jueves, 27 de diciembre de 2012

Paz en la Tierra

Hasta el Papa lo sabe: decir que la paz es buena y que, en todo caso, es mejor que la violencia es una banalidad si no va acompañada de otro tipo de consideraciones. Es mejor incluso desde un punto de vista económico: según se ha calculado, un mundo que no estuviese en guerras conseguiría una mejora del orden de los 9 billones (trillions) de dólares... excepto para las empresas y países productores y exportadores de armas, comenzando por la National Rifle Association y sus peculiares soluciones para el cese de las masacres en colegios estadounidenses.
Los pasos del Papa son lógicos como lo serían para reducir la enfermedad en el mundo. Primero, saber que nunca se logrará (en el caso de la salud, sabemos que "nosotros nos iremos y no volveremos más"). Segundo, no perder el tiempo diciendo que la paz (la salud) es buena, sino empezar reconociendo las violencias observables (Siria, Palestina, sí, pero también los Estados Unidos o Venezuela) como el médico comienza su trabajo preguntándose por qué tipo de enfermedad tiene delante en el enfermo concreto que le visita y al que no tiene que explicar que la salud, aunque imperfecta, siempre será mejor que un cáncer. Y, tercero, proponiendo remedios concretos para el caso concreto que se tiene delante: buscar soluciones al conflicto, para lo cual harán falta ulteriores análisis concretos de la situación concreta en cuestión (ahí reside la gran diferencia entre el tratamiento de las violencias y el de las enfermedades: que en estas últimas es más fácil encontrar remedios concretos comunes para muchos enfermos con la misma enfermedad mientras que lo que sucede en un sitio no tiene por qué servir en otro para lograr el cese de la violencia). Diálogo, negociación, alto al fuego, trascendencia o resolución del conflicto subyacente etc.
Queda por resolver un problema en ambos casos: la medicina preventiva. Y el Papa, en ese punto, no es tan interesante. Porque para prevenir la violencia hay que reducir o, mejor, solucionar los conflictos previos y subyacentes y para eso hay que ver, en cada caso (enfermo) concreto si se trata de violencias estructurales (injusticia, pobreza, explotación, marginación etc.), violencias simbólicas o culturales (etiquetado del enemigo, opresión nacionalista, racismo, xenofobia, etnocentrismo etc.) o se trata de conflictos tan antiguos (como el de los Montescos y los Capuletos de "Romeo y Julieta", metaconflictos) que ya nadie se acuerda de cuál fue su origen y ha entrado en espirales de violencia, acción-reacción, de muy difícil solución.
Porque en este terreno como en el de la enfermedad (no sin cierta ironía israelí), hay que saber que hay situaciones irremediables. Tal vez el caso palestino sea uno de ellos (lo cual no quiere decir que no se pueda intentar mitigar el sufrimiento de unos u otros). Y que hay enfermedades incurables, es otra obviedad. Hasta Chávez puede morir.

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