miércoles, 8 de febrero de 2012

De pragmáticos y cínicos

Dicen que la política es “el arte de lo posible” en el sentido, creo, de que no pueden pedírsele peras al olmo. Por más que “el partido” (el que sea) tenga más razón que un santo, “lo que no pue’ ser, no pue’ ser y, además, es imposible”.
Lo que sucede es que las fronteras entre lo posible y lo imposible son muy difusas en política. Cierto que, como en “El pequeño príncipe”, un rey, por muy poderoso que sea, no puede adelantar la hora de una puesta de sol. Pero también es cierto que lo que para mí es imposible, por ejemplo que me consigan gratis total una provisión de buen caviar, para algunos políticos no lo es.
Posible e imposible, en política, es cuestión de más o menos poder (con las limitaciones obvias impuestas por la naturaleza de las cosas) y el pragmatismo político consiste, precisamente, en actuar sobre lo posible, aunque, eso sí, en función de sus intereses personales, de camarilla, de partido o de país.
Sin embargo, cuando se introducen los intereses, “el arte de lo posible” puede adquirir otras coloraciones. Dos ejemplos distantes en el espacio y el tiempo.
El primero se refiere al modo con que el candidato presidencial Nixon impidió las negociaciones de paz con el Vietnam que pretendía el presidente Johnson que optaba a la reelección. A través de Anna Chennault convenció al gobierno de Vietnam del Sur para que no entrase en la negociación con el argumento de que eso mejoraría las perspectivas electorales de Nixon que, una vez presidente, concedería mejores condiciones a los vietnamitas. Era posible negociar ya o hacerlo más tarde, pero los intereses llevaron a la segunda opción.
No es un caso tan excepcional. Años después, el candidato presidencial Reagan hizo saber al gobierno de Irán que si no liberaba a los rehenes estadounidenses que entonces había en Teherán, cuando Reagan llegara a la presidencia tendrían mejores condiciones en aprovisionamiento y apoyo. Retener a los rehenes suponía reducir las perspectivas de reelección del presidente Carter que, efectivamente, perdió las elecciones y el gobierno de Reagan se enzarzó en el complicado esquema del “irán-contra” para hacer honor a ls propia palabra.
Son dos casos de pragmatismo: aplicación sistemática de los medios que mejor llevan al fin propuesto, en este caso victoria electoral caiga quien caiga.
Eso es también una parte importante de la política: “todo vale” con tal de conseguir unos fines aunque se tengan que sacrificar algunos “peones”. El problema, claro, es la calidad de esos peones y es obvio que de la siguiente lista algunos son más iguales que otros: sacrificar ulteriores bajas en el campo de batalla en aras de salir elegido (Nixon); sacrificar la libertad inmediata de rehenes compatriotas en aras del propio y personal triunfo electoral (Reagan); sacrificar la estabilidad económica del propio país (al grito de “cuanto peor, mejor”) en aras de la propia elección (ahora es Basagoiti el que critica al PNV por hacer lo que el PP hizo con el PSOE); sacrificar la estabilidad y hasta el futuro del propio partido en aras de la carrera política personal (casos varios en varios partidos); o sacrificarlo en aras del propio enriquecimiento (lo mismo, aunque se criticará a los contrarios por hacer lo que uno está haciendo); sacrificar el prestigio del propio sindicato mediante prácticas ilegales en el uso de “horas sindicales” en evidente beneficio propio (conozco casos muy cercanos); sacrificar la coherencia de una lista electoral en aras del pago de “servicios personales prestados” (lo mismo digo); y así se podría seguir. El lector seguro que habrá pensado en algún que otro caso más.
Efectivamente, he abandonado asuntos “distintos y distantes” para efectuar un aterrizaje forzoso en realidades mucho más cercanas y cotidianas. Es un intento de generalizar y de hacer ver que el problema va mucho más allá de lo inmediato, por lacerante que sea lo inmediato. La política siempre ha tenido casos de cinismo (ausencia de valores por más que se acompañe de retórica moralista casi mística pero que se resume en un pragmatismo burdo buscando los propios intereses y no los que se pregonan). Aranguren ya hablaba del problema de mancharse las manos si uno se metía en política. Por suerte, no toda la política es así. Ni todos los políticos, que generalizar tiene sus límites y puede llevar al prejuicio tan irresponsable como el cinismo de algunos y algunas de ellos y ellas (por una vez que use esta inútil frase larga, no creo que cree hábito).
(Publicado hoy en el periódico Información -Alicante-. Las referencias e insinuaciones sobre casos recientes en España, Reino de España, Estado español, territorios de los Borbones -táchese lo que no proceda-, son fácilmente prescindibles)

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