lunes, 7 de noviembre de 2011

Debate sin interés

Me propusieron participar en una mesa redonda para comentar el debate televisivo entre los candidatos de los dos partidos mayoritarios españoles, comentarios que después vendrían publicados. Compañeros de mesa a los que conozco desde hace tiempo, algunos de ellos amigos desde antiguo, y la invitación venía de fuente a la que no podía negarme. Pero me negué. Con una única razón expresada: que no me interesa tal debate o, si se prefiere usar palabra más apropiada pero que no expresé, porque me desagrada tal espectáculo. Porque se trata de un espectáculo.
Me ha venido a la mente un texto de Bertrand Russell ("The Ancestry of Fascism" que yo traduciría como "los antepasados del fascismo"). Está escrito en los años 30 del siglo pasado, en plena crisis como la de ahora, y empieza comparando su época con otras en términos del predominio de la racionalidad y de la irracionalidad. La Historia no se repite ni en comedia ni en tragedia, pero sí hay épocas que resuenan unas con otras: la suya tiene elementos comunes con la actual en la que la irracionalidad hace difícil plantear cuestiones razonables y el envoltorio es más importante que el contenido. 
En un mundo razonable se podrían intercambiar argumentos racionales sobre qué hacer en común para salir de ésta en la que estamos o qué viabilidad tienen las respectivas propuestas para ello, en el caso de que existan y sean autónomas. En un mundo irracional no vale la pena discutir para encontrar la verdad. Nadie lo hace y, después de discutidos, cada cual se reafirma en su posición inicial con la única pregunta (tonta, tontísima) al final sobre "quién ganó en la disputa, que no discusión".
Es inútil esperar argumentos razonados, con mayor o menor base empírica, pero con un mínimo de ella. Lo que habrá son trucos para captar a la audiencia. El triunfo del eslogan y de los asesores de imagen que entrenarán a los contendientes en todo tipo de trucos publicitarios. Porque se tratará de contendientes. Y quién gane de los dos, no me preocupa lo más mínimo. Como no me preocupa quién gana en un torneo de tenis o en un partido de fútbol como para pasar todo ese rato atento a lo que suceda en la pantalla para poder decir después lo que se espera que diga y supongo que otros dirán. Russell decía (no me gusta esta traducción):
"A medida que la parroquia política se hace más grande y más heterogénea, el recurso ala razón se hace más difícil, ya que existen pocos supuestos universalmente aceptados a partir de los cuales puedan buscarse acuerdos. Cuando no se encuentran tales supuestos, los hombres tienden a confiar en sus propias intuiciones; y puesto que las intuiciones de los distintos grupos difieren, la confianza en ellas conduce a la lucha y al poder político".
Antes, ha expuesto (y eso es lo que me preocupa):
"Creo que lo que en la práctica entendemos por razón puede ser definido por tres características. En primer lugar, confía más en la persuasión que en la fuerza; en segundo lugar, trata de persuadir por medio de argumentos en cuya completa validez cree el hombre los emplea; y, en tercer lugar, en la formación de opiniones, utiliza la observación y la inducción en todo lo posible, y la intuición lo menos posible. La primera de dichas característica excluye la Inquisición; la segunda excluye métodos tales como los empleados en la propaganda británica de guerra, que Hitler elogia fundándose en que la propaganda 'debe reducir su nivel intelectual en proporción a las dimensiones de la masa a la que tiene que atrapar'; la tercera prohíbe el uso de grandes afirmaciones, tales como la del presidente Andrew Jakson à propos del Misisipi: 'El Dios del universo trazó este gran valle para que perteneciera a una sola nación', lo cual era evidente para él y para sus oyentes, pero nada fácil de demostrar a quien lo hubiese puesto en duda".
Gane quien gane (y ya he dicho que me da igual), habrán peleado uno por convencer a los indecisos y abstencionistas para que le voten y el otro (que ya tiene "fidelizados" a sus votantes) para que el contrario no consiga convencerles. ¿Cómo? Pues como sugería Russell: rebajando el nivel intelectual del espectáculo y recurriendo a grandes afirmaciones como la del Misisipi, evidente, en la mejor de las hipótesis, para el que la expresa, aunque no se excluye que él tampoco se la crea pero que la use como propaganda. 
Exponer eso en una mesa redonda es perder el tiempo después haberlo perdido contemplando el espectáculo. Al fin y al cabo, hubo un tiempo en el que el espectáculo era "La Clave", un programa televisivo en el que sesudos expertos comentaban, por sosegado orden, el tema de la semana al que se enfrentaban los que sabían de él y, por tanto, no volverían a aparecer si el tema cambiaba. Ahora el modelo es otro: se ha pasado a tertulias o algarabías en las que los participantes se quitan la palabra para repetir machaconamente la misma idea, cambiando de tema cada día, pero no de participantes que se supone pueden pontificar sobre todo lo posible que se les proponga y cuya argumentación más sólida consiste precisamente en repetir la idea numerosas veces. El debate no va a encajar en ninguno de los modelos excepto en un punto: no se tratará de conocer mejor el tema, sino de convencer al incauto que se trague que 'El Dios del universo trazó este gran valle para que perteneciera a una sola nación'. Conmigo que no cuenten.

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