miércoles, 28 de marzo de 2012

Crónica de una huelga anunciada

La anunció el presidente Rajoy a micrófono cerrado al comentárselo a un colega de la Unión Europea. Los únicos que parecen haberlo dudado han sido los líderes sindicales españoles: que si la convocaban o no y cuándo la convocaban si coincidiendo con algo, seguido de algo o precedido de algo. Eso sí: cuando lo han hecho, han puesto sobre la mesa los motivos para ellos evidentes e incontestables para convocarla y que, oh sorpresa, han coincidido con los anunciados por Rajoy en Bruselas. Si tan claro lo tienen, ¿por qué dudaron, entonces? Táctica, supongo. No dudaban, pero decían que dudaban para ver qué reacciones iban suscitando. Pero si dudaron, tal vez habría algunas razones que se podrían considerar aunque aviso que desconozco las interioridades de tal evento y que solo se trata de suposiciones.
Primero, dudaron bajo la sistemática campaña antisindical en general y contra los líderes de los dos sindicatos mayoritarios en particular. Se airearon viajes, se han aireado sueldos de sindicalistas y ex-altos cargos de los respectivos sindicatos. Y se levantó la voz al cielo ante las subvenciones que tales organizaciones recibían. En ambos casos, cosa curiosa. Porque negar a los sindicalistas que accedan a puestos bien remunerados es un tipo de clasismo bien peculiar: se supone que los sindicalistas deben de estar por debajo del supuesto salario mínimo. Pero sorprende echarse las manos a la cabeza por dichas subvenciones sin añadir que las patronales reciben mucho más (aunque, eso sí, dividido en sus varias modalidades de organización) y que, puestos a hablar mal de los dirigentes, algunas patronales no están precisamente libres de pecado. Algunos dirigentes, en efecto, no han sido precisamente hermanitas de la caridad y, sueldos al margen, han robado a sus empleados cosa que, por lo visto, es algo por lo que hay que admirarles.
Segunda razón para la duda, la penosa división entre los sindicatos (todos, no los dos mayoritarios) desde aquel mítico “mientes, Marcelino, y tú lo sabes” que espetó Nicolás Redondo (UGT) a Marcelino Camacho (CC.OO.) a micrófono abierto y con las cámaras de televisión grabando (y mejor no remontarse a la última Guerra Civil española y a aquellas barbaridades que cuenta George Orwell en su “Homenaje a Cataluña”). Obligados ahora a competir en elecciones, competitivas por definición, y, en algunos casos, aquejados por el purismo ideológico, enamorado de los propios principios (absolutamente verdaderos) e indiferentes ante los efectos que dichos principios, aplicados rígidamente, puedan tener sobre la “clase” que dicen defender, el caso es que los distintos sindicatos practican cualquier cosa menos el “proletarios de todos los países, uníos” y evaluarán quiénes van a la manifestación antes de decidir si ellos se adhieren. Es decir, miran antes a los sindicatos “hermanos” (que de hermanos nada) que al motivo de la manifestación.
El tercer motivo es el más importante: la lucha de clases ha terminado y, como dicen algunos, “hemos perdido”. Si eso parece más un resoplido, se puede buscar una forma más suave y menos sarcástica de decirlo y consiste en afirmar que la lucha de clases está terminando. Existir, casi seguro que existió. Que existe, eso parece (véase, si no, la “reforma laboral” a lo largo de toda esta Europa contemporánea). Pero si va a existir, tal vez lo mejor sea preguntar a los expertos que, en este caso, podría ser Warren Buffett, rico entre los ricos (está entre los cinco primeros de todo el mundo según la revista Forbes, muy cerca de Bill Gates) que ya en 2006 y en el New York Times (no en Granma, órgano del comité central del partido comunista cubano) decía lo siguiente que trascribo y después traduzco: “There’s class warfare, all right, but it’s my class, the rich class, that’s making war, and we’re winning” (Hay lucha de clases, cierto, pero es mi clase, la de los ricos, la que la está llevando a cabo, y vamos ganando). Que sí, que sí que hay lucha de clases, pero no en el sentido programático que podía tener en algunos partidos obreristas del pasado, sino en el sentido empírico observable en la actualidad y que no es la lucha de clases de “los de abajo” (los parias de la Tierra, “los de la cuchara”) contra “los de arriba”, sino la lucha de clases de “los de arriba” contra “los de abajo” que ahí sí que se trata normalmente de violencia estructural, tan violencia y tan estructural (con permiso del señor ministro de Justicia) como la ejercida en el patriarcado por los varones contra las mujeres.
(Publicado hoy en el diario Información -Alicante-)

No hay comentarios:

Publicar un comentario