miércoles, 12 de diciembre de 2012

Subdesarrollo: final


(Este es el último artículo, publicado hoy, de una serie que he ido sacando sobre el tema en el diario Información -Alicante- y que tengo la tentación de unificar, pero supongo que es de esas tentaciones que es mejor no caer en ellas -cosa rara, dicho sea de paso: las tentaciones están para caer en ellas. Ahí va, pues, el de hoy)

Hay veces en que los documentales sobre la vida animal hacen pensar que tampoco el ser supuestamente “racionales” nos diferencia tanto de los carroñeros, depredadores y aves de rapiña que pueblan tales espectáculos televisivos. Y hay veces en que esa semejanza acongoja cuando se la compara con los elementos de este proceso hacia el subdesarrollo del que vengo hablando estas últimas semanas.
Impresiona ver cómo el animal de presa se abalanza contra el indefenso, débil, cansado, enfermo, vulnerable, viejo. Es la ley de la selva: el pez grande se come al chico en una larga cadena de violencia, crueldad y desdén. El que ataca solo piensa en su beneficio y no en el daño que ocasiona al perdedor en la contienda. No me imagino al león pensando en que la cierva deja huérfanos y familia. Y no lo hace por maldad: así son las cosas si quieres sobrevivir, o sea, o matas o mueres.
Como digo, uno esperaría algo mejor de este supuesto “animal racional” que somos los humanos. Pero de eso hay poco. Y menos en circunstancias en las que, por un lado, aumenta la escasez y, por otro, se incrementa la vulnerabilidad de muchos grupos sociales.
Piénsese, por ejemplo, en la bienintencionada ley de la dependencia y cómo ha sido uno de los primeros capítulos en los que se ha recortado cuando se ha producido la bancarrota de las administraciones públicas. Sencillamente, no se paga.  O piénsese en las organizaciones que suplían al estado atendiendo a los sectores desfavorecidos física, psíquica o socialmente. Se podía suponer que dichas organizaciones actuaban por solidaridad o caridad, pero lo que hacían era convertir en graciable lo que podía entenderse como derecho de todo ciudadano a una vida digna. Sencillamente, se suprime la subvención con la que los poderes públicos se lavaban las manos ante tales problemas. O piénsese en pensiones que se “incrementan” de manera propagandística cuando en realidad se está reduciendo su poder adquisitivo ya de por sí menguado. O en la cuestión de la vivienda. O en la de la salud.
Claro que hay aves de presa. Los vulnerables en nuestra sociedad (y la lista puede continuar) son el pasto en el que sus depredadores mejoran sus beneficios.
Y eso es subdesarrollo. No como situación, porque todavía no hemos llegado, sino como proceso, como algo hacia lo que caminamos mientras oímos decir que no, que todo irá bien, que las cosas mejorarán, aunque no se dice para quiénes. El resultado sí que es una situación: pobres más pobres y ricos más ricos, inseguridad generalizada ante aquellos males inexorables que impresionaron al joven Sidharta (vejez, enfermedad, muerte) agravados por los depredadores, mengua en el nivel de vida, buena sanidad para ricos, disminución de la esperanza de vida, clasismo en la educación, mendicidad, delincuencia más o menos violenta, populismo político, corrupción etc.
Viví varios años en países llamados “en vías de desarrollo” (y que ahora lo están). A diferencia del joven Sidharta, nadie intentó que no viese los males que me rodeaban. Visité hospitales públicos y cárceles, dormí en chozas (después de espolvorear las mantas con anti-pulgas), conocí sus caminos. No estamos como ellos estaban. Por ejemplo, estoy seguro de que no sobrevive ninguno de los habitantes del lugar  en que tuve una de las experiencias más hondas en mi vida (los varones del pueblo saludando musicalmente al Sol al amanecer). Su esperanza de vida debía rondar los 40 años y de aquello hace casi 50. En España no se está así. Pero mientras allí la desigualdad disminuye, la pobreza decrece, aumenta su esperanza de vida, se invierte más en salud y educación y hay tasas de crecimiento no espectaculares pero sí positivas, aquí el proceso es exactamente el contrario.
En esta serie sobre países en vías de subdesarrollo (una nueva categoría que hace saltar por los aires la cómoda dicotomía Norte-Sur) faltaba un elemento: los ganadores. Porque el país no se hunde. La nación tampoco. Se hunde una parte y, con ella, las medias aritméticas que llamamos esperanza de vida o nivel de vida. Pero la otra parte, minúscula, no es que siga igual: es que mejora. Y en muchos sentidos. En un viejo librito sobre “La pobreza capitalista” ya indiqué hasta qué punto la pobreza era funcional en términos de mano de obra barata, servicio doméstico disponible, chivo expiatorio para las propias frustraciones y amenaza para los díscolos. Creo que se puede mantener aquello.
 Esos depredadores no corren ningún peligro. Cuando acaben aquí, se irán satisfechos a otro sitio. 

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