miércoles, 14 de marzo de 2012

Los sin poder

“No son recortes, sino reformas”. Lo que importa es quién manda, le dice Humpty Dumpty a la atónita Alicia que ve cómo se están usando las palabras atribuyéndoles un significado que no tienen. Efectivamente, dirá Humpty Dumpty, el significado de una palabra lo establece el que tiene poder. La pregunta es qué puede hacer el que no lo tiene. Se me ocurren tres respuestas.
La primera es intentar tomarlo, aunque las más de las veces el poder no se conquista sino que se ocupa después del colapso del que lo detentaba anteriormente. A escalas diferentes, no hay muchas diferencias entre la toma del poder de los castristas ante el hundimiento de Batista y el triunfo de Zapatero frente al súbito derrumbe del Partido Popular o el triunfo de Rajoy ante el inexorable desplome socialista. Si no hay colapso previo del poder, pueden pasar dos cosas: que las fuerzas estén suficientemente equilibradas, en cuyo caso tenemos una guerra civil, como en Siria, o que la desigualdad sea manifiesta o a favor del poder anterior (como fue el caso de Egipto) o a favor de los insurgentes, pero es un caso muy poco habitual.
La segunda cosa que puede hacer quien no tenga poder y rechace lo que se hace desde éste, es intentar influir sobre él. Es lo que se llama “grupo de presión” o “movimiento social”. Es el caso de los sindicatos y las patronales: no quieren ocupar el poder, sino influir en él en defensa de sus propios intereses. Para ello se organizan convenientemente para lograr sus fines y ambos reciben, en el caso español, subsidios gubernamentales probablemente como resultado de una Transición en la que había que fortalecer las instituciones intermedias de este tipo.
La tercera posibilidad consiste en lo que Susan George llamó “el efecto Drácula”. Como es sabido, Drácula no podía resistir la luz del sol: se pulverizaba. Lo que venía a decir George es que hay asuntos que, convenientemente aireados, muestran su enorme debilidad y se vienen abajo. En una sociedad como la nuestra, basada en la apariencia y la mentira, el exponer las mentiras puede resultar muy eficaz para influir en los que tienen poder, como ya sucedió en “mayo del 68”. Pero “hasta ahí, no más”, si de lo que se trata es de un “francotirador” como aquellos antiguos anarquistas que creían que poniendo una bomba, la gente tomaría conciencia y pasaría a la acción (no voy a discutir ahora cuántas de aquellas bombas atribuidas a los anarquistas, habían sido puestas por la policía).
Y aquí entra la cuestión sobre la oleada de heterogéneos “indignados” que se han podido contagiar unos a otros con plazas, bulevares o parques como Tahrir, Sol (y Cataluña), Syntagma, Rotschild, San Pablo o Zuccotti, desde las muy heterogéneas “primaveras árabes” a los igualmente heterogéneos “Occupy” estadounidenses (el bulevar Rotschild es el de los indignados en Israel). La cuestión es la de saber cómo se relacionan con el poder realmente existente.
La primera opción ha sido planteada por contrarios a dicho movimiento que en el caso español mañana cumple un añito. Eran los que decían: presentaos si os atrevéis a las elecciones y veréis el apoyo real que tenéis. Masivo, efectivamente, no significa mayoritario. Pero lo que se estaba queriendo decir es: si se trata de tomar el poder, seguid los medios establecidos en esta sociedad y esos medios se llaman voto. En otras palabras, transformaos en un partido, que sería el único medio una vez descartado el uso de guerrilla o ejército propio por realismo y por opción por la noviolencia.
La segunda opción ha aparecido dentro y fuera de los movimientos: organizaos como un sindicato, es decir, montad una estructura para que sea alcanzable vuestra influencia sobre las decisiones del gobierno que consideréis inoportunas o inaceptables. Un grupo de presión, en definitiva.
Y la tercera posibilidad es la de actuar para “abrir los ojos” de los ciudadanos que se dejan seducir por la mentira, el envoltorio o el ideológico “sentido común” que aconseja no hacer nada y que todo siga empeorando. Se trata de hacer ver a la gente que “el rey está desnudo” según el cuento. Si las opciones anteriores tienen muchas dificultades para ser puestas en práctica, a ésta no le faltan. Se trata de la ley de las tres C’s: Comunicación, comunicación y comunicación. Para ser eficaz, hay que trabajar por hacerse escuchar y hacerlo de modo comprensible. Para complicarlo más, saber que si el problema es mundial, no hay otra que actuar mundialmente.
(Publicado hoy en el diario Información -Alicante-)
Es evidente, pero se me pasó, que hay un error: el 15-M no se refiere al 15 de marzo sino al 15 de mayo. Mea culpa.

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