miércoles, 2 de mayo de 2012

Que nos lo llevan

Tenemos tres formas de abordar esta cuestión. La primera consiste en la defensa a ultranza de la sagrada “unidad entre las tierras y los hombres de España”. La segunda, en la defensa a ultranza del derecho de autodeterminación de los pueblos, reconocido por Naciones Unidas aunque de difícil encaje en la Constitución española. Y la tercera consiste en pensar que las dos anteriores tienen poco sentido ya que se ha cedido suficiente autonomía a los vigilantes externos (la Troika, o sea, Comisión Europea, Banco Central Europeo y Fondo Monetario Internacional) como para que tenga sentido hablar, a estas alturas, de soberanía de estados-nación unitarios o de acceso a la soberanía de naciones sin estado: hace tiempo que la perdieron en aras de una entidad superior llamada Unión Europea. Como se ve, el problema es otro: esas tres formas coexisten, aunque sus respectivas fuerzas cambien con el tiempo.
La primera de estas formas la he presentado mediante una frase tomada de la ley de Principios del Movimiento Nacional (1958) que los más viejos del lugar quizás recuerden. Decía así: “La unidad entre los hombres y las tierras de España es intangible. La integridad de la Patria y su independencia son exigencias supremas de la comunidad nacional. Los Ejércitos de España, garantía de su seguridad y expresión de las virtudes heroicas de nuestro pueblo, deberán poseer la fortaleza necesaria para el mejor servicio de la Patria”.  De aquel mayo a éste, es obvio que mucho ha llovido. Pero, depurada de su vocabulario y aceptando que “hombres” es un genérico para ambos sexos, hay cosas que siguen vigentes en el planteamiento españolista: España es una nación. Tal vez ya no sea “una unidad de destino en lo universal”, como se decía allí, pero sí es una nación cuya existencia legitima impuestos y ejército, que ya no necesitarán los primeros a un “sheriff de Nottingham” recaudador ni, el segundo, una leva en masa militar (añado, entre paréntesis, que tanto Maquiavelo como Clausewitz ponían reparos a los ejércitos mercenarios y preferían, por motivos nacionalistas -“el pueblo en armas”-, a los ejércitos conscriptos, pero ésa es otra historia).
No hace falta ser franquista para ser españolista. Evidente. Y cuando los otros nacionalistas que hay en el “Reino de España” o “Estado Español” identifican ambas cosas, están arrimando el ascua a su sardina mediante algo que no es cierto, pero que es útil para los que creen, por ejemplo, que Cataluña (en catalán se escribe Catalunya, como Nueva York, en inglés, se escribe New York) o que el País Vasco son naciones y, por tanto, tienen derecho a convertirse en estados que puedan extraer sus impuestos sin necesidad de conciertos, puedan organizar sus propios ejércitos,  y tener una moneda propia que no sea el euro, asunto éste nada despreciable.
No me cansaré de repetir que no tiene sentido ponerse a discutir cuál de esas naciones contradictorias es la “verdadera”. Que son contradictorias parece claro: si España es una nación, Cataluña no puede serlo y viceversa. Discutir sería, de nuevo, teología medieval. Hay, eso sí, formas de acomodo entre ambos programas. El “Estado de las Autonomías”, con su “café para todos”, fue una de ellas: aguar las propuestas fuertes en un mar en el que no hubiesen grandes diferencias más allá del intento de que se llegase a la autonomía por un artículo de la Constitución u otro.
Como era de esperar, los otros nacionalistas que, por motivos coyunturales, aceptaron dicha componenda a regañadientes, han vuelto a rechazar el “café para todos” y a plantear la independencia como ideal nunca negado. Por su parte, una vez disuelta la identificación españolismo-franquismo (amén del auge de la respetabilidad de éste), ha habido españolistas que han propuesto un “freno y marcha atrás” con las autonomías, su desorganización y el despilfarro que suponen para la única nación verdadera, la española.
La existencia de estos diosecillos se presenta, por parte de sus respectivos creyentes, como eterna. No parece que coincida con la realidad. El españolismo, si se le quiere encontrar una partida de nacimiento, la podríamos fechar hoy hace poco más de dos siglos, el 2 de mayo, momento en que el pueblo más reaccionario se levanta en armas contra el invasor progresista. Los otros nacionalismos son todavía más recientes. Y todos sufren los embates de la historia. Pero la verdad es que resulta fascinante la frecuente alianza de partidos españolistas y catalanistas en aras de la gobernabilidad y, mucho más, que discutan de soberanía cuando se la han entregado a interventores foráneos.
(Publicado hoy en el diario Información -Alicante-)

No hay comentarios:

Publicar un comentario