miércoles, 9 de mayo de 2012

El papel de los bancos

Con este cuento trato de no quedarme atrapado en las politiquerías de aquí, intentando, en cambio, entender qué sucede “del otro lado”.
Comencemos en 1932 con una frase del sacerdote estadounidense, Charles Coughlin, radiopredicador, tronando contra “la codicia de banqueros y financieros” y criticando a un gobierno, el suyo, que “si tiene para pagar 2.000 millones a los banqueros (...), no se ve por qué no tiene 2.000 millones para pagar a los soldados” que pedían se les abonara su pensión. Se puede comparar con lo que Joseph Stiglitz, economista, afirmaba en 2011: “Tenemos un sistema donde a los banqueros se los rescató, y a sus víctimas se les abandonó”. La historia no se repite: es el mismo sistema.
Por eso la crisis de la deuda europea se parece tanto a la de la deuda latinoamericana: es la misma lógica. Se trata de momentos en que un exceso de liquidez ha llevado a los bancos a prestar con independencia de la probabilidad de recuperar lo prestado. En los años 70 y 80 la liquidez se llamaba “petrodólares”, efecto de lo que en Europa se llamó “crisis del petróleo” y en otros lugares como México o Argelia llamaron el “boom del petróleo”. Eran cosas cuyo precio (no su valor) aumentaba espectacularmente con lo que el dinero aparecía, casi literalmente, debajo de las piedras. Ahora la liquidez ha venido del dinero que ha aparecido gracias a los nuevos productos financieros, esos que casi nadie entendemos, pero que producen pingües beneficios y que se han unido a la explosión del “ladrillo” en USA y España.  Para hacerse una idea, si el Producto Mundial ascendía (en 2010) a 70 billones de dólares, el comercio de derivados sería de 600 billones y el volumen total de transacciones en moneda extranjera sería superior a 900 billones, siendo el total de las deudas contraídas en el mundo (estatales, empresariales, familiares) tres veces el mentado Producto Mundial. Los “mercados” no son entes abstractos. Son personas concretas que, dependan o no de un  Banco, apuestan, en plan casino, en un mar de deudas y mercados de futuros.
Los Bancos, pues, son empresas que ponen en práctica el principio básico del mercado: abaratar las compras y encarecer las ventas. Eso se llama beneficio, y tanto da si tu producto son zapatos como si es dinero. Los Bancos no pueden tener el dinero parado y lo prestaron de manera generosa. Es decir, no supieron (porque es difícil) medir sus riesgos inmobiliarios. Y prestaron para comprar terrenitos que se venderían (previo préstamo) a más precio y, préstamo mediante, y bajo el principio de que “nunca bajan de precio”, se volvían a vender. Se llama burbuja y de ellas hasta Bernanke sabe que no sabemos cuándo revientan, pero sí sabemos que revientan. Reventó. No era la única. George Soros había hablado de la burbuja financiera (ponga “derivados” donde he puesto  “terrenito” y sabrá de lo que hablo). Y la ha habido alimentaria, con precios que se han desacelerado ligeramente estos meses, pero que venían siendo objeto de especulación desde antes de lo de Lehman Brothers. Y está habiendo burbuja energética. En todas ellas los bancos han jugado su papel de comprar barato (captar pasivo aunque el ideal sea crear dinero) y vender caro (intereses por préstamo) sin pensar en los damnificados y sin entrar demasiado a fondo en los riesgos.
Pero les salió mal. Cosa extraña porque, en  este sistema, el pez grande se come al chico, como bien sabía Adam Smith. Sin embargo, es cierto que si debes un millón, estás perdido, pero si debes mil millones, el que está perdido es el Banco. Tampoco se puede ganar siempre. Pero para su fortuna siempre han sabido organizar sus defensas y utilizar sabiamente, para generar sumisión (no soberanía), la fuerza de sus representantes: el FMI, Banco Mundial, BCE y algunos políticos (como “Merkozy”). El ideal: tomar dinero de los Estados para prestárselo a mayor interés.
En la crisis latinoamericana como en la europea, el afán de los salvadores no ha sido el de saber quiénes iban a sufrir más. Lo que les preocupaba era salvar a los Bancos cueste lo que cueste... a los de abajo, claro. Otra cosa es la retórica utilizada para hacer aceptables los recortes hechos a favor de los Bancos. El marketing político va por otros derroteros y es lo que recibimos convenientemente envuelto en nacionalismo, “todos estamos en el mismo barco”, “rememos todos en la misma dirección” y demás conocidas mentirijillas que justifican gasto público en “bancos malos”.
(Publicado hoy en el diario Información -Alicante-)

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