miércoles, 4 de abril de 2012

En tiempo real

El tiempo es algo más que eso que miden los relojes atómicos con total exactitud. Es también un fenómeno cultural y no solo porque hoy es el 12 de Nisán del año 5772 a partir de la creación del mundo o el 12 de Jumada I del año 1413 a partir de la Hégira o el 22 de marzo en el calendario juliano (el del Papa Julio, no el del ministro del mismo nombre que ahora está retornando - el calendario, no el ministro-). Son cifras arbitrarias que, más o menos, intentan dividir el año según le va al Sol o a la Luna.
Tampoco lo digo únicamente por la experiencia subjetiva asociada a la edad. De hecho, y en términos generales, el tiempo pasa con una insoportable lentitud en algunos momentos de la infancia cuando algunas circunstancias añaden pesadez al ya de por sí parsimonioso paso del tiempo (Machado lo cuenta bellamente). Los ancianos, en cambio, sienten cómo el tiempo se les escapa entre las manos como los granos de un reloj de arena (“omnes vulnerant”). Entre unos y otros, un más o menos angustioso “carpe diem”: aprovecha el momento. En todo caso, experiencias muy diversas con el tiempo que nada tienen que ver con lo que marca el reloj que ni atrasa ni adelanta.
Lo veo como fenómeno cultural por otro motivo. Pienso, más bien, en el tiempo que medía el trabajo agrícola: estaciones para saber qué hacer y posición del Sol para saber si se podía hacer. Un tiempo cualitativo que permitía hablar de “el tiempo de la siega” sin especificar el día o de quedar “a tomar café” sin decir la hora y los minutos. Eran frases muy usadas: “después de comer”, “a poqueta nit” o “prima sera”. Aquel tiempo fue desbancado por la sociedad industrial, el taylorismo, la organización científica del trabajo en cadena (¿cómo no recordar las escenas de “Tiempos modernos” al respecto?), donde un retraso de un segundo mío podía producir efectos incalculables en los restantes obreros sometidos al cronómetro de la cadena de montaje. Tiempo cuantitativo donde los haya.
El sentido de la puntualidad no podía ser el mismo para los educados en un tiempo cualitativo que para los educados en uno cuantitativo. No era el mismo sentido para los que vivían en una cultura campesina que para los que venían de una sociedad industrial y cuando España ingresó en la entonces Comunidad Económica Europea ya hubo quien vaticinó que el sentido de la puntualidad de los españoles de tradición campesina iba a mejorar por presiones de sus nuevos socios industriales. Es difícil, en efecto, negar que ahora, en España, generalizando, se sea más puntual aunque el sentido de la puntualidad no sea el mismo en Bilbao que en Córdoba, en Barcelona que en Badajoz.
Por eso me parece digno de reflexión el cambio del sentido de la puntualidad universitaria. En sus tiempos de Sancho el Fuerte o Sancho el Bravo, muchos profesores no dejábamos entrar a los estudiantes pasado un tiempo prudencial, aunque los había que no dejaban entrar a partir de la hora oficial de comienzo de la clase. Cierto que, llegados a Sancho el Bueno o incluso a Sancho Panza, las exigencias iniciales se hayan podido ir edulcorando. Pero eso es, como en lo dicho sobre la edad y el tiempo, fruto del paso de los años.
Lo que tengo observado (y no puedo generalizar porque solo se trata de masters y no de cursos de grado) y en contextos muy heterogéneos dentro de la Península (Bilbao, Barcelona, Madrid, Castellón, Santiago, Granada) es la sistemática falta de puntualidad de los estudiantes tanto indígenas como visitantes. Es cierto que en los cursos regulares se había ido adoptando, poco a poco, un comportamiento que hace de la clase un taxi y no un autobús. Quiero decir que se toma no como algo que tiene paradas fijas (comienzo y fin) sino como algo de lo que uno se puede apear cuando mejor le venga y tomarlo cuando le parezca. Juventud, divino tesoro, se podía haber pensado. Sin embargo, la gente de los máster se supone que es otra cosa. Pues no: se suponía.
No me preocupa (ahora ya como Sancho Panza) el asunto en sí. Me da igual que entren y salgan (cosa que no se hace en los conciertos de música clásica). Lo que me intriga es qué puede significar o, si se prefiere, de qué es síntoma este dato nimio, tan nimio como un 38 y medio en un termómetro.
(Hoy en Información -Alicante-)

No hay comentarios:

Publicar un comentario