miércoles, 21 de noviembre de 2012

Inconsciencia del subdesarrollo


Salí caminando hacia el ambulatorio, lo cual me hizo atravesar el pueblo de punta a punta. Quedé impresionado por el número de establecimientos cerrados con letreros de “se alquila” o “se traspasa”. Bares, peluquería, tiendas de “complementos”, hogar o ropa. Cierto que, en algunos casos, se trataba del resultado de una mala planificación: pensar que poniendo ese negocio, las cosas iban a ir necesariamente bien, con independencia de cómo les fuese a los demás y de cuánta competencia hubiese en el pueblo. Pero, en general, se trataba de una más que evidente contracción de la demanda que también se observa en los restaurantes: la facilidad para despedir tanto en el sector público como en el privado no se ha traducido en un aumento del empleo como se prometió, sino en su contrario y eso significa menos dinero para gastar, es decir, menos demanda. Y esas tiendas cerradas suponen un desempleo adicional en el caso de que sus dependientes estuviesen dados de alta y los dueños fuesen autónomos. Si había economía sumergida, peor que peor. Si hace unos años, atravesar el pueblo a esas horas era encontrar jubilados y amas de casa, ahora se añadían los parados. Lo grave es que más desempleo, a estas alturas, significa más desempleo.
Llegué al ambulatorio y había un cierto revuelo entre los que esperaban la consulta. Los retrasos eran poco habituales hasta que se supo la razón de la consulta de al lado de la que yo esperaba: el ordenador no funcionaba. En mi caso, el sustituto (probablemente temporal) tenía una lista en papel que usaba para llamar por su nombre a los que allí se encontraban. Lo curioso es que muchos de los llamados no estaban allí, mientras una de las presentes, que aseguraba tener cita previa, no estaba en la lista. Dos cosas a resaltar: recortes y desorganización.
Tuve que pensar en lo que mis amigos ingleses me comentaban entonces a propósito de lo que hacía la hoy Lady Thatcher por ideología: reducir la inversión sanitaria, privatizar los trenes y privatizar los autobuses urbanos con el previsible efecto (y así me lo hacían notar) de un deterioro del servicio público sanitario y un encarecimiento y desmejora del trasporte urbano e interurbano. Me he tenido que preguntar si los recortes actuales son también ideológicos, aunque ahora son más presentables gracias a la “troika”.
Terminada la consulta volví por donde había llegado y me encontré con una amiga, viuda, mayor que yo, que me comentó sobre los hijos (en plural) que tenía en el paro. Mezcla de pesimismo y resignación: “qué le vamos a hacer”. Pero bajada de consumo adicional por el miedo a lo que pueda venir. Y me fui a la peluquería.
El peluquero me contó lo que, a su vez, le había contado un amigo suyo, empleado en banca, a propósito de cómo se daban los préstamos durante la burbuja inmobiliaria. El empleado se había negado a dar un préstamo hipotecario “subprime” con el aval de una nómina de empleo temporal. El que lo solicitaba  regresó al cabo de unos días para decirle que los de la competencia, insensatos, sí que se lo habían dado.
Seguí hasta mi casa encontrándome con un antiguo estudiante y actual amigo con el que me detuve a conversar. Me contó que, en tiempos de la tal burbuja, se había tenido que ir a vivir a 40 kilómetros de la ciudad en la que trabaja  porque los precios eran excesivos para su salario. Eso sí, ahora, por su ocupación, se le va un dineral en diesel, producto que seguía subiendo y que, obviamente, influía en su presupuesto.
Había colas en la farmacia de guardia: huelga de farmacéuticos y bancarrota del gobierno autonómico.
Ampliando: crisis bancaria en los Estados Unidos; reventón de la burbuja inmobiliaria española; problemas de los bancos que habían prestado irresponsablemente; reducción de los préstamos; presurosos rescates gubernamentales; mengua de la recaudación fiscal; desempleo; crisis fiscal del estado; recortes y más recortes por la línea del gasto público sin tocar los ingresos altos; recurso facilón de los recortes contra los más débiles (jubilados, dependientes) y los más a mano (funcionarios); ulterior disminución del consumo y, por tanto, de los impuestos y de la demanda; impacto sobre mayor desempleo que produce menos consumo; y ahí ya en círculo vicioso hasta la imagen que he recibido de mi pueblo.
Hay, en lo que antecede, un uso del recurso que utilizó José Luis Sampedro en su “Conciencia del subdesarrollo”. Subdesarrollo de los otros, claro. Cambiaron las tornas.
(Publicado hoy en el diario Información -Alicante-)

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