miércoles, 29 de febrero de 2012

¿Sociedad postdemocrática?

“Hay muchas maneras de rebelarse, y solo una pequeña minoría de éstas es sabia. Galileo fue un rebelde y fue sabio; los creyentes en la teoría de que la Tierra es plana son igualmente rebeldes pero son unos ignorantes. Es arriesgada la tendencia a suponer que la oposición a la autoridad es esencialmente meritoria y que las opiniones no convencionales están destinadas a ser correctas: no se sirve a ningún propósito útil rompiendo las farolas en la calle o sosteniendo que Shakespeare no es poeta”. Esto escribía Bertrand Russell en 1932 y es una parte del problema: la ignorancia.
El otro problema es la ideología. De hecho, estos rebeldes son juzgados de manera diferente según la ideología de quien los observa: el color del cristal con que se mira. Todo parece indicar que la ideología es un atajo que encontramos para no tener que pensar mucho. Si se quiere, es un medio, como cualquier otro, para saltarse el precepto de la Ilustración: “sapere aude”, atrévete a conocer. Todos tenemos ideología. La independencia y neutralidad es un mito... que pertenece al reino de la ideología. Y no parece que coincida con la realidad el suponer que las ideologías clasificadas en derecha e izquierda (con sus extremos, incluido el extremo centro) coincidan con las clases sociales. Si algo mostró el 20-N fue un corrimiento de las clases trabajadoras hacia el voto al  Partido Popular y un aumento de voto a IU desde las clases media-altas. De ahí a decir, como se dice, que el Partido Popular es el partido de los trabajadores no hay más que un paso y se sirve con toda decisión.
Visto el despliegue policial que pude observar la semana pasada en Valencia, desde la estación del Norte, en la plaza del Ayuntamiento, antes “del Caudillo”, es preciso introducir otra “i”, la de la inercia que, mezcla de ignorancia e ideología, hace que, para unos, los estudiantes sean el “enemigo” y, para otros, los héroes. Y ahí he tenido que recordar a Václav Havel y su “El poder de los sin poder”
Como dicho autor trataba de lo que él llamaba “sociedades postotalitarias”, que eran las suyas de 1978, tal vez podríamos hablar de las nuestras como “sociedades postdemocráticas” con el mismo distanciamiento con que él se acercaba al cambio político que iba a producirse en los países del Este en general y en Checoslovaquia en particular.
Lo primero que hay que recordar es que “una reflexión sobre las posibilidades de ‘los sin poder’ no es viable sino mediante una reflexión sobre el carácter del poder en la situación en la que estos ‘sin poder’ actúan”. Y esa situación, entre otros factores a los que volveré otro día, tiene dos componentes que ahora vale la pena subrayar.
El primero consiste en la constatación de que en el sistema postotalitario “la vida está atravesada de una red de hipocresías y mentiras”. De hecho, prosigue Havel, el individuo “está obligado a vivir en la mentira” y raramente sale en público para decir “el rey está desnudo”. La mentira, en efecto, “es uno de los pilares de la estabilidad externa del sistema” que “no cae mientras el hombre esté dispuesto a vivir en la mentira”. ¿Cuál es la mentira? “Sapere aude”: atrévete a buscarla.
El segundo es que el sistema postotalitario se diferencia en un punto importante de lo que sería una “dictadura clásica” cuyo “poder se deriva sobre todo del número y equipamiento de sus soldados y de sus policías. Por tanto, su riesgo mayor es la posibilidad de que se alce alguien mejor dotado bajo este aspecto y que sustituya al grupo en el poder”.
En el caso hipotético de que nos estuviésemos dirigiendo hacia una sociedad postdemocrática, habría que ver cómo funciona la reflexión respecto a la pasión, el juicio respecto al pre-juicio, el dato frente a la opinión y, sobre todo, la discusión frente a la represión, sea policial o sutil o disfrazada de “sentido común”. No es cuestión de derechas e izquierdas, una dimensión importante, pero que está siendo acompañada por otras igualmente activas. La ideología a la que nos podríamos referir va mucho más allá y se ocupa de las mentiras sobre el poder en la sociedad que podrían verse con mayor facilidad reflexionando sobre la “reforma laboral”. El caso es, volviendo a Havel, que resulta sintomático “el principio de identificación del centro del poder con el centro de la verdad” que es la forma más extrema de “autosumisión” postdemocrática: Los jefes no se equivocan. Nunca.
(Publicado hoy en el diario Información -Alicante- pensando no solo en el Reino de España sino en algún que otro de mis países)

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