económica" boicoteará la creación de una asignatura de "estructura social" al grito de "la estructura soy yo" (no invento: recuerdo).
3. Aun así, es necesario un mínimo de especialización. Conocer no es solo comparar. También es distinguir y no solo "las voces de los ecos (punto 1).  Me interesa la realidad que los economistas llaman economía, pero sé que hay muchos de sus componentes que no entiendo, como a ellos les sucede cuando descubren instituciones o tipos de autoridad desde perspectivas que son clásicas para los sociólogos.
4. Es difícil encontrar el equilibrio entre el "de tanto hablar de lo general, se acaba diciendo generalidades" (que es mi riesgo inmediato, como me sugirió mi admirado director de tesis) y el especialismo de los que solo conocen con todo detalle un determinado aspecto de un determinado elemento en un determinado tiempo. Estos especialistas saben "cada vez más y más sobre menos y menos asuntos hasta que al final lo saben todo sobre nada". Mi riesgo es saber "cada vez menos sobre más y más asuntos hasta que el final sabré nada sobre todo". Por lo menos eso sé.
(Añadido el domingo día 19: En el paseo de hoy había sonidos nuevos. Un mirlo por un lado y las esquilas de un rebaño de ovejas por otro. Pero mi constatación, que sigue sirviendo de metáfora, es otra: me he dado cuenta de que mis pasos me impedían percatarme de otros sonidos del campo y que, si me detenía, podía escucharlos. En otras palabras: que la propia investigación puede ocultar la realidad, eso sí, con la mejor de las intenciones).

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