lunes, 17 de octubre de 2011

11-S (y 11-M)

La pregunta es: Qué supo la CIA sobre los posibles secuestradores de los aviones del 11-S, cuándo lo supo y, si eso es cierto, por qué no lo pasó al FBI. Más en concreto, qué supieron los jefes de la CIA, ya que algunos subordinados de la Alec Station sí que podrían haberlo sabido relativamente pronto, y por qué no se lo contaron tal cual a los del FBI. Un nuevo texto levantando dudas sobre cómo actuaron las agencias de "inteligencia" estadounidense y sobre la posibilidad de haber evitado el ataque. Puedo estar de acuerdo con los autores del reportaje, pero no es eso lo que me interesa ahora, sino levantar acta de cómo se construye la historia, cosa que es válida para los "conspiranoides" del 11-M y sus contrarios o, si se prefiere, para los que ponen en duda la versión oficial-judicial y los que la toman como única verdadera. Varios principios "metodológicos" sobre estas dudas sobre el 11-S.
1. El todo es antes que las partes. Es decir, el reportaje es creíble en su conjunto y más para los que ya dudan de la versión oficial. La coherencia tiene prioridad sobre los puntos concretos. De hecho, estos se refuerzan mutuamente y, probablemente, no se mantendrían en pie si se tomasen aisladamente.
2. Los argumentos centrales se basan en opiniones de otros, opiniones que se presentan como "convicciones", "seguridades" ("estoy absolutamente seguro") o "certezas" pero que no van más allá de las opiniones. "Yo creo tal cosa" no significa "Esa cosa es real".
3. Inferencia no es constatación. Concluir a partir de opiniones no es lo mismo que constatar y probar hechos. Argumentos del tipo "si tal cosa es así, entonces tal otra tendrá que ser asá" tienen un mal fundamento: el "tendrá" de la frase anterior. En realidad, "tendrá" o "no tendrá".
4. Antes de aceptar una opinión, ponerla en su contexto. Por ejemplo, si las organizaciones tienden a dedicar esfuerzos a mantenerse como tales para lo cual entran en conflicto con otras parecidas (y en los Estados Unidos son muchas las organizaciones de "inteligencia" las que pelean entre sí), hay que preguntarse a quién favorecen determinadas opiniones.
5. La opinión que va en contra de los intereses propios (personales o institucionales) es más válida que la que los favorece. En otro terreno, si una organización cuya razón de ser es la lucha contra la pobreza (por poner un caso) dice con sus datos que la pobreza ha disminuido, es muy probable que haya disminuido. Los datos (y, mucho más, las opiniones) que van a favor de los propios intereses es mejor tomarlos con cautela. No son necesariamente falsos, pero han de tomarse con papel de fumar.
Para mí, el punto principal es el 1 y eso que pertenece a los criterios para aceptar una interpretación: la coherencia. Pero no es el único ni la coherencia se puede convertir en el argumento definitivo. Hace falta, primero, tener cuidado con esa misma coherencia (no vaya a ser que nos oculte la realidad) y, segundo, compensarla con el segundo criterio: la correspondencia de lo que se dice con la supuesta realidad.
La historia de los ciegos a los que se les pide que definan lo que es un elefante y que cada uno contesta según lo que ha tocado (una columna, una gran serpiente, un techo enorme) tiene un fallo: tal vez el elefante no exista. Conclusión: demos como conjetura lo que es conjetura. No es fácil. Yo soy el primero que me salto los principios anteriores. Pero mantengo mi interés por saber qué es un elefante.

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