viernes, 8 de junio de 2012

Rugby y nacionalismos

Lo contaba ayer La Repubblica: Un partido de rugby enfrentaba en Alghero (L'Alguer, ¿toponimia árabe?) al equipo local (XV Sardinia) con el Rugby Barcelona blaugrana. 
L'Alguer, fruto del colonialismo aragonés-catalán (cuando ambos formaba una única entidad política -una corona, no una nación avant la lettre- que todavía conserva la misma bandera cuatribarrada para ambos), es catalanohablante y el partido permitía una afirmación de la propia identidad cultural, fruto de aquella invasión producida hace 700 años. El Rugby Barcelona, prosigue La Repubblica, amén de sentirse una "selección nacional" gracias a ser resultado de una selección de varios equipos catalanes, representa otro tipo de reacción. Dice el periódico:
Alghero e Barcellona rappresentano due modi diversi di essere catalani. Se in Sardegna il legame con i dirimpettai del Mediterraneo è per lo più vissuto sotto il punto di pista della tradizione e della storia, dall'altra parte "l'ingombrante" presenza dello stato spagnolo, mai completamente accettato in Catalunya, sta provocando, complice la crisi economica, un consolidamento importante delle posizioni più catalaniste. Ed è per questo motivo che la partita è carica di simbologie sia dall'una che dall'altra parte.
No son dos posiciones nacionalistas las que supone el periódico, me parece. La primera no lo es. Es una expresión de un determinado sentimiento de identidad que nada tiene que ver con el poder político ni, mucho menos, con la independencia. La segunda (y sigo con el periódico, sin por eso creer que han reflejado bien lo que sucede), en cambio, sí que es nacionalista como reacción ante el peso insoportable del Estado español.
Llamar a lo primero "nacionalismo cultural" y a lo segundo "nacionalismo político" es obviar el hecho de que la ideología nacionalista deja de serlo si no hace referencia al Estado (o Estado a la búsqueda de su nación perdida -la Francia de la Grand Révolution- o nación a la búsqueda de su Estado perdido -la Italia de Garibaldi, Cavour y que se entiende bien leyendo Il Gatopardo: "Se vogliamo che tutto rimanga com'è bisogna che tutto cambi"). Las identidades culturales se convierten en nacionalismo cuando se da un paso más y, diciendo "somos una nación", reivindican el derecho al propio Estado.
Que haya o no haya base empírica para la reivindicación de esa identidad es perfectamente irrelevante. Basta con que la gente lo crea a pie juntillas. El mejor ejemplo, la nacionalismo israelí, es decir, el sionismo. Ver Shlomo Sand, The invention of the Jewish people, Nueva York, Verso, 2009 o su artículo de 2002 o la reciente entrevista en PalestinaLibre, en especial las reacciones contrarias que se recogen al final de la misma. Sus riesgos, evidentes. ¿Necesariamente por ser nacionalistas? No. Pero cuanto más se agudiza la separación entre "nosotros" y "los otros", mayores riesgos. No es el caso de los identitarios sardos ni de los nacionalistas catalanes.

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