jueves, 24 de mayo de 2012

Qué hacer

Cuando el conferenciante ha terminado de describir brillantemente lo mal que estamos, suele producirse, en el caso de que haya coloquio, una pregunta o más sobre qué habría que hacer. Se suele partir, en efecto, del convencimiento de que lo que está sucediendo no es bueno, sea la austeridad dominante o el estímulo inmediato al crecimiento. Por otro lado, hay una montaña de páginas de opinión que van en la misma línea del ¿qué hacer? (que diría Lenin, con perdón). Las preguntas y eventuales respuestas pueden clasificarse en los siguientes grupos.
1. A la pregunta de qué puedo hacer yo, las respuestas pueden subdividirse en dos subgrupos.
1.1. A qué puedo hacer yo para sacar provecho de la que está cayendo vienen los consejos sobre el uso del dinero, búsqueda de empleo, “coaching”, oportunidades y similares.
1.2. Al qué puedo hacer yo para que la cosa cambie, puede recurrirse al “indignaos”, organización, militancia, voto, pedir firmas, alzar la voz.
Ninguna de ellas es una varita mágica y de algunas de ellas cabe sospechar que es un truco de quien la propone para sacar un beneficio él o ella.
2. Qué se puede hacer para cambiar las cosas, obviamente para mejorarlas, es decir, que excluyo de mi catálogo a los que se proponen un “cuanto peor, mejor” agudizando las contradicciones para que se cumpla el cambio que les anuncia su fe (creer en lo que no se ve ni se ha visto). También aquí nos encontramos con dos subgrupos.
2.1. Los evidentemente utópicos. Se trata de “propuestas” maximalistas (cambio de sistema, decrecimiento) sólo aceptadas por pequeños grupos sin capacidad de incidir en el conjunto, sea por falta de táctica apropiada, sea, lo que es más frecuente, por falta de organización para modificar la realidad más allá de su entorno inmediato. No es aventurado afirmar que los que tienen capacidad para modificar la situación difícilmente van a tomar en consideración tales “propuestas” que raramente incluyen una indicación sobre “quién le pondrá el cascabel al gato” y corren el riesgo de quedarse en lo que los anglosajones llaman “wishful thinking”, pensamiento que solo es expresión de un buen deseo, o en lo que Freud llamaba “omnipotencia de las ideas”, comportamiento infantil de quien cree que la mejor manera de conseguir algo es desearlo intensamente.
2.2. Hay, finalmente (y en abundancia) propuestas razonables (excluyo las de “más inversión pública” sin decir de dónde va a salir el dinero para hacerla). Sin ir más lejos, en estas páginas las ha habido, aunque no han sido mías. Son cosas que los gobernantes realmente existentes, sea cual sea su color o a pesar del que tengan, podrían poner en práctica para lo cual disponen de medios y cuya demanda social no es difícil detectar. La pregunta, a veces, es, aquí, “¿por qué no te callas?”, pero la que tendría que ser es la de “¿por qué no lo haces?”. Se me ocurren varias respuestas.
2.2.1. Empacho de ideología. Suponiendo, por ejemplo, que una sanidad en manos privadas responde mejor a las necesidades ciudadanas que una pública, es decir, que la búsqueda del beneficio caiga quien caiga es mejor que el descontrol y el despilfarro. No. El problema no es de propiedad sino de gestión (objetivos, medios, control).
2.2.2. Intereses creados. Podemos suponer que los que pueden tomar la decisión están motivados por criterios altruistas. Pero no es fantasía suponer que algunos de estos que tienen poder están clasificados en el grupo 1.1 y van al “cada ú a la d’ell i a furtar lo que es puga”.
2.2.3. Bloqueos institucionales. Tengo amigos que han estado en gobiernos de cuatro países bien distintos entre sí. Quiero decir que la comparación no es irrelevante (añado que he intentado reunirlos para hacer el cotejo más sistemático, pero no consigo fondos). Ninguno de ellos se ha sentido omnipotente a lo largo del paso por su respectivo ministerio: cortapisas, imposiciones desde arriba, cerrazón en las contrapartes, desproporción entre objetivos y medios, incertidumbres sobre los resultados posibles y tantos otros factores que han dificultado/imposibilitado la toma de decisión o que han obligado a tomar pequeñas decisiones en la línea de la gran decisión que esperaba la ciudadanía.
2.2.4. Pongo este epígrafe sin título porque soy consciente de la debilidad de estas tipologías. Solo sirven para intentar aclararse, pero no pretenden ser un fiel retrato de una realidad en la que los casos concretos aparecen simultáneamente en varios epígrafes. Así es la vida: nunca es blanca o negra; siempre viene en matices del gris.
(Publicado ayer en el diario Información -Alicante-)

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