miércoles, 7 de noviembre de 2012

Silencios políticos


Siempre aposté (y aquí hay constancia) por que Obama iba a perder. Mi argumento era sencillo: los gobernantes de países centrales, es decir, azotados por la crisis, pierden en las elecciones que sus electores usan como medio para castigar al gobernante al que culpan de la dicha crisis o de la mala gestión de la misma. Los argumentos en contra de Romney iban en otra dirección: mormón, continuas meteduras de pata, problemáticamente rico y cosas parecidas. Algunas encuestas han ido dando como ganador a Obama excepto en los días posteriores al primer debate, cosa poco importante porque se trata de una reacción superficial ante un espectáculo igualmente superficial. Pasado el entusiasmo futbolístico, Obama volvía a ganar y, sobre todo, ganaba -por lo menos así lo vi la semana pasada, cuando estuve mirando encuestas- en los llamados “swing states”, estados de la Unión que no siempre votan al candidato de la misma marca.
El complicado sistema electoral estadounidense hace difícil la predicción a partir de encuestas que dan porcentajes para todo el país ya que cada estado tiene sus propias normas para elegir a los “grandes electores” que son los que, finalmente, elegirán al presidente. Ha habido casos (el de Al Gore frente a Bush fue extremo) en que un candidato ha ganado en voto popular (que es lo que dicen las encuestas “a escala nacional”) y ha perdido en voto electoral y, por tanto, no ha sido presidente.
Antes he usado la palabra “superficial”. De hecho, hubo comentarios en los Estados Unidos sobre esos debates que nunca trataban de determinados asuntos que iban desde la pobreza infantil a la tasa de encarcelamiento o al hipermilitarismo pasando por el aumento de la obesidad en las capas bajas, racismo, la creciente desaparición de las clases medias y la diminución de la movilidad social asociada con el “sueño americano”.
Suele ser interesante fijarse en lo que no se dice. En estas votaciones hay dos temas de los que tampoco se va a hablar o de los que ha habido escaso reflejo en los medios. El primero es la cifra absoluta de votos recibidos por cada uno de los candidatos. En los Estados Unidos, para votar hay que registrarse (y no todos los que están en edad electoral se registran y algunos que quieren registrarse son rechazados por razones políticas, es decir, por temor a que voten por el contrario). Después, no todos los que se registran acaban votando, con lo que lo importante es ver cuántos han votado por cada cual (como tendría que haber sucedido en los análisis de las elecciones de Galicia y País Vasco donde el PP perdió 100.000 votos en el primer caso y 20.000 en el segundo y los socialistas 200.000 y 100.000 respectivamente). Claro que el que gana, gana, y lo que importa es mandar, pero no significa lo mismo una votación en la que con un cuarto de los votos posibles (registrados y no registrados) se llega a presidente. Y que Ohio no sea otra Florida.
El otro asunto es qué ha sucedido con los votos al Congreso. Se habló de que los Republicanos, cuando temieron perder, concentraron sus fuerzas (no se olvide que el coste total de este ciclo electoral habría alcanzado los 5.800 millones de dólares) en controlar el Congreso para “atar las manos al presidente”. El problema, ahí, es que, para lograrlo, tal vez hayan conseguido el Congreso más polarizado de los últimos tiempos, con candidatos muy “locales” y, en el caso Republicano, muy escorados hacia el Tea Party y sus ideas extremistas.
Es lo habitual. Está pasando algo parecido de cara a las elecciones en Ecuador para febrero. La lucha por la presidencia (que probablemente, en contra de lo que sucede en países centrales, se gane desde el gobierno) no deja ver que la cuestión es ver quién ocupa mayores cotas en el Congreso. El número de escaños que vaya a tener cada partido es muy importante y llama la atención que algunos partidos, allí, concentren sus votos para una presidencia que difícilmente van a ganar y los dispersen para el congreso que es desde donde podrían llevar adelante sus planteamientos políticos.
Si en el caso del Ecuador hay diferencias entre Correa, Lasso y Acosta (los mejor situados en las encuestas) y no es lo mismo un Congreso con grupos parlamentarios de unos u otros, en los Estados Unidos, más allá de lo que el marketing político construye y los medios reflejan, el silencio es sobre las semejanzas. Que podrían ser evidentes.
(Publicado hoy en el diario Información -Alicante-)

No hay comentarios:

Publicar un comentario