miércoles, 30 de noviembre de 2011

Monopolio de la verdad

La mente nacionalista se parece a la religiosa. Ambas suponen que el sujeto posee la verdad y, por tanto, está en su derecho al denunciar el error ajeno. La diferencia podría estar en que el ecumenismo religioso es más viable que la transigencia nacionalista. Y eso que Freud ya dudaba de que el ecumenismo fuera posible.
Comencemos por la mente nacionalista sin salirnos de las fronteras de la antigua área de la peseta. Cuando hablo de nacionalistas me refiero tanto a los españolistas como a los independentistas (si no hay propuesta independentista, sea a corto o largo plazo, no tiene mucho sentido llamarlos nacionalistas). Pues bien, es frecuente que los españolistas quieran distinguirse del pensamiento “abertzale” o del catalanista diciendo que, a diferencia de estos, no son nacionalistas “contra” los otros, sino que, sencillamente, afirman su verdadera nación que incluye al País Vasco y a Cataluña cuyos respectivos caracteres de nación no reconocen. Así que no van contra estos últimos sino a favor de España. Y si alguien va “a la contra” son los que se quieren separar de la “unidad de las tierras y los hombres -y mujeres- de España”.
Sin embargo, los que, según los españolistas, son nacionalistas “periféricos” piensan algo muy parecido: no van contra España, sencillamente porque no la reconocen, y ven en “Madrid” a una entidad que va contra ellos. No son, piensan, un nacionalismo “a la contra” sino que, sencillamente, va a favor de su propia nación.
Estar en una u otra categoría es cuestión de fe que, como decían los viejos catecismos, es “creer en lo que no se ve”. Unos creen en una nación, la propia, que engloba a todo el actual territorio del Estado Español y a la que llaman España y otros creen en una nación que está siendo ocupada por los españolistas que van contra ella impidiéndole su plena existencia que consistiría en ser independiente de “Madrid”. El Estado Español va contra la propia nación. Estas son las respectivas verdades.
Algo parecido se puede decir de los dioses: sus correspondientes creyentes dan por  supuesto que el propio es el verdadero y que, por tanto, los demás son falsos. Toda norma o ritual que no coincida con el propio (derivado de la verdadera religión) será rechazado y, a lo más, como hacen los musulmanes, reconocerán a algunas religiones como precursoras de la propia, pero sin dudar del propio monopolio de la Verdad revelada.
Cierto que, a lo largo del tiempo, las diferentes religiones (me refiero a las monoteístas, las de Abraham) han tenido etapas en las que han buscado convencer a los creyentes de otras religiones mediante la espada (la cruz y la espada, por ejemplo, en conquistas y cruzadas o la versión belicosa de la “yihad”). Pero la constante ha sido la de reservarse el monopolio de la verdad. Los nacionalismos, también: según la época y según las circunstancias se han puesto en sordina, sus creyentes han colaborado o se han enfrentado incluso con las armas que forman parte de todo Estado o pretensión de serlo.
¿Se puede convencer al otro de que no tiene razón? Sería un caso raro. Las disputas teológicas o las ideológicas difícilmente se resuelven con el cambio de fe de uno de los contendientes. Claro que hay conversiones (de una religión a otra y de un nacionalismo a otro), pero si no hay violencia de por medio y son conversiones forzosas (como las que impusieron los Reyes Católicos hacia la religión verdadera a moriscos y judaizantes), no suele ser frecuente que resulten de una discusión entre las respectivas creencias. La fe, al ser creencia en lo que no se ve, no tiene modo de ser demostrada racional o históricamente: las pruebas racionales de la existencia del propio dios convencen al ya creyente y las pruebas históricas de la existencia de la propia nación convencen al ya creyente.
¿Nada que hacer? Eso creo si lo que se plantea es convencer al otro. Pero sí se puede intentar que las respectivas creencias no generen más violencia que la simbólica. De entrada, no creer que “el que no está conmigo, está contra mí”. No tengo por qué optar entre el españolismo y, pongamos, el catalanismo. Puedo estar contra ambos porque tengo otra fe: la minoritaria del nacionalismo pan-europeo, por ejemplo. O puedo estar a favor de ambos: tienen derecho a pensar así, mientras resuelvan la disputa de  forma democrática, a través del voto. Pero no hay modo de resolver las religiosas excepto mediante la aceptación del pluralismo.
(Publicado hoy en el diario Información -Alicante-)

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