miércoles, 23 de noviembre de 2011

Recordatorio

Primero dijeron que se trataba de una turbulencia pasajera, que crisis, lo que se dice crisis, no había y que ya de tanto en tanto aparecían “brotes verdes” que anunciaban la primavera. Con independencia de si lo sabían o no (y parece que sí que lo sabían), la negación tenía, a su favor, dos argumentos. El primero, evitar el aspecto subjetivo que tienen estas cosas que pueden llevar al pánico. Si se basasen en datos objetivos objetivables, sería otra cuestión. Pero las expectativas, los sentimientos y las conjeturas se convierten en parte de la realidad. Ya lo dijo George Soros hace años: lo que pensamos sobre la realidad económica forma parte de dicha realidad.
El otro argumento no era típico de aquel gobierno ya que hubo otros que también negaron que se tratase de una crisis que iba a afectar al respectivo país. Uno fue George W. Bush en los Estados Unidos y el otro Rafael Correa en el Ecuador. ¿Qué tenían en común con las Españas? Muy sencillo: un inminente proceso electoral que era mejor afrontar negando la crisis que reconociéndola. El hecho fue que los republicanos perdieron y que Alianza País ganó, con la particularidad de que la crisis en los Estados Unidos ha sido y es muy profunda mientras que en el Ecuador todavía no se constata.
Después dijeron (otros), una vez se hizo innegable la dichosa crisis, que toda la culpa la tenía Zapatero (y, en cuanto fue candidato, Rubalcaba) y que todo se arreglaría con unas elecciones. El argumento, ahora, era otro: se trataba de reconocer el margen de maniobra que tenían los gobiernos y no habían usado. No era muy grande, pero era real. Y, en el fondo, volvía al argumento anterior: hacía falta generar confianza en un gobierno sólido, coherente y preparado, es decir, que no diese bandazos incomprensibles, fuese de comportamiento previsible y tomase las decisiones con un mínimo de consistencia a lo largo del tiempo. En el fondo también, era una negación del mantra que se había ido recitando con anterioridad: aquello de “menos Estado, más mercado” y del “Estado mínimo”. 
Si en la primera etapa la pregunta era “¿lo sabían realmente o eran unos ignorantes?”, la pregunta se convirtió en “¿se lo creían de verdad o eran unos simples oportunistas”?. A estas alturas, tanto da lo que se conteste. Como dicen que dicen en las ruletas, “les jeux sont faits, rien ne va plus”, “ya no hay más apuestas: lo que tenía que hacerse ya se ha hecho” (traducción muy libre).
¿Y ahora? Ahora viene la perplejidad por lo sucedido primero en Grecia y después en Italia y que puede resumirse, a pesar de las muchas diferencias que separan una situación de otra, en una simple frase: se quita un gobierno, al margen del voto, para que haga lo mismo que tenía que haber hecho el gobierno saliente. Quieras que no, se puede observar una cierta continuidad con las dos etapas anteriores y permite todo tipo de “indignaciones”.
La primera y más evidente es el escaso margen de maniobra que tienen estos gobiernos para aplicar unas políticas u otras. En cualquier hipótesis, esas políticas tienen poco que ver con programas electorales previos: nada en el caso griego o italiano porque no los hubo; casi nada en el español porque los gobiernos mandan poco en este campo. No importa qué programa llevasen: lo que importará es que hagan lo que les dicen desde fuera. “Indignaos” por el desprecio a la democracia.
La segunda se refiere a dónde está el problema. Sencillamente: no es local y, en cambio, la democracia es local. No hay muchas maneras de compaginarlo y deja campo para todo tipo de politiquerías. Votas para un gobierno local que tiene que torear un problema común con los restantes países en vías de subdesarrollo, comenzando por los Estados Unidos. Y no hay ninguna institución por encima del Estado para gestionar los problemas que están por encima del Estado. Las que parece haber (desde el FMI al BCE pasando por las cosas de Bruselas) intentan arrimar el ascua a la sardina de quien les mande en ese momento como si Merkel o Sarkozy tuviesen capacidad para arreglar lo supraestatal. El viejo filósofo lo sabía: cuando no existe el Leviatán, con capacidad de gestionar las contradicciones sociales en un determinado ámbito, lo que queda es “bellum omnium contra omnes”, la brega de todos contra todos. De nuevo indignación.
Ahora sí, “los hechos son tozudos”. Negarlos entonces no tuvo sentido. Negarlos ahora, tampoco.

2 comentarios:

  1. Con tu permiso, pongo este artículo en mi blog (con la fuente y el enlace). Gracias.

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  2. No hace falta mi permiso: lo escrito es público. Pero gracias por la deferencia.

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