miércoles, 17 de abril de 2013

Lecciones de dos libros

Corrupción. Corregida y aumentada” y “El Buen Vivir. Sumak Kawsay, una oportunidad para imaginar otros mundos” son dos libros que se han publicado casi al mismo tiempo. Tienen en común que Alberto Acosta, autor del segundo, también firma el prólogo del primero, lo cual indica, al menos, benevolencia mutua, si no amistad. Sin embargo, son enfoques que me atrevería a decir que son diametralmente opuestos y los traigo a colación porque su descripción puede servir para leer colaboraciones y columnas en el periódico.
El primer enfoque, en nuestro caso sobre la corrupción política, me trae a la memoria un viejo texto de George Steiner en el que decía: “El material pertinente es no sólo vasto e inmanejable sino que ejerce una sutil fascinación corruptora. Al inclinarse uno con demasiada fijeza sobre la fealdad, se siente singularmente atraído por ella. De alguna extraña manera el horror atrae la atención y procura espurias resonancias a los medios limitados de que uno dispone”. Traducido: que hablar, incluso brillantemente, de lo mal que están las cosas en general y la política en particular, comporta el riesgo de quedar atrapado por la fealdad de lo que se está observando. El asco que producen determinados comportamientos puede traer consigo un deleite con ramificaciones “espurias”. Por ejemplo, la crítica acerba a comportamientos de políticos puede llevar a criticar la política en general... como Franco aconsejaba a sus ministros: “Tú, como yo. A trabajar y a no meterse en política”.
El enfoque crítico, de todas formas, es el dominante en lo que uno puede leer, aunque el libro que cito incluya algunas “recetas” para atajar la corrupción política, pero se hace desde el casi convencimiento de que no se van a aplicar. Hace ya por lo menos veinte años que se está hablando de dichas “recetas” (el mismo autor las publicó, tomándolas de otros, en 1995) y no se han dado grandes pasos o, como está sucediendo ahora aquí y en Francia, los medios que se ponen son tan tímidos que llaman a un “pesimismo de la razón”: no van a ser muy eficaces.
En la perspectiva opuesta está el “optimismo de la voluntad” del segundo libro. Y aquí, la cita obligada es a Eduardo Galeano: “La utopía está en el horizonte. Me acerco dos pasos, ella se aleja dos pasos. Camino diez pasos y el horizonte se desplaza diez pasos más allá. Por mucho que camine, nunca la alcanzaré. Entonces, ¿para qué sirve la utopía? Para eso: sirve para caminar”. Si el primer libro es un análisis de la corrupción política, con evidentes referencias españolas, situándola en el contexto del sistema mundial contemporáneo, el segundo libro es una descripción de un ideal de origen andino (de ahí ese “Sumak Kawsay”, buen vivir en la lengua kichua ecuatoriana) que podría extenderse al conjunto del sistema capitalista en que vivimos.
Tenemos, pues, trayéndolo al presente contexto, el tipo de artículo crítico o criticón que incluye sombrías premoniciones sobre la que nos puede caer si seguimos tan mal como estamos ahora. Por supuesto, lo que hay que criticar es lo de “los otros”, ya que “los nuestros” están exentos y, caso de ser objeto de alguna crítica, se contestará diciendo que “los otros” ya lo hicieron antes, con lo que unos por otros la casa sin barrer. Si yo digo que hay corrupción y la respuesta es que antes ya la había (argumento no solo español, sino también chavista venezolano), no hemos adelantado nada.
Frente a este tipo de artículo (o de libro), está el artículo propositivo que plantea lo que se debería hacer o, sencillamente, lo que se podría hacer, frente a lo cual, los criticones dirán que no es posible, que a ver quién le pone el cascabel al gato y que se trata de “cartas a los Reyes Magos” cuando todo el mundo sabe que estos no existen. Cierto, pero también, frente al artículo criticón, los propositivos dirán que eso es lo fácil: exponer brillantemente lo mal que estamos, pero sin hacer el esfuerzo de indicar cómo se podría mejorar, no digo trasformar.
Ejemplo: el de los “indignados” que, para sus participantes, son “los buenos” y, para otros, son “los malos”, dignos de que la policía les reprima violentamente. Ese es el primer modelo. Para llegar al segundo, haría falta indicar qué hacer a partir de dicho movimiento para llegar a dónde. El segundo de los libros que estoy glosando sí lo hace y su autor lo ha demostrado presentándose a las pasadas elecciones presidenciales en Ecuador.
(Publicado hoy en el diario Información -Alicante-. El autor del libro sobre la corrupción soy yo,  poniendo al día el que publiqué con ese título en 1995. Entonces fue "Corrupción", sin más, y ahora es "Corrupción. Corregida y aumentada" -la corrupción y el libro que, por cierto, contenía un error que ahora se ha visto y suprimido-).

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