jueves, 24 de mayo de 2012

UE: fines o medios

Dicen los periódicos que en la cumbre informal (menos mal que era informal) de ayer, los líderes europeos estuvieron de acuerdo en algunos pocos puntos (la moneda sobre todo) y en desacuerdo en todo lo demás. Es el desacuerdo el que trato de entender.
Vamos a suponer, en primer lugar, que se trata de desacuerdos sobre los medios que mejor llevan (o incluso que son los únicos que llevan) a un fin común, en este caso, el crecimiento económico, ya que nadie tiene en su agenda un "decrecimiento" que es lo que se está experimentando en la zona euro en su conjunto, con las excepciones de rigor, pero que tampoco son para echar cohetes.
Hay razones para pensar que la diferencia en cuanto a los medios es una buena interpretación de sus desacuerdos. Al fin y al cabo, es el mismo desacuerdo que hay, en las cabezas pensantes de la economía mundial, es decir, en la estadounidense, entre los "economistas de agua dulce" y los "economistas de agua salada", cada cual con sus razones, sus razonamientos y su selección de datos para apoyar su respectiva propuesta. Como no hay acuerdo entre los "grandes" economistas, es decir, los estadounidenses, es lógico que tampoco la haya entre los economistas de cabecera de los líderes europeos, unos de obediencia "dulce" y otros de obediencia "salada". Así que es comprensible que los líderes europeos reflejen las diferencias entre los economistas más reputados y que haya desacuerdo sobre los medios a aplicar.
Pero es que también podría ser que hubiese desacuerdo sobre los fines a perseguir. El primer campo, lo descarto de inmediato. No hay desacuerdo sobre el fin del crecimiento. Entre sus objetivos no está el "decrecimiento" necesario para defender el medioambiente y reducir la huella ecológica que dejan en el Planeta. Tampoco está (eso me temo), el bien común. Así que hay que preguntarse a favor de quién se da ese crecimiento y ahí es donde nacen nuevas diferencias, a saber, el fin es el crecimiento del propio país, caiga quien caiga, pero en un contexto de juegos de suma-cero (lo que yo gano es porque tú lo pierdes). Si yo defiendo a España tendré que hacerlo contra los otros y, entre esos otros, está Alemania. Y viceversa. Se trata, pues, de un caso más de nacionalismo.
Sin embargo, este primer desacuerdo en los objetivos oculta un segundo nivel: el de todo buen político que consiste en mantenerse en el poder (al fin y al cabo, la cumbre es de gentes en el poder político). Unos temen que las políticas de austeridad se los lleven por delante en los siguientes comicios. El caso inmediato ha sido la victoria cantada del PP en Andalucía que se vio imposibilitada por las austeridades del gobierno central. Claro que, uniéndolo al punto anterior, la reelección (o la victoria del equipo propio) no tiene los mismos condicionantes en España que en Alemania, de modo que si lo que predica Alemania se aplica en España, favorece a Alemania pero no a España. Traduciendo: favorece al partido gobernante en Alemania pero no al gobernante en España.
Y, de ahí, a un tercer nivel: el social. La diferencia en los fines (nacionalistas y electoralistas) implica una diferencia en los fines sociales: a qué grupo social estoy defendiendo, sea por ideología (caso raro) o por pragmatismo electoralista (porque me votan o porque me financian).
La rugosa realidad es una mezcla de todo lo que antecede y que, en cada caso particular, se jerarquiza de manera diferente, dificultando, así, la toma de decisiones colectiva. Tal vez así no se entienda mejor el desacuerdo entre los líderes europeos, pero, por lo menos, no se tendrá la satisfacción infantil de creer que se entiende porque se aplica uno solo de los elementos indicados. El simplismo es muy gratificante, lo sé. Y movilizador. Pero los hechos son tozudos.

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