miércoles, 13 de marzo de 2013

Diagnósticos, pronósticos y terapias para la Eurozona

"Comparar a los economistas con los astrólogos es un insulto. Para los astrólogos". Así titulaba Andre Gunder Frank, economista, uno de sus trabajos. Lo he recordado leyendo este de Paul Krugman en el que pasa revista de los que se equivocaron en sus diagnósticos, fallan tremendamente en sus pronósticos y, por tanto, están aplicando terapias equivocadas en la Eurozona estando como están en el poder de la misma (poco democrático, por cierto).
Mi problema adicional es que el haber acertado en el pronóstico no significa necesariamente que el diagnóstico sea correcto y que las terapias que se proponen vayan a funcionar. He acertado en algunos pronósticos y me he equivocado escandalosamente en muchos más. Pero se basaban más en la intuición que en una consideración sistemática de todos los síntomas. Así que mantengo un cierta desconfianza hacia estos alternativos y, mucho mayor, hacia los alternativos a los alternativos, que son los que ya tienen el diagnóstico hecho sin necesidad de ver al enfermo ya que tienen un libro sagrado (sea de Marx, Smith o Keynes) que les dice lo que hay que hacer ante cualquier enfermo posible. Y si son fundamentalistas, peor. Su relación con la realidad puede ser pura casualidad.
Como ejemplo al magen, compárese este diagnóstico y pronostico aparecido en Clarín con este otro en Aporrea. Tratan de la Venezuela actual e inmediata.
Lo que quiero decir es que ni los economistas hablando de la Eurozona ni los analistas tratando del chavismo pueden evitar el ver las cosas "del color del cristal con que se mira", es decir, a través de su ideología (inevitable para todo ser humano, incluidos los que dicen ser neutrales y no tener ideología, sino teoría económica o teoría política). Y todos partiendo de una inevitable ignorancia de todos los elementos que componen su objeto de análisis: nadie lo sabe todo, y, entre eso que no se sabe, es posible que haya algo mucho más determinante para el pronóstico que lo que la respectiva ideología, teoría o libro sagrado le dicta. Es difícil evitar la arrogancia intelectual o el apego sentimental a las propias ideas (particularmente enternecedor en los que han inventado una palabrita que han lanzado al mercado de palabritas que componen las ideologías, las teorías o los textos sagrados). El viejo Popper ya proponía que el fin de la actividad intelectual no era la búsqueda de la verdad (mucho menos, la defensa a ultranza de la propia "verdad"), sino el trabajoso empeño de reducir los propios errores.
Claro que si lo que se pretende es pasar a la acción (la terapia), no hay más remedio que tirar por la calle de en medio. Y asumir, en su caso, los propios errores de diagnóstico, llegado el momento, u ocultarlos bajo nuevas teorías. El "filosofo rey" de Platón puede ser una contradicción en los términos, un oxímoron.

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