jueves, 23 de febrero de 2012

Correlación no es causalidad

Aguardando pacientemente a que me tocara mi turno en una sala de espera, he estado leyendo los periódicos que había comprado poco antes mientras un par de niños insoportables gritaban, correteaban y molestaban al personal ante la pasividad de los padres que preferían hablar entre ellos mientras los niños seguían gritando por no decir aullando.
La pasividad de los padres guarda una evidente correlación con el comportamiento gritón de los hijos, cosa fácilmente comprobable en lugares cerrados (como un vagón de tren), semicerrados (como un restaurente) e incluso abiertos (como una calle del pueblo). Es constatable sin mayores esfuerzos. La cosa es saber qué produce qué: padres pasivos, ausentes por trabajo, cansados de su jornada fuera de casa, pueden generar en los hijos una necesidad mayor de ser atendidos con lo que su tono de voz infantil podría incrementarse a medida que los padres son más pasivos. Pero la dirección contraria también es posible: niños que ya vienen de fábrica como muy gritones generan en los padres un comportamiento pasivo por no decir resignado. No es sencillo optar por una u otra opción y habrá que ver caso por caso sin excluir situaciones de acción-reacción cuyo inicio sea difícil de saber pero que lleva a una escalada por ambas partes.
En uno de los periódicos que, a pesar de las distracciones, leía, he visto una referencia a un estudio sobre la relación entre depresión y capacidad analítica. El estudio parecía demostrar (no lo he leído: he visto la referencia en la prensa) que la depresión sería un mecanismo evolutivo para mejor entender lo que nos rodea. Ya. Pero lo contrario también puede ser cierto: la capacidad analítica, en un mundo como el nuestro, no es particularmente entusiasmante, digan lo que digan los de "pensamiento positivo" (que no lo presentan como un modo de conocer mejor la realidad, sino como un medio de no sufrir por causa de ella). Dicen que los depresivos son más lúcidos, pero no está claro para mí por dónde empieza este posible círculo vicioso: si la depresión (producida por problemas con neurotransmisores como la serotonina) produce lucidez o si la lucidez (visto lo que hay que ver) es deprimente.
Dos casos más en los que la correlación entre dos variables puede estar clara, pero no por ello se puede afirmar con claridad cuál de ellas es causa de la otra. Lo que sí está claro, me parece, es que, una vez iniciado el proceso, lo más probable es que se produzca la acción-reacción interminable. Bueno, interminable no, que las cuatro variables consideradas en mi sala de espera tienen evidentes límites. Algunos, como el suicidio depresivo, definitivos. Otros, como los decibelios que una garganta humana puede emitir, mucho menos dramáticos. Afortunadamente. E così via.

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