sábado, 29 de diciembre de 2012

Alternativa a la alternancia

Hay que recordar a Duverger leyendo las críticas portuguesas a la alternancia de dos partidos o bipartidismo imperfecto. Duverger hablaba de los sistemas electorales como medios de conseguir cosas diferentes: un sistema proporcional se planteaba, siempre con imperfecciones, reproducir en el parlamento la composición política del electorado, mientras que si lo que se pretendía era un gobierno estable, había que recurrir al sistema mayoritario (que puede dejar de ser estable si las elecciones parlamentarias son proporcionales -fragmentadas- y las presidenciales, por definición, mayoritarias).
Es bueno preguntarse el "para qué", y es lo que hay que hacerse con las críticas a la alternancia de dos partidos bajo sistemas proporcionales.
Y el "para qué" puede ser muy variado: puede ser sustituir la alternancia por el dominio de un solo partido (por supuesto, del partido del que está en contra de la alternancia) o puede ser sustituir a uno de los miembros de la alternancia por el partido que propone el fin de la alternancia. El "cómo" hace ver lo complicado que puede ser.
Porque no veo otro "cómo" que el cambio radical de las preferencias del electorado o un cambio en la ley electoral. En el primer caso, es difícil conseguirlo por "decreto ley": si los italianos quieren a Berlusconi, votarán por Berlusconi, por más que otros se echen la mano a la cabeza; o si los valencianos prefieren al Partido Popular (con la inestimable ayuda del destartalado Partido Socialista), pues tendrán Partido Popular, por más que otros alcen su voz en las tribunas despotricando sobre su maldad intrínseca y la bondad intrínseca de los voceros.
El segundo caso, el del cambio en la ley electoral, y con las preferencias del electorado observables, no parece que pasar a un sistema mayoritario (el que da estabilidad, dentro de un orden) sea lo que llevaría al fin de acabar con la alternancia. Más bien, la reforzaría. Si, en cambio, lo que se prefiere es un sistema que reproduzca mejor al electorado, caben otras dos opciones: que reproduzcan al electorado a escala de todo el estado o que reproduzcan las peculiaridades políticas de dicho estado.
En la primera opción, habría que aumentar el número de escaños a cubrir ya que en las provincias con pocos electores el sistema funciona como mayoritario en la práctica. Y si se aumenta en éstas, habrá que aumentar en las demás. Mala barraca. En la segunda opción, no queda más remedio que buscar mecanismos para que los partidos nacionalistas representen a su electorado. Y ahí entra un nuevo problema.
Por parte de los "alternantes" en un sistema relativamente fragmentado, van a necesitar los votos de partidos minoritarios. El caso de Israel entre los laboristas y el Likud es digno de análisis. Fuera de ese caso, los "alternantes" van a preferir partidos que se aprovechan de la alternancia antes que partidos que están contra la alternancia. Y las leyes se cambian por mayorías y la mayoría la tienen, por definición, los dos alternantes.
En resumidas cuentas, encontrar poco aceptable la alternancia puede ser comprensible. Lo que no veo tan comprensible es estar en contra sin saber cómo ni con qué sustituirlo. ¿Se imaginan un parlamento con cuatro partidos con un 20 por ciento cada uno, sin que ninguno de los restantes partidos logre ese 10 por ciento que permitiría un tripartito? De estable, nada. Pero, eso sí, se puede suponer (gratuitamente) que reflejaría mejor las preferencias del electorado.
Pero no nos engañemos, lo fundamental es el "para qué" se está en contra de la alternancia, cuando la alternancia refleja (imperfectamente, como toda trasformación de millones de votos en centenares de escaños) la voluntad popular.

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